Echaba sobre todo de menos la luz de la calle. Cuando entraba por la puerta de cristales para meterse en un laberinto de pasillos con estanterías, una desazón la invadía por completo: la jornada era de cinco horas y por la tarde, otras dos horas y media. La rutina, el gesto amable dirigido al cliente y las manos buscando el código de barras, todo eso la iba consumiendo a fuego lento. Se sentía joven y ya estaba dentro de una jaula que no parecía de oro, sino de estaño, o de plomo, o de hierro comido por el óxido de los días.

¿Cuándo eran las próximas vacaciones? Tal vez en el mes de... El jefe andaba con evasivas, aunque algunos indicios apuntaban hacia la segunda quincena de septiembre como la fecha más probable.

¿Septiembre?... Y mientras el otoño llegaba, un marzo cansino, lento y agobiante descargaba sobre la isla un manojo de días lluviosos, algo de viento, nubes y más nubes paseándose por un cielo cuya luz había sido secuestrada mañanas y tardes.

 

Faltaba un cuarto de hora para el cierre del mediodía, cuando se coló un joven con pinta de avestruz que ha saltado la valla de la granja ubicada en la carretera de Llucmajor, no muy lejos de la cárcel nueva. Tenía el cuello fino; la cara pálida, algo pecosa; el pelo oscuro, suelto y lacio; la camisa holgada, blanca; y los vaqueros de un azul problemático.

Se fijó en los ojos oscuros, rodeados de un círculo con reflejos violetas. Notó al muchacho cansado; si bien a esos años el cuerpo puede con lo que le echen, aunque sean grillos y cadenas.

Quizás se enamorase de él en ese preciso instante. Esto queda por demostrar. Lo cierto es que él le dirigió una tímida mirada mientras pasaba junto a la cinta metálica. Y ella –ni corta ni perezosa– se la devolvió.

Cinco minutos después (ya iban a cerrar), reapareció el rapazuelo por la esquina de los licores. Traía un panecillo, un botellín de agua, una naranja y algún embutido con que preparar el bocata.

¿Quién sería? ¿Dónde trabajaba? ¿Por qué nunca lo había visto antes?

De las tres cajas que permanecían abiertas, escogió la de ella, aunque fuese la que soportaba una cola mayor. La cajera cayó en la cuenta del detalle. Se sonrojó al pensar que él estaba dispuesto a esperar con tal de dirigirle un escueto «buenos días».

Y llegó el momento. La cajera, parapetada en su silla, con el mentón bien alto y los ojos de un azul cristalino, soltó un alegre «buenos días». El joven pudo responder al eco de esta llamada, y entonces fue cuando ella tuvo la certeza de que se trataba de un ángel con la voz más hermosa del mundo.