Uno de los grandes dilemas que se le plantea a la sociedad es cómo conciliar una conciencia ecológica con el temor de que los puestos de trabajo (aseguran algunos) podrían desaparecer a causa de una forma de vida más acorde con el medio ambiente. El tema no carece de interés; he oído argumentos de todo tipo, entre los cuales no faltan los siguientes:

Si sólo nos preocupáramos de proteger la fauna marina, ¿qué sería del trabajo de los pescadores? Esta gente también tiene derecho a salir con sus barcos a faenar, y ganarse así honradamente la vida.

Es cierto que se cometen crueldades con los animales. Pero la caza y captura, pongamos por caso, de los visones está sobradamente justificada, pues esta actividad da de comer a numerosas familias y permite, de paso, que algunas mujeres luzcan estupendos abrigos de piel.

Mucho combatir el efecto nocivo del C02 sobre la atmósfera en particular y el clima en general, pero si no se fabricaran coches se perderían miles de puestos de trabajo. La industria del automóvil es demasiado importante como para prescindir de ella. Gracias al tráfico los grandes supermercados tienen clientes, los aduaneros mantienen su puesto en las Aduanas, los camioneros son capaces de llevar felizmente un sueldo a sus casas. Y, lo que es aún más importante, la circulación permite que el Estado disponga de una fuente de ingresos, con los que hacer frente a los infinitos gastos públicos: mantenimiento de escuelas y hospitales; desarrollo de los planos urbanísticos; con el dinero de todos se paga a los funcionarios, se mantienen abiertos los centros de acogida para las personas socialmente marginadas, y se pueden enviar las tropas nacionales a Afganistán o a donde haga falta, con tal de luchar por la paz en el Mundo.

En definitiva, lo que se ha creado es un «alarmismo» social. Detrás de todo ese montaje ecológico lo que hay (¿cómo no?) son rotundos intereses económicos. Ahí está, si no, Algor con su propaganda, ávido sólo de encajar cheques a su nombre en el banco.

A todos estos argumentos podría responder punto por punto.

En cuanto al tema de la pesca, se trata de hacer reinar la cordura. Y la cordura dice que muchas especies marinas están en peligro de extinción a causa de la sobrepesca. Las cotas no se respetan en ninguna parte (a pesar de lo que afirma Bruselas). Sería justo que los pescadores pudiesen faenar no solo hoy, sino mañana, y pasado mañana. Sería justo que los hijos de los hijos de los pescadores también pudiesen faenar. De ellos depende el cambiar de rumbo, o seguir como siguen: aniquilando el porvenir, destruyendo los propios recursos con que cuentan para subsistir.

Sobre el tipo de economía que se basa en la destrucción, esclavitud o masacre de las especies animales, creo que nada justifica una conducta tan inhumana como esa, una conducta que asola paisajes enteros, que contamina ríos, que aniquila las especies autóctonas de determinada región porque el dinero es lo que vale y no hay nada más que hablar; una conducta así no es propia de hombres, sino de bestias. Pero sigamos jugando a la ruleta rusa: cuando hayamos liquidado todo bicho viviente en el planeta, ¿dirigiremos entonces las pistolas contra nosotros mismos?

Sobre la «necesaria» industria del automóvil, y digo necesaria porque garantiza puestos de trabajo, y eso a pesar de los pesares medioambientales, sobre esta industria pienso que de lo que se trata es de renovarla, de manera que no sea contaminante, de manera que no perjudique al entorno. No creo que esto sea mucho pedir. Y tampoco esto es incompatible con la economía mundial. Bien al contrario, está demostrado que la industria ecológica puede dar tanto o más trabajo que la industria fósil. ¿Acaso los paneles solares no son una fuente de trabajo? ¿Y los molinos eólicos? ¿Y la industria del reciclaje? ¿Y los nuevos empleos que se crearían si los gobiernos se preocuparan por fin de proteger los bosques y los mares?

El problema no es que la mentalidad ecológica pueda suprimir puestos de trabajo, sino que esta mentalidad propone una nueva distribución de las riquezas. La ecología promete un reparto justo y equitativo de los bienes comunes, un reparto que asegure el porvenir de las futuras generaciones, un reparto que considere a fuertes y débiles, a grandes y chicos, porque todos (tanto los animales como las plantas) somos hijos de la tierra, y todos tenemos derecho a vivir en ella con dignidad.