Debo aclarar en primer lugar que salí de viaje sin una cámara fotográfica ni móvil alguno en la mano. Mi mujer traía el suyo y con él nos apañaríamos. Tomamos el tren de alta velocidad, que nos dejó al cabo de dos horas en París y allí hicimos las primeras fotos, pero debíamos de estar tan emocionados que todas han salido movidas. Cualquiera que las vea pensará que, efectivamente, en París siempre está nublado.

Al día siguiente tomamos el tren-hotel con destino a Barcelona. Pasamos toda la noche en ese tren que de hotel tenía nada más que el recuerdo de noches mejores, y nos plantamos a eso de las ocho de la mañana en la ciudad Condal. Aprovechamos el día entero para pasear por las Ramblas y la plaza de Cataluña, un lugar tan mítico como fabuloso. Yo quise vender algunos libros que traía conmigo de Las aventuras del amigo invisible, pero una pareja de gendarmes se acercó a decirme: "Circule, amigo, usted no tiene derecho a vender aquí nada de nada..."

Por la noche tomamos el barco, que se llamaba 'Ciudad de Tenerife'. Y nos pasamos la noche durmiendo en sendas butacas, mi mujer ya estaba un poco escamada. Decía en sueños: "Este marido que tengo se ha empeñado en que no lleguemos nunca a destinación."

Pero sí que llegamos. A la mañana siguiente estábamos en la bahía de Palma, famosa en el mundo entero por su luz, por su brillo y por su esplendor.

Nos recibió un colega-editor. Con él tomamos un café en la plaza de España. Ese mismo día, por la tarde, tendría lugar la presentación del libro Les màquines de Leonardo. Yo les prometo a ustedes que si me llegan las fotos del evento haré el oportuno reportaje en este mismo blog.

Mi esposa era la dueña de mi corazón y de su móvil, así que las fotos se hicieron según su capricho. Muchas salieron movidas, pero algunas quedaron bastante bien.

A mis espaldas ustedes pueden contemplar la Plaza Mayor de Palma, un lugar bastante recogido pero lleno de encanto, con terrazas, galerías y arcos que recuerdan a la plaza Mayor de Madrid.

Mi mujer estaba preciosa en un lugar legendario: la muralla de Palma, donde la piedra milenaria no cede jamás al empuje del tiempo. Los turistas cambian, los hombres y mujeres pasan, se quedan, se van... pero las palmeras y la catedral de Palma siempre están ahí, fieles reflejos de sí mismas y de la historia de Mallorca.

No es casualidad hallarme rodeado de libros, es que estábamos en la librería Literata, en pleno centro histórico de Palma. Mi mundo es de papel, ya lo saben quienes me conocen.

Pero mi mujer me sacó afuera, y aquí la vemos en pleno ejercicio maratoniano, que consiste en bajar los escalones de las callejuelas de la muy noble y gentil Ciutat de Mallorca. Las fachadas de los edificios están todas restauradas, los colores cambian, pasamos del salmón al fucsia en tan solo un par de pasos. Las callecitas son estrechas, las plazas tienen palmeras y en la de Cort hay un olivo cinco veces centenario.

Esta es la imponente catedral de Palma, vista de perfil. Su silueta se distingue como una montaña sagrada desde el puente de los buques que atracan en el muelle de la bahía.

Y al final de tamaña odisea, nos tocó volver a nuestro punto de partida. Traigo en mis alforjas un puñado de buenos recuerdos, el reencuentro con mis amigos y la imagen espectacular de la luz mediterránea realzando una de las maravillas que todavía perduran en el mundo: Mallorca.