[23] A principios de noviembre, una pareja de la guardia civil llamó a la puerta de Roberto Cabrales. El sol aún no había terminado de asomar por el horizonte. La mañana era fría; las temperaturas habían caído en picado desde hacía una semana.

El land rover estaba aparcado un poco más abajo. Las ruedas estaban sucias de barro; el parabrisas traía manchas de su paso por la campiña. Los hombres iban vestidos de uniforme, con el tricornio en la cabeza y las pistolas en el cinto. Las botas eran altas, de cuero negro, si bien teñidas con el lodo de los caminos.

Uno de ellos, el más alto, aplicó por segunda vez los nudillos en la madera, en vista de que no recibían respuesta del otro lado. Era joven; usaba bigote pelirrojo de cepillo. El otro, algo más viejo, llevaba gafas, tenía la frente ancha y la piel morena; había dejado crecer unas patillas que casi se juntaban con la densa barba.

Los dos agentes del orden parecían bien avenidos. Sin duda alternaban los papeles del bueno y el malo: cuando en una intervención uno se mostraba inflexible y hasta grosero con el detenido, el otro guardia trataba de contrarrestar los duros modales de su compañero. Y de este modo, hacían de su oficio una representación teatral. Aquel día le tocaba al joven asumir el papel de agente con mala uva, mientras que el otro se limitaría a «verlas venir».

¿Qué es esto? ¿No hay respuesta...? ¡Por Dios que soy capaz de tirar la puerta abajo! —exclamó el policía borde; a punto estaba de sacar la pistola metida en la funda.

Tranquilo, amigo; no te impacientes; ya abrirá —replicó su colega con tono suave, aunque una risita lo delataba.

Roberto Cabrales abrió la puerta, sí, pero después de que los guardias civiles la hubieran estado aporreando largo rato. Se habían enfadado de veras: aquella representación teatral corría el riesgo de irse al traste. Y cuando no había comedia el asunto solía terminar bastante mal, con derramamiento de sangre incluso.

¿De qué se me acusa? —preguntaba, perplejo, el muchacho.

El malo de la pareja le aplicó al punto las esposas:

¿Es usted Roberto Cabrales?

El mismo.

Queda usted detenido por haber pegado fuego a las hectáreas de nuestro paisano, Dionisio Cañas —comunicó el agente bueno.

Yo no he sido.

Eso se lo explicará usted al juez. ¡Andando! —ordenó el malo al tiempo que le daba un empujón.

Al cabo, vino a sumarse al jaleo Antonio Delamina. No iba a permitir que se llevaran a su amigo así como así. Pero uno de los guardias, el que hacía el papel de amable, le dio un porrazo y, colocándole las esposas, se dispuso a embarcarlo también a él en el land rover estacionado allá abajo, en la cuneta.