Un día se encontraron los dos en la plaza de Santa Eulalia. Era una plaza cuadrada. La mayor parte del tráfico había sido suprimido a fin de que la terraza ganara en protagonismo a los ojos del turista. Las palmeras se reflejaban en los cristales de la fachada del edificio donde se resolvía el papeleo del empadronamiento.
Enfrente, la silueta recién restaurada de la iglesia que daba nombre a la plaza. Era un lugar sagrado y mítico. Bajo el rosetón, en la escalinata principal, había desfilado un sinfín de personajes históricos, entre quienes no faltaba el monarca conquistador, aquel Jaime II que tanto diera que hablar a las crónicas de la época.
Los del ayuntamiento habían puesto junto a un macizo de flores varios bancos de madera, que eran continuamente ocupados por los transeúntes, en los paréntesis de un ir y venir muchas veces con la cámara de fotos colgada del brazo.
Allí se había sentado –aprovechando la fresca– la señora Emilia. A su lado descansaba el carro de la compra como un perro fiel; parecía que iba a ladrar al que pasara demasiado cerca de la anciana.
Al cabo asomó por una esquina de la calle la Cadena don Simón, que llevaba puesto un sombrero blanco con banda negra, pues le había parecido –y estaba en lo cierto– que la jornada sería más que luminosa, chispeante.
–Buenos días –saludó fingiendo sorpresa–. ¿Usted por aquí...?
No le contó que hacía unos minutos la había visto atravesar la Plaza Mayor, y, como ella no había reparado en la presencia de tan apuesto caballero, había tomado él la calle Colón, por donde la ilustre señora había desaparecido, arrastrando consigo el carro de la compra.
–Buenas –contestó doña Emilia guiñando un ojo–; nos estamos reposando un poco antes de seguir nuestro camino. Las fuerzas ya no dan para tanto trajín; necesitamos parar de trecho en trecho; además, que el cielo está de un azul maravilloso. Una puede –y debe– detenerse a contemplar lo bien que está hecho el mundo.
–¿Lo bien que está hecho el mundo?... ¡Yo no me atrevería a lanzar las campanas al vuelo! Pero si es usted quien sostiene eso, a usted le doy la razón, con usted comulgo en todo, lo que usted opine va a misa. Y no hay más que hablar. ¡El mundo está bien hecho! ¡El mundo es una gloria! ¡Da gusto descansar en un banco de esta plaza, en mitad de la mañana, recreándose con el dulce son de los pájaros!
–¿Qué es esto...? ¡Señor Simón!... ¿Se está usted burlando de mí?...
–¡Dios me libre de semejante agravio! Sería desacato a la vida el burlarse de una mañana tan excelente como la que hoy disfrutamos, así como de la figura de alguien que yo respeto mucho y hasta venero. Usted sabe cómo mi admiración por su persona no conoce límites. En resumen, yo me declaro emilianista de los pies a la cabeza.
A estas alturas, se preguntaba el doctor si no estaba abusando de las maneras corteses. Quería expandir piropos que imitaran la frescura de la mañana. Pero advirtió, si bien un poco tarde, que había hecho de este galanteo a lo madame de Sévigné un ejercicio literario, una simple fantasmada.



abril-ale
20 may 2010 | 11:29 PM
Jajajajajaa, q sí. Parece q a Don Simón se le pasa la mano en el galanteo. No creo que Doña Emilia esté para tanta lisonja...jajajaja.
Besitooooooooooooos. =)
Joaquín Martínez
21 may 2010 | 08:08 AM
Demasiado tarde para don Simón. Esto de cortejar es bien difícil, hay que encontrar el punto exacto en las palabras, y eso lo da la situación y la calidad de la persona que pretendemos cortejar.
Un abrazo,
Jo