Una verdadera revolución se está dando en la época presente. Según parece, la historia de la humanidad ha conocido hasta ahora dos grandes revoluciones:

La del Neolítico, con el hallazgo de la agricultura.

La de la era industrial, con el creciente protagonismo de las máquinas.

En esta última, seguimos inmersos.

Para pasar de la primera a la segunda se han necesitado cientos de miles de años; pero pasar de la segunda a la tercera (que está a punto de venir) ha sido sólo cuestión de un par de siglos.

En efecto, el ser humano vive hoy un periodo decisivo, un periodo que deberá transformar radicalmente su relación con el mundo.

Hasta ahora, el hombre siempre se había servido del medio natural para modelarlo a su antojo, de acuerdo con sus necesidades y caprichos. Pero este medio siempre había estado ahí, nunca le había dado la espalda a las «cosas» de nuestra civilización.

Esto está a punto de modificarse: el ser humano se ha vuelto no sólo artificial en sus formas de vida sino que ya es contra-natura en cuanto a la forma de razonar, es decir, hoy concibe la existencia como una lucha contra el medio: o dominamos el mundo o se cae por su propio peso.

Esto nunca había sucedido antes; pero el proceso de degradación va tan rápido que no puedo sentirme sino perplejo. ¡Qué poca memoria tenemos las personas! ¡Qué pronto olvidamos lo que nos da de comer, lo que permite nuestro sustento diario: el aire, el agua y la propia tierra!

Este hecho, que algunos pueden juzgar como de poca monta, supone en realidad una revolución en toda regla, un cambio radical en las formas y maneras de entender la vida. Y afecta, por desgracia, a todos.

Lo supe ayer mismo. Les contaré la anécdota que ha suscitado tanta alarma en lo profundo de mi ser:

La sobrina de mi esposa es una persona adorable, dulce, servicial y respetuosa como pocas.

Realizó una visita a nuestra casa. En la terraza yo dejo que las plantas invadan el terreno como pueden, dentro de una lucha sin cuartel entre ellas mismas por apoderarse del espacio. Hay una zona de cemento que está siendo conquistada por una planta espinosa, con preciosas flores blancas que a mí me han deleitado mucho esta primavera, porque han ofrecido abundante néctar a las abejas.

El caso es que nuestra casa está puesta a la venta. Y mi sobrina comentó: «Va a ser más difícil venderla, ahora que la terraza se os ha llenado de plantas y de bichos.»

¡Diablos!... Según mi sobrina, la contaminación, la enfermedad, el peligro, los microbios, lo malo está en la naturaleza: allí donde hay plantas y bichos, hay peligro, no sé si de muerte, pero hay peligro para ella y para sus hijos.

Esto, esto es muy grave, señores míos. No se puede seguir dando la espalda de este modo a la naturaleza, que ni es nociva, ni es peligrosa, ni mata, ni contagia, ni perjudica a la salud de absolutamente nadie.

La enfermedad la traen los hombres, que alimentan a sus animales con medicamentos, que convierten los productos de la huerta en transgénicos, que hacen de una simple gripe una Pandemia con riesgo (ficticio) de contagio universal.

El veneno no está en un árbol, ni en un trozo de tierra, ni en un insecto que se posa en nuestro hombro y nos dice «buenos días» con sus alas doradas. El veneno está en esta revolución silenciosa que nos llevará a despreciar todo lo natural para convertirnos en autómatas, seres sin alma ni escrúpulos.