LA VISITA

(Comedia urbana en cinco actos).

Autor: Joaquín Martínez Mamerí


Personajes:

Ramón, jubilado de correos

Fermina, su esposa

Esteban, hijo de Ramón, empleado de la banca

Irene, esposa de Esteban, profesora de instituto

Luisa, hija de Irene

Carlos, hermana de Luisa

Carmen, hermana de Esteban

Antonio, marido de Carmen.



ACTO I

Escena I, Ramón, Fermina

 

 

Ramón.- (sentado en un sillón orejero a cuadros rojos y verdes) ¡Fermina! ¡Fermina! ¿Estás o no estás en tu casa? ¿Atiendes o no atiendes a tu marido, que se está dejando la garganta porque le hagas un poco de caso? ¡Benditos sean mis cincuenta años de casado! ¡Que el diablo se los lleve, así como lo digo!

Fermina.- (desde otra pieza) ¿Qué quieres, testarudo?

Ramón.- Quiero que vengas, quiero ser millonario y también quiero que (echa un vistazo a los cristales) cese de llover. Aunque por el momento me conformo con que se cumpla el primero de mis deseos. ¡Ven aquí, pecadora!

Fermina.- Ya voy, bruto. Entre que llego, no llego, iré pensando si voy para tirarte por la ventana o para meterte algún veneno en el vaso. ¡Bribón! ¡Ladronzuelo!


Entra una anciana encorvada. Se pone, apoyada en el bastón, junto al marido.


Ramón.- Escucha lo que voy a decirte; ¿qué hora es?

Fermina.- Las siete y media van a ser.

Ramón.- Es decir, la hora de la cena. Y mientras tu marido se muere de hambre en un rincón de la casa, ¿qué haces tú? Nada. Porque rezar el rosario, escuchar detrás del muro lo que digan los vecinos, poner la radio Dominical, o tumbarse en la cama a dormir la siesta, es... es... ¡No hacer nada! Y tu marido, que soy yo en la ocurrencia, tiene todo el derecho de quejarse.

Fermina.- Pío, pío...

Ramón.- (estremeciéndose en su asiento) ¿Lo ves? ¿Lo ves como eres una bribona, una pillastre, una quejicosa? ¡Cincuenta años de casado! ¡Cincuenta años de castigo, de tormento, de... de...!

Fermina.- ¡Granuja! Lo que pasa es que a las ocho tenemos visita. Tu hijo Esteban, tu hijo se acuerda de nosotros de uvas a brevas; pero hoy, alabado sea el Señor, viene a esta casa a ver a su padre y a su madre, que velaron por su salud hasta que le salieron alas para labrarse el porvenir a su manera.

Ramón.- ¿Mi hijo...? ¿Esteban...? ¿El banquero...? ¡Ciérrale la puerta inmediatamente! ¡Yo soy anarquista! ¡Yo soy antiliberal! ¡Yo soy republicano! Y no permitiré que por esa puerta pase un bandido con traje, corbata y maletín donde mete los millones que, ¿cómo no?, ha robado al pueblo.

Fermina.- Nada de eso, que es mi hijo y le quiero bien. Por una vez que se decide a visitarnos...

Ramón.- ¡Quítate de ahí, pecadora! Si no eres tú, seré yo quien ponga el cerrojo, el pestillo, el candado, la silla... lo que haga falta con tal de impedir que un ladrón se apodere de esta casa (trata de saltar del sillón, pero el reuma se lo impide; además, está inválido de piernas.)


Escena II

Esteban, Fermina, Ramón


Esteban.- Buenos días, madre; ¿anda usted bien?

Fermina.- Estupendamente, hijo. Me alegro mucho de que hayas venido a vernos.

Esteban.- He estado muy ocupado últimamente. Con todo, no he dejado de pensar en vosotros un solo instante. Los tiempos son duros. La banca obtiene beneficios; pero no se conforma, siempre pide más.

Fermina.- No le hables a tu padre de la banca, que se pondrá desquiciado.

Esteban.- Ya lo sé; evitaré el tema; o bien pasaré sobre él como si anduviera sobre ascuas.


Caminan desde la puerta hacia el salón.


Esteban.- ¡Buenos días, padre!

Ramón.- ¿Qué...? ¡Habla más alto que no te oigo!

Esteban.- ¡Buenos días, padre!

Ramón.- ¿Conque eres tú...? ¿Qué tal andas, hijo?

Esteban.- Así, así... Aunque, a decir verdad, no me debo quejar. Llevo un sueldo a casa. Mi mujer está bien. Mis hijos corretean por el jardín. No nos falta un techo donde cobijarnos, ni tampoco un plato que poner en la mesa.

Ramón.- Mi hijo dice que es feliz; me alegro por él. Pero no dice a costa de qué es feliz. Mi hijo roba a los pobres, mi hijo saquea las casas de los vecinos, mi hijo es un canalla que saca partido de las desgracias ajenas; y con todo eso, dice que es feliz. Alabado sea mi hijo, que sonríe cuando se acuesta y sonríe cuando se levanta. Alabado sea mi hijo, a quien la fortuna le sonríe un día sí y el otro también.

Esteban.- No he venido para discutir con usted, padre.

Ramón.- ¿Te has vuelto anarquista?

Esteban.- No.

Ramón.- ¿Te has vuelto antiliberal?

Esteban.- No.

Ramón.- ¿Te has vuelto republicano?

Esteban.- No.

Ramón.- Entonces, ¿para qué demonios has venido?

Esteban.- He venido en son de paz a hacer una visita a mi padre y a mi madre.

Ramón.- Pues en son de paz te ordeno que des media vuelta y te vayas por donde has venido.


El hijo da media vuelta para largarse, pero Fermina se interpone en su camino; le obliga a quedarse en la estancia.


Fermina.- ¿Ves, hijo, cómo me casé con un loco? Las leyes humanas y divinas me obligan a permanecer a su lado, quieras que no quieras. Pero ese demonio de hombre no impedirá nunca que mi hijo se quede en esta casa, si así lo desea.


Escena III

Fermina, Esteban


Esteban.- Madre, resulta que no he venido solo.

Fermina.- ¿No...? ¿Y quién más ha venido contigo? ¿Dónde se esconde, que no lo veo?

Esteban.- Está fuera, en el rellano del piso; es mi mujer, que no ha querido entrar por miedo a la reacción de su suegro. Ya ves cómo se ha portado con mi sola presencia; si encima le anuncio que vengo acompañado, es capaz de ponerse a gritar como un demente. Es mi padre; le debo un respeto; pero no quiero que mi esposa lo pase mal por su causa. Había pensado que si la escena se ponía demasiado cuesta arriba, saldría de puntillas de esta casa, apenas con el tiempo justo para despedirme; y, una vez en las escaleras del edificio, me reuniría con ella, le contaría el fracaso de la entrevista, y, desanimados pero sanos y salvos, nos volveríamos a nuestro hogar sin rendir cuentas a nadie.

Fermina.- Dile que pase, por favor. Como siga esperando fuera, va a coger un resfriado. Pobre nuera mía. No se merece que la tratemos así, como una pestífera que ni siquiera tiene derecho a entrar en la casa de la familia de su marido. ¡Qué vergüenza, por Dios!

Esteban.- ¿Y Ramón...?

Fermina.- Ve al vestíbulo en busca de tu mujer; yo me encargo de preparar el terreno; no es tan fiero el oso como lo pintan (se separan).


Escena IV

Fermina, Ramón


Fermina.- Esposo mío, no seas tan brusco con los de tu propia sangre; da la bienvenida a quien bien te quiere, y no le sigas buscando los tres pies al gato.

Ramón.- Esta es mi casa: en mi casa mando yo, salvo si mi mujer dispone otra cosa.

Fermina.- Tu mujer dispone que seas más abierto y tolerante con los otros; bien está que despotriques contra el gobierno, contra la Iglesia, contra la banca, contra la política; pero, estar a malas con tu hijo, ¿de qué sirve?

Ramón.- Mi hijo trabaja en la banca; forma parte del sistema; yo soy, por el contrario, anarquista, republicano, antiliberal... Que mi hijo cambie de chaqueta y será bien recibido por su padre; mientras tanto, yo no puedo hacer nada por él.

Fermina.- Es tu hijo.

Ramón.- Es empleado de la banca; un ladrón, un cómplice del vandalismo y el atraco que cometen a diario los del «guante blanco».

Fermina.- No ha venido solo.

Ramón.- ¿Qué...?

Fermina.- Digo que en la puerta espera su esposa.

Ramón.- Hummm... La maestra se ha dignado en pasar por aquí a rendir visita a los viejos camaradas. Dile que entre. Nos reiremos un rato. Hasta mi hijo, que es un canalla, ha tenido el acierto de casarse con una cómica. Que vengan, que vengan... (Fermina se dirige hacia la entrada).


Escena V

Esteban, Irene, Fermina


Esteban.- No sé por qué te da tanto reparo el pasar adentro. ¿No habíamos venido juntos? ¿No estábamos esta mañana de acuerdo en efectuar una visita de rigor a mis padres?

Irene.- Me habéis hecho esperar tanto tiempo al otro lado de la puerta, que finalmente se me ha enfriado el ánimo y he cambiado de opinión: en esta casa, yo no pinto nada; ya otras veces tu padre me lo ha dado a entender con sobradas razones y amagos no diré de desprecio, pero sí de burla socarrona. Como comprenderás, no quiero ser el hazmerreír de nadie, menos aún de mi suegro.

Esteban.- Serás el hazmerreír de todos si vienes y te vas, si asomas por aquí y luego desapareces a causa de un pronto que no se justifica: eres la bienvenida; mi madre está ahí para demostrarlo: se ha puesto ha reñir con el ogro con tal de que tú también tengas cabida en su cueva.

Irene.- No me agradan las cuevas o cavernas de los ogros, prefiero respirar el aire libre.

Esteban.- Respira lo que quieras, pero hazme caso: no te vayas.

Fermina.- (asomando la cabeza por el rellano) ¡Hola! ¿Qué pasa? ¿Se ha puesto este joven matrimonio a pelearse en medio de las escaleras para que todo el vecindario se entere?

Esteban.- No hay pelea, madre, sino persuasión. Mi esposa, aquí presente, está encantada con la idea de acoger en sus brazos a sus padres adoptivos. Ella sabe que el mal genio nunca dura largo tiempo; y también sabe que detrás de las apariencias bruscas y groseras se esconde un corazón tan frágil como la porcelana.

Irene.- (con voz apagada) Esteban, amor mío, odio que hables en mi lugar, ¿cuándo se te quitará la manía de tomarme la palabra? Ya soy mayorcita para hablar por mí, sin que nadie se tome la molestia de robar mis pensamientos.

Fermina.- Bien dicho, hija mía, no te dejes avasallar ni siquiera por tu marido. Te lo dice la voz de la experiencia. ¡Venga un abrazo! (se abrazan).

Esteban.- Ahora que nos hallamos en buena paz y compañía, vayamos los tres a apaciguar esos ánimos del lobo feroz (salen).


Escena VI

Ramón, Irene


Ramón.- Hummm... Señora mía, con gran entusiasmo acojo su venida a esta casa, bendecida por el diablo, que tantos suspiros ha ocultado entre sus cuatro paredes, y tantos quebraderos de cabeza ha dado a sus moradores. Pero, ¿qué importa ese pasado lamentable si ahora contamos con la presencia de tan agradable persona?

Irene.- Padre, es usted un socarrón. No se lo tomo a mal: a mí también me cuesta expresar mi admiración por alguien.

Ramón.- ¡Oh, vamos! No sea usted humilde, mi admiración por usted no conoce reparos; de ahí que resulte un poco torpe a la hora de comunicar tan confuso sentimiento.

Irene.- Confieso que me deja usted algo confundida al oírle hablar así...

Ramón.- ¡Ja, ja! Esta es la nuera que a mí me agrada... ¡Venga un abrazo! (la joven se agacha para abrazar al suegro, que sigue en el sillón).