El local era espacioso, aunque algo oscuro. Había máquinas tragaperras en cada columna de espejos. Una música de feria y el entusiasmo de voces artificiales se expandían por todo el ámbito, que estaba decorado en la parte de la barra con láminas de carros antiguos y útiles de labranza. Las mesas eran de mármol con pie de hierro forjado. La pareja se instaló en una de las que quedaban en el centro. La luz procedente de la calle era cada vez más lánguida; de un momento a otro iba a anochecer, las farolas ya se habían encendido.

Hay un detalle que despierta mi curiosidad –señaló Julia–, ¿cómo conseguiste llegar hasta mi taquilla en el sótano del supermercado y meter allí la nota que me dejaste?

Le había pedido ayuda a uno que trabaja contigo, un chico con bata blanca y aire de inteligente. Lo conozco porque él también acude de vez en cuando al Palacio Abandonado. Forma parte del grupo de los grafiteros.

¿Quién podrá ser?

Se llama Moreno, si no recuerdo mal. No tenemos mucha relación; pero él me conoce a mí y yo lo conozco a él.

¿Moreno....? –el asombro de Julia iba en aumento. Con ese Moreno había tenido un percance que había finalizado en el despacho del jefe, sentados ambos frente al señor Alfredo, quien acabó riñendo a los dos empleados, a pesar de que quedaba claro que la falta no había sido más que del reponedor y sólo del reponedor.

Tiene buena mano a la hora de dibujar grafitis. Yo todavía no he coincidido con él cuando trabajamos en equipo; pero los colegas afirman que no le falta maña, aunque sea alguien de pocas palabras y trato reservado.

Ese tipo es un canalla –interrumpió Julia–. Me hizo una jugarreta la otra semana al enviarme a la frutería, cuando mi sitio estaba, como siempre, en la caja número tres. Si tropiezo con él fuera del trabajo, soy capaz de sacarle las uñas para que se entere de una vez por todas de quién soy yo y cómo me las gasto de mal si alguien me busca las cosquillas.

Sólo de recordar el anterior incidente, Julia se había puesto furiosa. Ricardo estaba pasmado con lo que oía; no se había figurado que un colega, asiduo del Palacio Abandonado, se dedicara a dar mala vida a las cajeras del supermercado donde trabajaba Julia.