[25] Andrea, mientras tanto, estaba pasando por un período de ensueño: Que los resultados escolares hubiesen tocado el cielo con los dedos era lo de menos (cada año obtenía excelentes calificaciones); que en su casa el clima de tensión hubiese disminuido (al parecer, su madre había trabado amistad con cierta persona que le hacía «tilín») no suponía mayor cambio en su vida, pues tenía por costumbre refugiarse en su cuarto, donde siempre la dejaban tranquila con sus libros tanto la madre como el hermano; que en su clase la hubieran nombrado delegada no representaba para ella motivo especial de orgullo: le había tocado una clase pacífica, no daba problemas a los profesores; la atmósfera que reinaba en las aulas era más que saludable, así que el convertirse en delegada carecía de mérito alguno.
Lo que realmente suponía un gran motivo de júbilo era su reciente relación con el encargado del bibliobús. No sólo se había enamorado del apuesto peruano (como si se deslizara con un trineo a través de la nieve), sino que había obtenido una respuesta favorable, una complicidad amorosa, un «sí, te quiero» capaz de embriagar los sentidos del más reacio a las cosas del amor.
Leandro Buenavista era un tesoro de muchacho: sensible, atento, galán, cordial, inteligente, tenía el don de transportar a su público a una región maravillosa donde las facultades se potencian, los ánimos reverdecen, el yo de cada quien se une mediante lazos invisibles al yo común, que constituye un nosotros solidario, tan fabuloso como el propio mundo.
Andrea le picaba siempre que podía para que hablase, le contase su peculiar filosofía, cuyas raíces ahondaban en el saber agreste de la tribu india del Altiplano a la que había pertenecido su madre. Leandro Buenavista traía consigo, en definitiva, una parte de los Andes: sobre su cabeza planeaba el cóndor; en sus pasos se notaba el andar ágil de la llama, o bien la marcha sigilosa del puma.

En las narraciones que oía de su boca Andrea encontraba una increíble coincidencia con las lecciones del ermitaño Augusto Montes: Los héroes que pintaba Leandro eran a menudo animales; el narrador «se metía en la piel» de los seres vivos que pueblan los Andes, para hacernos vibrar con sus hazañas, para transportarnos a través del tiempo y la distancia a un universo ignorado por muchos europeos.
A Andrea le quedó grabada para siempre en la memoria una de las historietas contadas por su amigo...
«Había una vez un flamenco curioso de más; ya tenía sus años: había viajado muchas veces de África a Europa, de Europa a África. Los veteranos conocían la ruta. Los jóvenes sólo tenían que seguir las huellas de sus padres, con vuelo ágil, con alas teñidas de rosa. Las siluetas de los pájaros, tan delgadas como flautas, surcaban los límpidos cielos del Sur. Los hombres de aquellas latitudes los veían pasar por encima de sus cabezas, y se felicitaban porque tras ellos siempre venía el buen tiempo.
Pero una vez, una sola vez a lo largo de su vida, nuestro flamenco se alejó del parecer de sus congéneres. Su imaginación era tan viva que le planteó el siguiente dilema: «Si cierras los ojos y agitas continuamente las alas, en vista de que la inmensidad azul carece de obstáculos, ¿adónde te conducirá tu loco empeño?»
Pensarlo y hacerlo fue todo uno. Cerró los ojos. Batió más fuerte las alas. Sin advertirlo, se fue distanciando de la colonia que lo había visto nacer y crecer. Navegó muchas millas por encima del océano. Sintió cómo los rayos del sol calentaban sus alas rosadas, cómo la tibia luna depositaba un manto de luz en su cuerpo ligero y dócil a las corrientes del aire.
Por fin atisbó la costa. Por fin abrió los ojos. Estaba solo en el mundo. El mundo que flotaba bajo sus pies, una gigantesca mancha verde, ya no era el mundo de siempre, sino otro nuevo, acaso más espectacular y tremebundo.
A lo lejos divisó las crestas blancas de unas colinas tan altivas como los dioses del Olimpo. Allá se daría un respiro. Ignoraba cuánto tiempo había durado su viaje.
Nada más aterrizar en la cumbre de la montaña más alta, advirtió que en torno suyo volaban sombras negras; sus hermanos los flamencos habían crecido de tamaño, habían mudado el color de las plumas. Los habitantes de la región llamaban a estos flamencos cóndores.
Uno de ellos, el más grande sin duda, se acercó curioso a conocer las señas del recién llegado: «¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué has venido a parar aquí, tan lejos del lugar de tus padres?»
Entonces el viajero explicó cómo se había dejado llevar por la loca imaginación, cómo había cambiado de rumbo, cómo había cruzado el océano, hasta varar en esa costa, cuya existencia desconocía hasta entonces.
El cóndor, impresionado por el reflejo rosado de las alas, contestó: «Para nosotros, tú serás el hijo del sol; tus alas recogen como ninguna su brillo. Vivirás entre nosotros hasta que los cielos nos separen.»
Nunca supieron los habitantes de la cordillera cuánto tiempo permaneció aquel flamenco entre los cóndores. Pero hay quien afirma que mientras vivió, fue feliz.»
A Andrea le había seducido la sencillez de la fábula, cuya moraleja no lograba descifrar. Ni tampoco había para qué. Entusiasmada con lo que había oído, también ella se dejó llevar por «la loca de la casa» y, cerrando los ojos, echó el cuerpo hacia delante para dar un beso en la boca a Leandro Buenavista.


mily
23 dic 2009 | 05:34 PM
A veces hay que alejarse de nuestro refugio, ver y conocer otros puntos de vista, otro sentido a la vida para que al regreso podamos aportar otro significado de lo vivido.
JJAJJAAJAJ Andea se ha enamorado, eso es maravilloso.
ABRAZOS
Jo
23 dic 2009 | 05:39 PM
Es lo que se llama 'amplitud de miras'. Me encanta como objetivo, pero a veces es difícil porque nos obcecamos en no querer entender el porqué de lo que pasa.
Abrazos
lasrecetasdeteresa
23 dic 2009 | 06:29 PM
Bueno Jo me encanta el rumbo que le estas dando, cada día esta más interesante. se nos enamora el padre la niña y creo que hasta la madre. Es estupendo. Besitos.
Jo
23 dic 2009 | 08:38 PM
Es que, ya puestos, mejor que se enamoren todos de golpe. Lo siento por Antonio Delamina, que se quederá plantado y sin novia.
abril-ale
26 dic 2009 | 12:02 AM
Esta entrega me ha cautivado...tiene un agradable aroma a libertad.
Jo, un poco tarde, pero siempre acá.
Besitos. =)
Jo
26 dic 2009 | 08:32 AM
Me alegra que te haya gustado, me acordé me ti y de tu América Latina cuando compuse este episodio, por eso quise darle un sabor de libertad, como bien dices.