ACTO VI

Escena I

En la entrada del piso. Carmen, Fermina.


Fermina.- ¡Qué buena cosa que estés de vuelta! La suerte decidió que un día vinieras al mundo: las hijas se ocupan mejor de sus mayores que los hijos. Esteban, tu hermano, anda tan liado que milagro me pareció su venida a esta casa la otra tarde. Aunque, entre nosotras te lo digo, visitas como aquélla más vale que no se repitan. El estropicio que hicieron sus niños no tiene nombre, ni excusa tampoco. A tu padre pocas veces le doy la razón; pero esta vez he de morderme la lengua, su disgusto está sobradamente justificado. ¡Lo que le han hecho con las jaulas es para juzgado de guardia! ¡Hola! ¿Por qué apareces con esos bultos? ¿Acaso te vas de viaje una temporada? ¡Afortunada tú, que huyes en pos del descanso cuando la mayoría pena a causa de las agotadoras jornadas!

Carmen.- Mamá, he venido para quedarme con vosotros. Cambio de casa. A mi marido le he dicho adiós. Prefiero mil veces la compañía de mis padres antes que seguir batallando con un botarate. ¿Cuándo sentará la cabeza? Los hombres flirtean siendo mozos; se casan de prisa y corriendo, y luego no asumen los compromisos que del matrimonio se derivan.

Fermina.- Los hombres de hoy son como tú cuentas, y los de ayer, y los de siempre. Y así va el mundo. A estos regímenes los llaman «patriarcados», donde la voz del varón se oye tan fuerte que compite con la de las campanas cuando tocan a misa.

Carmen.- Entonces, ¿puedo vivir con vosotros? Prometo que no os causaré disgusto alguno; aportaré la mitad de mi salario para los gastos de la casa; os haré compañía en las tardes de julio; y nadie que tenga mala pinta cruzará por esta puerta.

Fermina.- Bien está, hija mía. Sólo falta que convenzas a tu padre. Por mi parte, no hay nada más que hablar. Mientras yo viva, no te faltará un plato en la mesa. Con lo poco que poseemos, nos acomodaremos los tres. Mi casa es tu casa. Sé bien que te casaste con un alcornoque. Demasiado has tardado en darle esquinazo. (Se abrazan. Carmen coloca en la entrada los bultos que estaban en el rellano.)


Escena II

En la sala de estar. Carmen, Ramón, Fermina.


Ramón.- ¡Gran noticia que hayas dejado a ese pasmarote, un salteador de caminos! Nunca debiste haber consentido que metiera sus manos en tu bolso.

Carmen.- Eso lo hacía a escondidas. Había descubierto cada escondrijo de la casa: dondequiera que ocultaba el dinero daba pronto con él y se lo llevaba al bar para gastárselo en sus vicios. No había solución. Quise depositar en una cuenta los ahorros que había obtenido a fuerza de privaciones, y al rato se lo tragaron las deudas, los impuestos, las trampas mil en las que habíamos caído sin apercibirnos. Vivimos en un mundo de lobos: al trabajador honrado lo devoran sin miramientos los oportunistas, los embaucadores y los timadores.

Fermina.- ¡Cuánto fatalismo hay en esas palabras!

Ramón.- ¡Cuánta verdad! ¡Cuánto oprobio y menosprecio y engaño y robo sufrimos los ciudadanos de a pie! ¿Quiénes son los ladrones? ¿Quiénes son los bandoleros...? Los de siempre, los mismos que hacían de las suyas en los tiempos de Mary Castaña: esos traficantes de sueños. No existe peor enemigo que quien le toma la palabra al pueblo y le toma de paso la bolsa para hacer su agosto a costa de la candidez de ese pueblo que dice representar.

Fermina.- ¡Oh, no! Ahora es cuando se nos viene encima, como una maza, uno de esos panfletos políticos. ¿Aprenderás a callarte, esposo mío?

Ramón.- Mientras que pueda decir: «esta boca es mía», no me callaré, así me ahorquen.

Fermina.- De un calcetín pienso ahorcarte ya mismo.

Carmen.- Vamos, no os vayáis a pelear por un «quítame ahí esas pajas».

Ramón.- (Extiende los brazos) ¡Ven a dar un achuchón a tu padre como es debido! Hija, tú siempre has pertenecido al bando de las personas decentes, no como el granuja de tu hermano, que se ha unido a las hordas del interés, interés, sagrado interés.


Llaman a la puerta.


Fermina.- (En voz baja) ¿Llaman? ¿Quién será? De un tiempo a esta parte, cada llamada supone un sobresalto (atraviesa el escenario hacia la entrada).

Ramón.- ¿Me ayudarás a reconstruir las jaulas?

Carmen.- Sí, padre.

Ramón.- ¿Echarás una mano en la cocina, de manera que tu madre no me vaya envenenando poco a poco, que es a lo que se dedica ahora?

Carmen.- Sí, padre.

Ramón.- ¿Harás causa conmigo para impedir que tu hermano pase por aquí a sembrar el grano de la discordia, porque eso es lo que ha hecho desde que se casó y tuvo hijos?... ¡Vaya cuarteto de pillastres!

Carmen.- Sí, padre.

Ramón.- Vale. No hay mal que por bien no venga. Ayer perdí mi colección de jaulas; hoy recupero a mi hija, que se había extraviado por culpa de un... majadero (se abrazan).


Escena III

Antonio, Fermina, Carmen, Ramón.


Antonio.- Buenos días. ¿Está aquí mi mujer?

Fermina.- No. Y ya te puedes ir largando, que nadie te ha dado vela en este entierro.

Antonio.- Sé que está aquí. Yo mismo la vi cruzar la plaza hace un rato. Se paró a hablar con el del quiosco, y después tomó la calle de enfrente, que es la que conduce a esta vivienda.

Fermina.- ¿No tienes nada mejor que hacer que espiar a las personas de tu entorno? ¡Procura trabajar en algo que te sea de provecho y déjate de chismes! Adiós muy buenas, caballero (intenta cerrarle la puerta).

Antonio.- No hace mucho, yo era bien recibido en esta casa.

Fermina.- (Empuja) Ya no. ¡Adiós, caballero!

Antonio.- No está bien que se me niegue el poder hablar con mi mujer. Es mi mujer y tengo derecho a dialogar con ella en cualquier parte.

Fermina.- Es mi hija. Tú fuiste mi yerno, pero ahora no te conozco; si mi Carmen te niega el saludo, yo te niego los buenos días. Caballero, la salida se encuentra al final de las escaleras (de nuevo trata de cerrar la puerta).


Entran Carmen y Ramón.


Carmen.- Ya lo hemos hablado. Ya pusimos «punto y final». Ya te fuiste tú por tu lado y yo por el mío. ¿Antonio...? ¿Quién es ése? ¡No lo conozco!

Ramón.- ¡Fuera de aquí o llamo a la policía!

Antonio.- Carmen... Te lo suplico. Escúchame un segundo.

Fermina.- En esta casa estamos todos sordos.

Ramón.- En esta casa no entran pillos.

Carmen.- Regresa al bar. La máquina tiene hambre: te pide más, y más, y más monedas que echar por la ranura. Te quedarás en los puros huesos. No es asunto mío. (Da media vuelta y se tapa los oídos; no quiere prestar atención a su esposo).

Antonio.- ¡Carmen...!

Fermina.- ¡Adiós! (Le da con la puerta en las narices).

Ramón.- Ufff... Al fin te desembarazaste de ese corre-caminos (salen).


Escena IV

Ramón, Fermina.


Fermina.- Me ha dicho que a las cinco llegan.

Ramón.- ¿Quién te ha dicho eso? ¿Qué está ocurriendo a mis espaldas? ¿Por qué siempre soy el último en enterarme de los líos que se montan en mi casa?

Fermina.- Te lo repito: tu nuera me llamó para decir que a las cinco se presentaría con sus hijos a pedir disculpas y contribuir en lo posible en la reparación de los desperfectos.

Ramón.- ¡Bah! Estoy muy contento. Mi hija ha vuelto; se ha remangado la camisa y trabaja codo con codo con su padre para que las jaulas reluzcan como nuevas. Ahora no seré yo quien se queje de lo mal que anda el mundo. A mi hijo, que le parta un rayo; a su mujer, tres cuartos de lo mismo; a los hijos de mi hijo, que un mal golpe de aire se los lleve lejos de mi vista.

Fermina.- Sin embargo...

Ramón.- Es de bien nacidos no incordiar en la puerta del vecino. ¿Qué te parece? ¡Si hasta te lo digo con rima y todo!

Fermina.- Sin embargo...

Ramón.- ¡Y dale con el «sin embargo»! ¡Que Dios no me hiciera sordo en lugar de inválido!

Fermina.- Sin embargo, van a llegar de un momento a otro. Casi son las cinco. Pórtate como las personas educadas. Si los chicos te piden disculpas, acéptalas. El ser humildes nos permite pasar por alto los errores ajenos. No olvides que tendrás enfrente a tus nietos y a la mujer de tu querido hijo. «En el fallo está la enmienda», dice el refrán.

Ramón.- Muy bien. En ese caso, fallo que no habrá perdón por mi parte; fallo que como ellos me fallaron con «premeditación y alevosía», yo hago de mi capa un sayo: huyo de la insidiosa presencia (recorre parte del escenario en la silla de ruedas).


Escena V

Irene, Fermina, Carlos, Luisa, Ramón.


Fermina.- ¿Cómo andan esos ánimos, familia? Espero que bien. Aunque algunos sostienen que «no está el horno para bollos».

Irene.- La jornada ha sido agotadora. Cuando llegué del instituto, los niños se habían escondido; tuve que buscarlos, atraparlos de las orejas y traerlos a rastras; pero aquí están, y eso es lo que importa. Niños, ¿qué os toca decir ahora?

Los dos.- ¡Perdón, abuela! ¡Lo que hicimos la otra vez lo hicimos sin querer!

Fermina.- A mí no me tenéis que pedir disculpas. Id corriendo a saludar al abuelo, que os estará esperando en el salón.


Salen los chicos corriendo.


Fermina.- Tu cuñada se ha venido a vivir con nosotros. Esta mañana se ha levantado temprano, ha tomado su taza de café y ha salido pitando al trabajo, en la papelería. Lo ha debido de pasar tan mal con ese despilfarrador que me da la impresión de que se ha convertido en una sombra: por todos los medios quiere pasar desapercibida, como si tuviera miedo de que la atosigaran a cada rato. ¿Cómo le llaman a eso...? Ya sé: «manía persecutoria». (Le tiembla la voz). ¡Ay, Irene! Mi hija padece el mal de la tristeza, tienes que ayudarla, tienes que reconfortarla: acaba de pasar por un trago muy duro.

Irene.- Descuide, madre. Me dio cita en la terraza de un bar para ponerme al tanto de sus desventuras. Sé que Antonio había solicitado un crédito en el banco donde trabaja Esteban y que éste se negó a concederlo por motivos obvios: ¿de qué le iba a servir disponer de nuevos fondos, si al cabo se los gastaría en esas máquinas bullangueras que adornan las paredes de los bares?

Fermina.- Hay que hacer borrón y cuenta nueva. A mi hija le queda mucha vida por delante; no es menester que la desbarate tontamente por unas deudas que ella no ha contraído.


Llegan al salón, donde ya los niños se han plantado delante del abuelo.


Carlos.- ¡Perdón, abuelo! ¡Lo que hicimos la otra vez lo hicimos sin querer!

Ramón.- Hummm...

Luisa.- ¡Perdón, abuelo! ¡Lo que hicimos la otra vez lo hicimos sin querer!

Ramón.- Hummm... (Se rasca la barbilla). Supongo que no me queda más remedio que aceptar estos perdones. Olvidaré el incidente de las jaulas; pondré un candado en la puerta del despacho; le diré a mi esposa que me avise con tiempo cuando vayan a venir estos polluelos; y pasaré el resto de mis días con la dicha de trabajar disfrutando de la compañía de mi Carmen (se abrazan los niños con el abuelo).

Fermina.- (Por lo bajo) Bien está lo que bien acaba.

Irene.- Eso. ¡Y que dure la buena racha por lo menos cien años!


FIN