Mario Vargas Llosa escribió una novela titulada: 'La tía Julia y el escribidor.' En ella aparecen dos autores diametralmente opuestos: uno conoce la fama y la gloria, aunque sea temporal, sus guiones para la radio son escuchados y seguidos con deleite por la mayoría de los oyentes del país; el otro vive un poco a la sombra del primero, de vez en cuando logra sacar de su vieja olivetti un artículo para el periódico, algún que otro cuento, que no duda en destruir (decepcionado) al cabo de una semana.

El primero es el «escritor», la persona que disfruta de las mieles del triunfo. Se gana la vida con sus publicaciones. La inspiración acude abundante a su pluma. Todos y cada uno de los lectores admiten sin paliativos su talento.

El segundo es el «escribidor». Sólo un reducido grupo de amigos conoce su afición a las letras. Está en lucha continua con las musas. Le da miedo y hasta vergüenza que los demás echen siquiera un vistazo a lo que él ha sido capaz de componer, muy a duras penas.

Pero pasa el tiempo; nuestros dos héroes viven sus peripecias, cada uno por su lado. El primero, en pleno apogeo artístico, tarda en advertir que en realidad se ha pasado al otro lado de la montaña: ha comenzado para él el declive. El segundo, por el contrario, se ha ido construyendo como persona; ciertos escarceos amorosos con una señora de alta cuna le han servido para formarse una identidad, una personalidad única y exclusiva.

Las modas, los hábitos cambian, las costumbres son otras con el despuntar de una nueva década.

Las radio-novelas viven sus últimos momentos de esplendor. El auditorio da poco a poco la espalda a los folletines de las emisoras. Nuestro elogiado autor se ve en cuestión de meses abocado al olvido. Ya nadie se acuerda de sus guiones y trabajos literarios. El escritor se ha convertido, por obra y gracia del público, en un mediocre escribidor.

Mientras tanto, el otro escribidor, el del principio, ha ido ganando peso en la redacción del periódico. Ha conseguido por fin publicar algún que otro cuento en una revista prestigiosa. Su nombre va adquiriendo vuelo. De repente, la «República de las Letras» queda al alcance de su mano.

 

Esto que narra tan admirablemente bien Mario Vargas Llosa ha sucedido, en realidad, infinidad de veces. Es un poco a la manera del cuento de nunca acabar. Los escribidores, que comienzan apenas su carrera literaria, se convierten luego en escritores; y viceversa: el cambio de apreciación no depende de su labor personal, sino de los gustos, modas y caprichos de los lectores.

A Cervantes lo tuvieron durante medio siglo por un escritor de poca monta. Muchos sabios de las universidades lo calificaban de «escritorzuelo». Y, sin embargo, ¿quién se acuerda ahora de esos sabios de entonces? Nadie. El escribidor ha triunfado al fin sobre la medianía y la pedantería de los muchos envidiosos que en el mundo hay.

Así pues, en materia de calidades literarias nadie tendrá nunca la última palabra. ¡La historia ha desmentido tantas veces lo que se tenía por verdad absoluta! ¿En cuántas ocasiones hemos dado la vuelta a la tortilla, valorando lo que antes se menospreciaba, a la vez que arrojábamos a la cámara del olvido lo que en su día gozó de fama sin igual?