Mucho se ha especulado acerca de la identidad de Don Quijote: ¿Se escondía detrás de este personaje una figura real, de carne y hueso, de la que se había inspirado el autor para componer su obra; o bien, estamos ante un personaje puramente ficticio, sin equivalente en el ámbito de lo real? Esta cuestión ha sido casi tan debatida como el nombre del pueblo manchego, de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes.

En este estudio, vamos a tratar el tema de la identidad de nuestro héroe. Vamos a aventurar una hipótesis arriesgada; como suele decirse, vamos a mojarnos del todo.

¿Y si Don Quijote fuera, en efecto, el trasunto de una persona real, y cuando digo real me refiero a alguien muy conocido, alguien de rancio abolengo, de sangre azul incluso, alguien que ha usado corona...? ¿Y si Don Quijote no fuera sino la imagen de un rey depuesto o, mejor aún, de un emperador? Me refiero, claro está, al mismísimo Carlos Quinto.

La idea puede parecer descabellada; pero si observamos las fechas, no lo sería tanto:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo. ¿Cuándo compuso Cervantes la primera parte de su libro? Sin duda, entre los años 1575 y 1605 (fecha de la publicación). ¿Cuándo abdicó Carlos Quinto? Pues este monarca abdicó en favor de su hijo, Felipe II, allá por 1556, y entonces se retiró al monasterio de Yuste [en la comarca extremeña de La Vera], donde residiría hasta su muerte, acaecida dos años más tarde, en 1558.

Como acabamos de ver, ese no ha mucho tiempo cervantino alude a los dos años en que el emperador estuvo retirado de la vida pública, al haberse metido en un monasterio regentado por los Jerónimos.

Leamos a continuación el principio de la obra con la idea de que YA conocemos qué personaje histórico se ocultaba bajo la ficción...

 

«Capítulo primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba
ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con
tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la
caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las
entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.»

 

¿Cómo era físicamente Carlos Quinto? Se han conservado varias descripciones que de él hicieron sus contemporáneos, aparte los famosos cuadros que hay en el museo del Prado. Prestemos por ejemplo atención a ésta misma:

«Es de estatura mediana, mas no muy grande, ni pequeño, blanco, de color más bien pálido que rubicundo; del cuerpo, bien proporcionado, bellísima pierna, buen brazo, la nariz un poco aguileña, pero poco; los ojos ávidos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; ni en él otra parte del cuerpo se puede inculpar, excepto el mentón y también toda su faz interior, la cual es tan ancha y tan larga, que no parece natural de aquel cuerpo; pero parece postiza, donde ocurre que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores; pero los separa un espacio del grosor de un diente, donde en el hablar, máxime en el acabar de la clausula, balbucea alguna palabra, la cual por eso no se entiende muy bien.» [retrato de Carlos I a sus 25 años, escrito por el embajador italiano, Gaspar Contarini.]

 

¿Se parecían físicamente el emperador y Don Quijote? Yo creo que sí, tanto más cuanto que el embajador italiano lo describe siendo aún joven, mientras que Cervantes hace un retrato de él cuando ya «frisaba con los 50 años».

En lo que atañe al carácter, Don Quijote es de un natural colérico, pronto a dejarse ir por el arrebato; es fiel a sus principios, como si estos dirigieran su actitud contra viento y marea. Don Quijote, para ser quien es, se inspira de los Libros de Caballerías: los héroes de ficción son para él el ejemplo que debe aprender a imitar.

¿Qué decir, pues, del carácter del emperador Carlos V? Esto es lo que afirma uno de los escritores que lo trataron personalmente:

 

«Sólo diré algo nuevo acerca del carácter del Emperador, que es hombre tan dilapidador, que supera a todos los que existan o hayan existido. Ello hace que siempre ande necesitado y que ninguna suma le baste, sea cual sea la situación o el momento de suerte en el que se encuentre. Es voluble, porque hoy quiere una cosa y otra mañana; no pide consejo a nadie, pero se cree todo lo que le cuentan; desea lo que no puede conseguir y se aleja de lo que podría obtener, por eso toma siempre sus decisiones al contrario de lo que debiera. Por otro lado, es hombre muy belicoso y mantiene y guía bien un ejército con justicia y disciplina (...) Es humano cuando concede audiencias, pero le gusta concederlas a su antojo y no quiere verse rodeado por los embajadores, más que cuando él mismo los manda llamar: es muy reservado y se muestra continuamente intranquilo en cuerpo y alma, por eso deshace a menudo por la noche lo que ha hecho por la mañana» [Maquiavelo: Discurso sobre los asuntos de Alemania y los asuntos del Emperador (1509).]

 

La coincidencia entre uno y otro caracteres me parece que salta a la vista: también el emperador aficionaba la lectura de tales libros; también el emperador se dejó prender por la fábula y la quimera de estas obras disparatadas.

Ahora bien, cámbiese la obsesión caballeresca por la obsesión de la Cristiandad y... le tour est joué!, detrás de don Quijote asoma sin lugar a dudas la figura del insigne Carlos I.

El emperador tuvo que velar las armas para ser nombrado caballero en el patio de lo que fue para él un castillo, y no una posada. Estas son las palabras que recogen tan soberano momento:

 

«Jura profesar la santa fe enseñada a los católicos vivos, ser fiel tutor y defensor de la Iglesia y de sus ministros, gobernar sus estados con eficacia y siguiendo la tradición de sus predecesores, reparar los daños sufridos por el Imperio, administrar justicia en defensa de los débiles, y someterse al Papa» [P. Mártir de Anglería: Epistolario.]

 

Pero volvamos al principio, volvamos al fragmento que nos ocupa. Escribe Cervantes: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.

En efecto, Carlos I debió de leer mucha correspondencia ininteligible, mucha diplomacia puesta en un papel que no había por dónde cogerlo, hasta tal punto parecía enrevesado.

Sirva como botón de muestra un fragmento que sin duda hubo de leer el emperador una y mil veces; se trata de una bula papal en tiempos de Paulo III:

 

«Pero habiéndose adelantado el tiempo mucho, y siendo necesario avisar a todos la elección de la nueva ciudad; y no siendo posible por la proximidad del primer día de noviembre, que se divulgase la noticia de la que se había asignado, y estando también cerca del invierno; nos vimos otra vez necesitados a diferir con nueva prorroga el tiempo del concilio hasta la primavera próxima, y día primero del siguiente mes de mayo.»

 

Con lecturas así, y esta fue de las más suaves que pudo encontrar, lo normal hubiera sido que el emperador acabase un poco ido, que es justo lo que plasma Cervantes en su obra.

Don Quijote era el emperador Carlos V, digo, Carlos I, [obsérvese cómo también Cervantes crea un equívoco con los nombres: «Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana.»

Resulta revelador que el equívoco se dé 3 veces con el sonido [k], el mismo que fija las iniciales del emperador: Carlos Quinto de Alemania o Carlos Primero de España.

¿Y a quién representaba, entonces, Sancho? No me cabe sobre esto la menor duda: Sancho era el escudero del caballero andante dentro del universo novelesco; pero en la realidad, Sancho representa al pueblo inculto, que sigue los pasos de su Señor, a pesar de que no los entienda, a pesar de que él no gane nada, más bien pierde, con las batallas en las que se enfrascaba el amo, siempre motivadas por un ideal caballeresco: la expansión de la Cristiandad más allá de las fronteras del país, más allá de las fronteras del continente.

Quizá una frase del capítulo primero resuma esto que yo acabo de señalar: «Los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza [es cierto que el emperador fue gran aficionado a la caza], y aun la administración de su hacienda [pues por realizar sus continuas guerras de religión, Carlos V estuvo a punto de dejar al reino de Castilla en la banca rota].»

 

¿Cómo se llamaba el lugar de la Mancha de cuyo nombre el autor no quiso acordarse? Para responder a esto recordemos primero que el inicio de la novela arranca con el octosílabo de un romance popular en aquella época:

«En un lugar de la Mancha»: ocho sílabas, como corresponde a los versos de un romance.

Desde luego, Miguel de Cervantes no quiere acordarse del nombre porque en realidad se trata de un pueblo extremeño, y porque, lo que es aún más importante, si lo revelara: «Yuste», los lectores identificarían en seguida al personaje del libro con el emperador que había abdicado a favor de su hijo, Felipe II.

Cervantes utiliza de este modo el verso de un romance para despistar al lector, para que éste nunca imagine qué célebre personaje disimulaba la figura del hidalgo manchego, Quesada o Quijada o Quejana.