El ser humano se ha formado una idea de lo que es la vida y la muerte a partir de lo que para él son unos criterios obvios, cuantificables, medibles: lo evidente y objetivo le sirve para elaborar una serie de conceptos que constituyen su peculiar interpretación del mundo.

A partir de pares de ideas ha sido capaz de definir el universo todo: blanco, negro; día, noche; frío, calor; norte, sur; alto, bajo; grande, pequeño; vida, muerte...

Para llegar a definir el concepto de vida ha tenido que fiarse exclusivamente de las apariencias: todo aquello que se mueve está vivo; todo cuanto respira, vive; lo que se compone de materia orgánica es o ha sido un ser vivo.

Y para definir la muerte le ha bastado con utilizar el mismo concepto de vida, pero a contrario: está muerto todo aquello que no respira, no se mueve; o bien, ha sido calificado de «materia inorgánica».

Sin embargo, creo que esta división de las cosas en pares de contrarios no sirve, equivale en definitiva a fiarse exclusivamente de las apariencias. Pero lo cierto es que...

El día y la noche son relativos, constituyen las dos caras de la misma moneda: dependen de la latitud en que nos hallamos a una hora concreta del día.

Entre lo blanco y lo negro existe una infinidad de matices. El blanco es la reunión de todos los espectros de la luz; el negro es la negación de los mismos. Entre uno y otro hay una amplísima gama de colores.

Incluso dentro del blanco encontramos matices. Un ejemplo que ilustra esto nos lo da la «nieve». Para el hombre europeo la nieve es una; siempre la llamamos del mismo modo. Para el esquimal, por el contrario, existen hasta 17 variedades de nieve: cada una de ellas es nombrada con una palabra diferente.

Abordemos ahora el concepto de «vida». ¿Es absolutamente necesario relacionarla con la materia orgánica? ¿Acaso es del todo imposible que existan seres vivos formados a partir de la materia inorgánica? ¿Cómo se demuestra que una «nube» no es algo así como un ser vivo?

Todo esto me hace pensar en la cortedad de miras del ser humano. Un ejemplo de esto lo vemos cuando se pregunta por la posibilidad de que haya vida en otros planetas de otros sistemas solares:

Los científicos aseguran que si no se reúnen las condiciones que se dan en la Tierra no es posible que haya ninguna otra forma de vida. Esto es un absurdo se mire por donde se mire.

Imaginemos que somos habitantes de otro planeta, y que en lugar de oxígeno respiramos otra substancia cualquiera. Desde nuestros avanzadísimos telescopios observaríamos el planeta Tierra y diríamos —plenamente convencidos— que la vida allí no sería posible por la simple razón de que hay demasiado oxígeno disuelto en su atmósfera. Y como resulta que el oxígeno es además de tóxico, corrosivo (lo cual no deja de ser cierto), la vida estaría vedada en el extraño planeta azul, la Tierra.

Ese es el mismo razonamiento que siguen los científicos: allí donde no se reúnen «nuestras» condiciones, no podrá haber nunca otra forma de vida. ¡Qué absurdo! ¡Qué poca disposición a abrir el espíritu a otras posibilidades!

Pues bien, muy al contrario, sospecho que en otros mundos habrá seres que no necesiten ni de oxígeno, ni de agua, ni de aire para vivir. Es más, me atrevería a sostener que en otros sitios se dan extrañas formas de vida, las cuales tal vez ni siquiera se componen de una materia orgánica.

Todo esto que digo yo no lo puedo demostrar por una razón muy simple: nuestra percepción del mundo depende de los 5 sentidos. Si dispusiéramos de alguno más, es muy probable que percibiéramos un mundo totalmente distinto, poblado quizá de formas de vida que ahora somos incapaces de percibir.

Por último, yo creo que es posible relacionar la vida con el concepto de «unidad»: para mí, toda unidad es un ser vivo (el cual está formado a su vez por una multitud de supra unidades).

La muerte sería nada más que la negación de una unidad: cuando algún animal, planta o «persona» se transforma en otra cosa, decimos erróneamente que «ha muerto».