La plaza de España se ha convertido con el tiempo en el corazón de la ciudad: es el centro donde convergen todos los caminos de Mallorca. Rodeada de palmeras, plátanos, acacias y pinos, hay una explanada con la estatua ecuestre del rey Jaime I, el Conquistador.

El bronce, cuyo punto más alto sería la corona, se alza sobre un pedestal de roca y está constituido por tres figuras: el caballo, el rey y su escudero colocado a la altura de la piedra.

Quizá no fue este monarca el primero en conquistar la isla, pero sí que fue el que inauguró una estirpe de soberanos de corte más bien bélico: Jaime I, Jaime II, Jaime III, todos depositaron la semilla cristiana en un territorio que había sido dominado por los árabes.

De este pasado medieval perduran la antigua judería de Mallorca, la muralla, a trechos intacta, a trechos desaparecida, la catedral imponente, los negros cañones de Porto Pi y los molinos de viento de la bahía.

Julia, que se había presentado a la hora y llegaba vestida de blanco, encontró sitio en un banco próximo a la estatua ecuestre. Las palomas limpiaban el asfalto de granos de trigo, que un turista había arrojado a manos llenas como si quisiera fertilizar el suelo.

El sol caía de refilón en los edificios que circundan la arbolada plaza. Había perdido intensidad ahora que la tarde iniciaba su declive y el ocaso se perfilaba entre las nubes apelotonadas en el Oeste.

Los palmesanos se animaban a salir de la sombra para tomar los espacios públicos, calles y paseos. La terraza del bar Cristal bullía de clientela, con el ruido de fondo del tráfico de la avenida Alemania, quizá la más saturada de las que rodean el casco antiguo.

Enfrente quedaban las paradas de autobuses; desde allí el viajero podía coger su billete para el aeropuerto, o bien acercarse a las playas del Arenal, de Can Pastilla o de Palma Nova. A Julia no le gustaba frecuentar esos sitios tan concurridos, que servían de reclamo en los folletos publicitarios de las agencias de viajes. Prefería el reposo de sitios menos explorados, como las playas de Sóller o los pueblos repletos de encanto de la Sierra de Tramontana.

Un señor con sombrero y bastón se le acercó, distraído, y, ni corto ni perezoso, dejó caer sus «reales» sobre las tablas del banco, a escasos centímetros de la joven. Al instante, dio por inaugurada la plática, dando por hecho que a Julia la conocía de sobra, cuando era probable que nunca hasta entonces se hubiera cruzado con ella.

Hermoso día –comentó.

La cajera asintió con un gesto. El anciano continuó con voz algo rasposa:

Estos calores los soporto a duras penas. Yo me paso los meses de julio y agosto de sombra en sombra, de bar en bar, de copita en copita, porque esto no hay cuerpo que lo resista. Además, ahora la canícula empieza antes; allá por mayo, ya comienza a faltar el aire; las noches se vuelven fastidiosas; el pulso se me acelera. Y para que se disipe este calor insoportable no basta con que se presente el otoño con su desapacible mes de octubre, sino que hay que esperar al puente de todos los santos. Hasta que no llega noviembre no hay descanso para mis pulmones, fatigados de tanto respirar el aire caliente. ¡Ay, qué mal llevo esto de vivir en una isla! A la estepa, a la fría estepa, con los esquimales, tendría que irme. ¿A usted no le pasa lo mismo, señorita?

Julia dijo que sí con la cabeza. Su rostro irradiaba alegría. Por fin se aproximaba el muchacho de los grafittis. La sacaría de aquel entuerto de espera odiosa, con un vejete en el banco que no paraba de hablar.

Se levantó de su asiento y, despidiéndose del abuelo con gesto mecánico de la mano, marchó al encuentro de Ricardo, el cual se había detenido a la derecha del paso de cebra.