Volvieron las aguas a su cauce. Roces como aquél sucedían cada semana; para don Alfredo era un «asunto sin importancia», con toros más bravos había tenido que lidiar en no pocas ocasiones.
Julia quería pensar en el aguador de Palma. A veces lo conseguía; a veces la rabia que experimentaba contra su enemigo llenaba el ancho horizonte de su pensamiento.
Le costaba un supremo esfuerzo borrar de la mente la imagen de un Moreno a quien atribuía los más horrendos adjetivos: canalla, pelota, mentiroso, traidor, embustero, hipócrita...
Verónica, que la notaba distraída en exceso, sacó por fin el tema de interés, el tema que a nosotros –los lectores de esta historia– nos tiene con el corazón en un puño:
–Ayer no se me olvidó el conjuro que tenía que hacer para atraer a tu chico a este supermercado. Mandé al mayor de mis hijos al campo a por romero, tomillo y yerbaluisa. Añadí después dos litros de agua, manzanilla, jengibre, dos cucharadas de arcilla roja, media cucharada de arcilla gris, la cáscara de un limón verde y el pelo que yo te había arrancado. La fórmula estaba completa: no podía fallar. Una vez hubo hervido cinco minutos, aparté la cacerola del fuego y metí el caldo en una botella. Salí a la calle, desierta a esas horas de la noche. Cuando encontré el almendro que necesitaba para completar la pócima, arrojé el caldo en la base del tronco, al tiempo que pronunciaba las palabras mágicas e invocaba tu nombre a la luz de la luna.
Julia escuchó con enorme interés la narración de los pormenores del conjuro. Nunca hubiera sospechado que la magia ancestral fuese algo cotidiano, algo que se traía y llevaba como si fuera un cesto cargado de frutas.
–¡Tu fórmula ha funcionado a la perfección! –exclamó Julia–. Esta mañana lo he visto cuando estaba a punto de abandonar la zona de don Avanti. Ahora sé que trabaja para la marca Font-Deiá. Es uno de los que se encargan de traer al súper las garrafas de agua y las botellas de litro y medio.
–¡Ya lo tienes! ¡Ya lo tienes en el bolsillo! –aplaudió Verónica, entusiasmada.
Julia no pudo menos que echarse a reír, satisfecha con la expectativa de felicidad que se abría ante ella.



lasrecetasdeteresa
29 abr 2010 | 03:44 PM
Hola Jo ya veras como más de una que te lea hará el conjuro jejeje. Un Besito
Joaquín Martínez
29 abr 2010 | 08:41 PM
No lo creo, este conjuro solo funciona si hay fe, si no no funciona.
Un abrazo,
Jo
abril-ale
29 abr 2010 | 10:35 PM
Así es, cuando hay fe todo se consigue.
Veremos que pasa con el chico y Julia. Seguiré fielmente esta lectura.
Jo, un abrazo fortísimo. =)
Joaquín Martínez
30 abr 2010 | 06:14 AM
Muchas gracias, Abril, intentaré que la narración sea amena y la historia, interesante.
Abrazos,
Jo