La presentación del libro Les màquines de Leonardo tuvo lugar en la calle Socors de Palma a eso de las 20:30 del nueve de abril de dos mil diez. Es importante mencionar todas las cifras y datos de que uno disponga, ya que estamos hablando de un acontecimiento histórico, que perdurará en los anales de la ciudad balear sólo Dios sabe cuánto tiempo aún.

Me vinieron a recoger a eso de las ocho de la mañana; estaba invitado a participar en el evento al ser uno de los catorce heterónimos de que se componía el libro. De hecho, mis poemas figuraban los primeros en la larga lista. Aunque también es cierto que a Joaquim Poireau le habían adjudicado el número 0. Más vale cero que nada, pensé. No te quejes, que por lo menos estás en la lista de escritores, aunque entre el uno y el catorce tú no seas nada más que el cero. ¿Un cero a la izquierda?...

No. Mi poesía tenía su calidad reconocida. Algunos lo supieron ver; otros no tanto.

Por lo demás, el libro es estupendo.Vale la pena echar más de un vistazo a páginas memorables. Si alguna vez lo compran, estoy seguro de que no se arrepentirán. Los dibujos del artista Manuel Sánchez Monzó ponen rostro a unos poetas y cuentistas que en realidad no existen. Todo es ficción, todo es camelo, aunque el libro cueste 20 euros y los textos de los autores estén trabajados, medidos, sopesados: el escritor pretende ante todo escribir bien.

El acto cultural fue ideado y concebido por la gran actriz Leo Castro. Algunos de los heterónimos debíamos salir a la palestra a dar la cara o -por lo menos- la voz.

En efecto, no todos dieron la cara. Algunos prestaron nada más que su voz. El primero en aparecer fue Edgar Peterson. Este heterónimo nos regaló su imagen pero no su presencia. Desde la ausencia nos habló y nos hizo reír. Su persona cambiaba de aspecto en la pantalla. Ser y no ser, siempre el mismo y siempre distinto. Nunca hasta entonces había visto representar con tanta fidelidad la famosa obra de Shakespeare, con aquella escena memorable de la calavera. Edgar Peterson fue muchas calaveras a la vez, y el público rió con ganas.

Después vino el momento de las lecturas. La voz del escritor Antoni Serra resonó en la Antigua Intendencia Militar como una metralla de furia y espanto. La voz del poeta y novelista Pedro Andreu se subió, por su parte, a las paredes. Testigos hay que afirman que no se dejó nada en el tintero. Y también oímos hablar, que no divagar, a nuestro amigo Javier Vellé, poeta, coeditor, comerciante de nubes, cuentista, heterónimo, viajero empedernido.

Pero, tal vez haya llegado el momento de presentar a los personajes...

Vestido de negro, Javier Vellé; vestido de blanco, Pedro Andreu. La chica de la derecha me parece que es la periodista del diario Última Hora de Mallorca, Lurda Duraná. Se tomó la molestia de hablar de mí en el periódico y esto se lo agradezco, aunque al fin y al cabo no hablara muy bien de mí, pero esto en realidad carece de importancia. Allí la mitad de los presentes éramos heterónimos; a mí en concreto me tocó hacer el papel de amigo invisible, de verdad que no importa. Yo acepté el encargo y lo cumplí lo mejor que pude y supe.

Estos son los dibujos de cada heterónimo. En primer plano, algunos de los libros publicados por la Editorial Casa Abierta.

Esta foto me parece interesante. Al fondo me tienen ustedes a mí hablando con mi esposa. Se me ve de refilón, casi se va al traste ese papel que me habían dado de amigo invisible. Por suerte para la dirección, no existe otra imagen de mí donde se pueda decir: "A ese lo conozco, se llama Joaquín Martínez Mamerí." En primer plano, el artista pintor charlando con el músico y encargado de la acústica. Hizo un trabajo fenomenal. Compañero, esto te lo digo a ti: "Nuestra conversación de aquella noche no tuvo un final, sino un hasta luego."

El equipo al completo: Leo Castro, el músico cuyo nombre no recuerdo, y Javier Vellé. A ellos, el mérito del buen hacer durante esta velada cultural.

Los heterónimos se mueven en las sombras, ya lo dice el refrán. Allí donde asoma un poco de luz, allá que van ellos. ¿Buscando tal vez a la musa inalcanzable?

Pedro Andreu en pleno trabajo. El público lo miraba, escuchaba y sonreía.

Antoni Serra le dio un meneo con su voz cavernosa al vetusto edificio, temblaron hasta las paredes.

Más de lo mismo.

Javier Vellé lee y seduce, seduce y lee. Es un galán vestido de negro, un artista hecho pluma o una pluma hecha artista, vaya usted a saber.

La sombra de Edgar Peterson es tan alargada como la que más. Su ausencia tuvo presencia.

¿Sombras?

¿Más sombras?

No es el hijo de Camarón de la Isla, es Javier Vellé interpretando uno de sus poemas.

Aquí tienen ustedes a buena parte de los heterónimos. Faltábamos el amigo invisible y Andreu Peris.

A cada cual, como digo, su papel.

Y bien, llegamos al final, que es en realidad el principio de todo. Este que ven aquí es el amigo invisible. Formaba parte de la escenografía el hecho de que yo leyera de espaldas al público y con esa luz tan mitigada. La imagen pienso que es inolvidable. Todos cumplimos a la perfección nuestro cometido.

Sólo que -mal que les pese a algunos-, yo me salgo ahora de la función y les digo que hace tiempo que dejé de ser el amigo invisible. Prefiero ser el enemigo invisible antes que continuar alimentando la falsa imagen que ustedes se han forjado de mí, señores editores de Casa Abierta, señora Lurda Duraná, periodista de tres al cuarto, lo digo bien claro y alto -a ver si se enteran-, váyanse al carajo: el amigo invisible es bien visible, tiene un rostro y se llama Joaquín Martínez Mamerí.

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Postdata del 25 de abril: Puedo ahora publicar esta foto que desmiente en parte lo dicho en este artículo: lo de que a mí me había tocado representar el papel de "amigo invisible". Yo soy el segundo empezando por la izquierda.