Cuando era pequeño seguía por la tele las peripecias de Barrio Sésamo, un programa de entretenimiento pensado para el público infantil; muchas veces tenía carácter didáctico. En efecto, el personaje Blas explicaba a su compañero Epi la diferencia entre alto / bajo, grande / pequeño, o dentro / fuera. Y aunque Epi no terminara de comprender la lección, a nosotros (los televidentes) sí que nos quedaba clara la diferencia.
Yo estoy aquí —decía Blas—, en la cocina. Y tú estás ahí fuera, en el patio. Y entonces veíamos a Epi en el cuadro de la ventana saludando a su amigo. ¿Cuál era el problema? Pues que Epi no oía del todo bien y por mucho que se desgañitara Blas se quedaba sin entender la diferencia que hay entre dentro y fuera.
La escena, aparte de cómica, servía para mostrar la infinidad de puntos de vista que se dan de manera simultánea: es posible ver las cosas desde dentro o desde fuera, desde cerca o desde lejos, desde abajo o desde arriba.
Era así, y esto o aquello nunca eran mejor que esto o aquello, por más que fueran contrarios. Sin embargo, me temo que en nuestros días Blas se arrancaría los cabellos al comprobar qué hemos hecho nosotros, sus alumnos, con las nociones del espacio que él intentaba explicarnos (siempre con la ayuda de Epi, que le servía de modelo o soporte) tan bien que mal.
Porque resulta que en la actualidad se tiende a hacer de los conceptos dentro / fuera dos mundos o visiones incompatibles, dos enemigos absolutamente irreconciliables.
Todo lo que está dentro —se nos pretende inculcar— es bueno, es positivo o le conviene a tu salud; y todo lo que está fuera es malo o nocivo para la salud pública.
Lo que queda dentro, se salva de la quema; lo que queda fuera, se pierde irremediablemente.
Esto crea una visión dual del espacio que perjudica en primer lugar al propio ser humano: A la ciudad se le ha opuesto el campo. Y como el campo permanece fuera de la ciudad (que es el centro), hay que huir de él, hay que evitarlo y, a ser posible, destruirlo.
En ese mismo espacio urbano nos encontramos continuamente con la barrera invisible que marca la frontera entre el bien (todo lo que sigue dentro) y el mal (todo lo que está fuera). De este modo, salir a la calle plantea serios reparos, pasar horas y horas en una plaza es juzgado por la mayoría como una imprudencia¹.
Si sales afuera, que sea para meterte lo antes posible en el interior de un vehículo o en algún espacio cerrado.
¿Cuántas horas pasamos al día dentro de...? ¿Y cuántas horas, por el contrario, permanecemos en el exterior? La respuesta tal vez sea escalofriante: hemos convertido los espacios naturales, los que quedan al aire libre, en un espacio a evitar, como si en ellos habitaran todos los demonios.
Este es, justamente, el principio de la insensibilidad que tanto afecta a un gran número de ciudadanos. Algo lógico, si pensamos que al permanecer casi siempre dentro la gente no se da cuenta de lo que pasa fuera, no percibe el aire, no siente el perfume agreste de las flores, no oye el ruido agobiante del tráfico. En una palabra, son ajenos al destrozo que este modo de vida está causando en todas partes. Ahora vivimos en el reino de la insensibilidad —que es lo mismo que decir indiferencia— completa. ¿Cómo vamos a pedir a esta gente que se implique en asuntos tan graves como la desaparición de las ballenas o la deforestación de las selvas tropicales?
El fenómeno, a medida que las nuevas generaciones toman el relevo, no hace sino agravarse. Si los padres han conocido el aislamiento y el encierro durante horas y horas (siempre metidos en casa, siempre metidos en la escuela, siempre yendo de un local a otro), los hijos han multiplicado esas horas de encierro y aislamiento por mil.
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¹Hay otra explicación posible a esta huida masiva de los espacios abiertos: Hoy en día salir a la calle supone tropezar con todo tipo de ruidos, atascos, jaleos, riesgos de accidente y empellones. El espacio común se ha vuelto desagradable y los habitantes, para protegerse de tanta agresión sonora y visual, se refugian en los espacios cerrados.


merce-hola
2 abr 2010 | 05:57 PM
Por suerte aun pertenezco a los demonios de fuera :-)
lascosasdepepe
2 abr 2010 | 08:10 PM
muy bueno... un abrazo.
Joaquín Martínez
2 abr 2010 | 08:39 PM
El artículo es sin duda exagerado: pero dentro de mi exageración, es cierto que cada vez estamos menos tiempo fuera, y que la calle es ahora un lugar de tránsito, de movimiento de vehículos. No siempre ha sido así: antes la calle era un lugar de encuentro e intercambio entre los vecinos.
Gracias Pepe y Merce por dejar vuestros comentarios.
abril-ale
4 abr 2010 | 06:44 AM
Creo (puedo estar equivocada) que estar dentro de…se ha convertido más en supervivencia que en aislamiento. Es terrible asomar las narices y ver nuestras ciudades convertidas en lo que doy por llamar “selvas de cemento”. Selvas en donde tenés la seguridad de salir, pero no de regresar. Obviamente esto tiene muchísimas desventajas: no darnos cuenta de lo que realmente sucede allá afuera, creer en lo que se nos dice en las dos cajas que tenemos frente a nuestras narices, que son, la tv y el internet y como bien decís, no disfrutar de lo que a pesar de todo, sigue allá afuera.
Pasando al programa q mencionas, aquí aún lo pasan, pero se llama "Plaza Sesamo". Imagino son programas antiguos, no sé.
Jo, un abrazo fortísimo.
Joaquín Martínez
4 abr 2010 | 07:37 AM
Sin duda es como tú cuentas. A los ciudadanos nos han robado el espacio público, ya no es un lugar de recreo y convivencia sino de mero tránsito; muchas veces es peligroso, y siempre resulta desagradable y ruidoso pasear por la calle.
Deberían suprimir el tráfico en las ciudades.
vidasostenible
6 abr 2010 | 11:59 AM
Opino exactamente como tú en esto, Jo. No sé otras personas, pero cuando yo vivía en la ciudad evitaba al máximo mis salidas a la calle porque para mí era desagradable salir: el ruido, la contaminación, tanta gente fumando en todos lados. Ya estaba harta de eso. Además, no había nada "bonito" o digno de ver en el exterior que me motivara a salir. Todas las calles eran un aburrimiento, bloques y más bloques altos por donde no pasaba ni siquiera la luz del sol. Los pocos jardines que había eran del tipo actual "artificial" como yo los llamo, pavimentados, sin nada de arena como los parques de antes, y sin separación física del tráfico y de las calles. O sea que nada de parques tranquilos sin ruido de coches alrededor.
En esto se han convertido ahora muchas ciudades e incluso pueblos, en sitios artificiales, inhumanos y oscuros, en los que no es agradable ni siquiera pasear.
vidasostenible
6 abr 2010 | 12:11 PM
He reflexionado durante mucho tiempo sobre los problemas de las ciudades, y he llegado a la conclusión de que si queremos calidad de vida, y no los inconvenientes de lugares de alta densidad de población, podemos agruparnos en núcleos de población pequeños (pueblos grandes o pequeños). En localidades pequeñas, el uso del coche es menos necesario (porque está todo cerca).
En las ciudades hay tanto tráfico porque, aparte de que hay mucha densidad de población, los habitantes de éstas necesitan su coche casi para todo al pillarles lejos muchas cosas, principalmente su trabajo. Aunque más gente use el transporte público el problema de la cantidad de coches en las ciudades no se podría nunca solucionar del todo. Suprimir el tráfico en las ciudades completamente es utópico e imposible.
La solución está en crear pequeños núcleos de población lo más autosuficientes que sea posible, que posean trabajo propio dentro o cerca de ellos. Esto lleva emparejado el cambio de mentalidad de la gente. La gente tiene que darse cuenta de que es tan digno o más trabajar en el campo que trabajar en una oficina. Y que crear más fábricas contaminantes no es la solución a la falta de trabajo. La tierra nos proporciona TODO lo que necesitamos para vivir. Trabajemos con ella y no contra ella.
Joaquín Martínez
11 abr 2010 | 08:48 AM
Hola, Vida Sostenible,
Me gusta la última frase: "trabajemos con la naturaleza y no contra ella."
Estoy de acuerdo con lo que propones, si los núcleos de población fuesen más reducidos creo que nos iría mejor a todos. En vez de tender al gigantismo y a la aglomeración, como sucede ahora, deberíamos buscar todo lo contrario: poblaciones pequeñas que busquen en primer lugar un equilibrio con el hábitat.
Un abrazo,
Jo
PD: Te escribo desde Mallorca, donde estoy pasando unos días.