¿Adónde me vas a llevar?

¡Alto secreto! –contestó el muchacho.

Julia detuvo la marcha:

Si no me lo dices, aquí me quedo.

Habían tomado la calle Blanquerna. No hacía mucho, estaba repleta de tráfico por ser la que conducía a la plaza de París desde la avenida de Alemania. Pero ahora la habían transformado en una calle peatonal, con macizos de plantas en medio del pavimento y carriles para bicis. Las copas de los plátanos daban abundante sombra, esto era muy de agradecer en el período estival.

La cajera se había plantado a la altura de una iglesia blanca, con coqueto campanario y perfil anguloso.

El chico la estuvo mirando, confuso. Era lo que le faltaba para completar una jornada que había empezado mal, pues en el trabajo el jefe le había reñido por no sabía qué asunto de cajas mal puestas y pedidos mal llevados.

Quería olvidar los contratiempos, aprovechar la perspectiva de un rato agradable con la chica del súper, a la que había ofrecido la posibilidad de formar parte del clan de los grafiteros.

Julia había acudido a la cita y eso era señal –inequívoca, suponía él– de que había que lanzar la moneda al aire: si salía cara, «se la agenciaba», como dirían sus colegas; si salía cruz, no pasaba nada: más se había perdido en la batalla de Trafalgar.

En la carretera de Valldemossa, no muy lejos del centro comercial, hay un caserón en ruinas con tapia incluida. Se ha convertido en el escenario ideal para nuestras «pinturas rupestres». Allí vamos cuando nos aburrimos y no hay otro plan mejor, más arriesgado, a la vista. Si no recuerdo mal, queda algún espacio libre donde podrás plasmar tus dibujos. Aunque sospecho que eso será por el lado que mira a la cárcel nueva, que también está por allí cerca.

La carretera de Valldemossa queda a las afueras de la ciudad –replicó Julia–. ¿Por qué no cogemos el autobús?

Porque primero tendremos que esperar en la parada y luego tendremos que pagar los billetes correspondientes. Si continuamos nuestra marcha, nos ahorraremos tiempo y dinero.

Ya, pero a mí esto de andar no me hace mucha gracia.

Es cuestión de habituarse.

Ricardo avanzó el pie para reanudar la marcha, reforzando así las palabras con los hechos. Pero la chica se mostraba reacia a dar un paso más. Cierto que la sombra que ofrecía aquella iglesia blanca era saludable: invitaba a tomar el banco público que había junto a la escalinata de la entrada.

Yo no tengo prisas. Además, eso de ponerse a pintar garabatos al lado de la cárcel (¿y si nos asaltan unos forajidos?) no me parece que sea la mejor perspectiva del mundo para pasar una tarde entretenida. Prefiero meterme en ese bar de allí y charlar un rato contigo tomándonos un refresco.

Ricardo protestó:

Menuda grafitera que estás hecha, si a las primeras de cambio te rajas como un melón.

«Mal empiezan las cosas», se dijo el aguador de Palma. Si el diálogo en Sa Murada había rodado él solo, con final feliz, éste, por el contrario, se las prometía muy infelices.

Ricardo, como buen estratega que era, pensó que sería mejor ceder ahora para poder avanzar después, por lo que accedió a la propuesta de la chica citando una frase que su abuela solía mencionar a menudo, cuando aún vivía: «Los tiempos son otros, y yo hago de mi capa un sayo.»

Atravesaron la calle a fin de alcanzar la acera opuesta, en una de cuyas esquinas se hallaba el famoso bar de toldo amarillo y cristales ahumados.