La envidia entre los escritores siempre ha existido. Célebres fueron los dimes y diretes entre Góngora y Quevedo, entre Lope de Vega y Miguel de Cervantes. La envidia es un sentimiento híbrido, muy influyente para quienes la padecen, que mezcla la admiración con el deseo de apropiarse de los logros ajenos. Es un combinado explosivo de amor y odio, con frecuencia a punto de transformarse en obsesión. En el mundillo de los escritores, este sentimiento tan contradictorio ha sido muchas veces motor de creación, el combustible que permitía superarse, alcanzar esferas del arte que nadie había sospechado aún.

La envidia conoce sus períodos de decaimiento y sus períodos de esplendor. Unas veces afecta a muchos creadores, convirtiéndose en un elemento difícil de controlar, otras veces afecta a pocos, o no es más que un aliciente más en el día a día frente al manuscrito.

En nuestros días, pienso que vivimos uno de esos momentos en que la envidia asoma, revitalizada, por todas partes. Se trata de una envidia malsana, la peor de todas, egocéntrica, acaparadora de glorias y honores, feroz como la serpiente que anhela reinar sola en la jungla de los libros. Una envidia así, que se enquista en la mente de los autores tanto noveles como consagrados, impide que el arte en su conjunto alcance nuevas metas en su camino imposible hacia la forma ideal y definitiva.

Sé bien de lo que hablo. He sufrido los efectos nocivos de la envidia en mis propias carnes. Yo mismo he sido un envidioso de armas tomar. Recuerdo cuando tomaba una revista literaria y era incapaz de leer las entrevistas a los escritores en boga, porque soportaba mal que otros ocuparan el puesto que yo no había sabido conquistar.

Más tarde, averigüé que a la envidia no se la puede vencer, que más vale tenerla como aliada que como enemiga.

Y así fue como poco a poco aprendí a convivir con ella, aprendí a utilizarla en mi provecho, consciente de que su exceso la convierte en un producto ácido, extraordinariamente tóxico.

Me pregunto por qué los escritores actuales han alcanzado estos niveles de aversión hacia la obra ajena, por qué esa actitud agresiva y repelente para con sus iguales, que fueron en otra época compañeros de batallas literarias, miembros de grupos que lograban dejar su impronta para la posteridad.

Hoy en día, bien al contrario, cada escritor o escritorzuelo hace la guerra por su cuenta, mira con recelo los avances del rival y aprovecha cualquier excusa o descuido para poner en solfa al otrora compañero de armas.

Los escritores se han quedado de este modo solos en el camino hacia la gloria. Víctimas de la envidia, no son capaces de apreciar los méritos ajenos, y esto los hace vulnerables, porque todo autor que se precie se nutre del buen hacer de los otros, de lo que se ha dado en llamar «la obra colectiva» de una época dada.

Y si los autores ahora son islas, aisladas las unas de las otras, la Literatura no avanzará, no podrá avanzar nunca.

Hay que aprender a domesticar la envidia, hay que moderar su dosis –ya que jamás conseguiremos eliminarla del todo–, de manera que nos permita progresar en tanto que escritores. No seamos como el perro del hortelano, «que ni comía ni dejaba comer.»