Algunos personajes que intervienen en esta historia me han rogado que evite dar la ubicación exacta del Palacio Abandonado, al ser uno de los escenarios principales de la trama. Esto supone un contratiempo para mi objetivo de narrar con un máximo de rigor los pormenores del caso. Por otro lado, comprendo a mis buenos camaradas: no desean que aporte datos a la policía acerca del escondite de quienes a veces actúan al margen de la ley.

Esto necesita una aclaración inmediata: no es lo mismo actuar al margen que en contra de la ley. Mis amigos dejaban en ocasiones de lado el ámbito legal para obrar a su guisa, sin las ataduras de la sociedad bien pensante. Lo cual no significa que actuaran en contra de los intereses comunes, sino que en caso de conflicto: o bien la ley o bien ellos, no iban a quedarse a la zaga.

Y por cumplir la palabra dada, ahora no puedo precisar como a mí me gustaría la ubicación de este Palacio Abandonado, no puedo aclarar si se encuentra al este o al oeste de la ciudad, cerca o lejos de la bahía, a un paso del castillo de Bellver o bien en la carretera de Pórtol o de Lluc Major. Me conformaré con señalar que el asfalto no quedaba tan lejos, que el terreno trazaba una suave pendiente, que el sol se ponía a sus espaldas mientras la pareja caminaba, que por ninguna parte se oía el ruido del mar, que más allá se avistaba una verja de alambre y un sendero rodeado de casas recientes, ¿serían los chalés de los nuevos ricos?, y que no muy lejos de allí serpenteaba una vía en desuso. Hacía décadas que el tren de Sóller había dejado de marchar por esa zona; ahora el itinerario era otro y los vagones, que seguían siendo de madera, acogían a los turistas en vez de a los campesinos de aquel entonces.

No sé cuántas veces se abrazaron y besaron antes de poner los pies en la acera que de pronto surgía para dar entrada a la ciudad, la cual se erguía ante ellos como un monstruo de infinitos tentáculos. Pero al fin llegaron y se adentraron en unas calles invadidas por el tráfico.

Julia dijo entonces que tenía que regresar a su casa. Ya estaba bien de deambular por ahí sin objeto preciso. Ricardo lo comprendió muy bien; de todos modos, se había salido con la suya, que era hacerse novio de la pelirroja. También él ansiaba retirarse a su casa, donde degustaría despacio tanta felicidad acumulada en una tarde.

Se metieron en el autobús y, a la altura de la plaza de España, el aguador echó pie a tierra, mientras que Julia continuó su camino hacia el barrio de pescadores llamado Es Molinar.