Doña Emilia se regocijaba en su fuero interno. ¡Qué buena idea la de involucrar al médico en el asunto de la perdición de su pupila!

¿Acaso no había presumido este caballero de haber conquistado plazas inexpugnables, de haber rendido a damas vestidas de blanco, de haber roto cadenas que aprisionaban el futuro de muchas doncellas, quienes languidecían en torres de marfil, esperando tal vez la llegada del príncipe valiente, en la ocurrencia, don Simón Pérez Villa?

Pero ahora, la señora tomaba la debida revancha, pues también ella andaba ocupada, inquieta, trastornada por cierta materia altamente explosiva, la materia con que se fabrican los sueños y la felicidad de las personas: el amor.

Doña Emilia reveló a Simón Pérez la cita de los dos jóvenes para el domingo siguiente, a eso de las cinco, en la explanada de la cruz de madera.

El buen hombre se ofreció como «espía» de tal encuentro. Para ello, no había sino acudir a la misma hora, en el mismo lugar, abrir bien los ojos, hacerse pasar por un turista entrometido, de esos que se instalan en los bancos ya ocupados.

Después de media hora de «recopilación de datos –anunció–, habría reunido la suficiente información como para averiguar la calidad del sujeto, de qué pie cojearía, y si le convenía o no a una chica como Julia, tan linda ella».

En efecto, llegó por fin la hora Z del día Y, las cinco de la tarde de un radiante domingo a mediados de marzo.

Se presentó en la zona de Sa Murada un caballero con chaqueta de hilo blanco, sombrero también blanco con banda negra, y pañuelo rojo atado al cuello como si fuera una bufanda exótica. El pantalón, de un blanco deslumbrante, era de pinza.

Don Simón se había adelantado un cuarto hora, cuando descubrió a un joven con vaqueros azules y camisa a cuadros rojos y negros plantado junto a la cruz de madera.

Era él, ese Ricardo de todos los diablos, que también había acudido temprano a la cita.

Lo vio, más aún que delgado, espigado. No daba trazas de ser fumador. Tenía las manos en los bolsillos y, sin moverse nunca de su puesto de centinela, parecía absorto en la contemplación del horizonte luminoso de la bahía de Palma.

«A primera vista –se dijo el antiguo podólogo– parece un muchacho correcto, respetuoso con las formas. Veamos qué pasará luego, cuando se presente la chica.»