Ayer por la tarde una persona reparó en un todoterreno que echaba humo por el capó. El vehículo estaba estacionado en Times Square, enfrente de un teatro famoso. Era día de representación y se esperaba una afluencia masiva de público.

Este ciudadano, que vio salir el humo del capó y que debió de figurarse que allí había gato encerrado, fue quien realizó la oportuna llamada.

Tuvo a bien hacer ese gesto que salvaría la vida de cientos de personas. Porque resultaba que aquel cuatro por cuatro contenía en su maletero material explosivo, una bombona de gas, clavos, hierros...

La bomba estaba conectada a dos relojes. Iba a estallar de un momento a otro.

Pero llegaron los agentes del orden; desactivaron el artilugio; y una vez desalojada y acordonada la zona, provocaron una pequeña explosión sin consecuencias.

Hoy los medios sólo hablan de esta noticia. Nuevo atentado fallido. Nueva bomba que no explota. Nueva intervención milagrosa de los agentes del FBI.

De un día para otro, el desastre medioambiental que sufren el golfo de México y las costas de Florida a consecuencia –lo sabemos todos– del vertido de petróleo en el mar Caribe, ha quedado relegado a un segundo plano.

Ayer se nos decía que las estimaciones iniciales eran ampliamente superadas: la fuga libera unos 5.000 barriles diarios (y se calcula que hasta dentro de 90 días los de British Petroleum no conseguirán tapar el agujero).

Hoy los medios le han dado la vuelta a la tortilla de la tragedia: el presidente Obama visitará la zona afectada. Algunos afirman, convencidos, que este señor conoce la solución al gravísimo problema del pozo petrolífero que ha estallado en mil fragmentos.

Y nos enteramos también de que en Nueva York han escapado al atentado de puro milagro.

¿Qué quieren que les diga? No me lo creo. Lo del atentado fallido es un golpe mediático para desviar la atención del verdadero problema, para que la gente no piense demasiado en lo que está pasando un poco más abajo, en las costas de Florida.