El tiempo pasó. Y la madre pudo al fin reunirse con su hijo, dejando atrás un pasado cargado de sinsabores, donde los golpes y las malas maneras habían sido la tónica general. Su esposo había recibido una denuncia ante el juzgado; le llegó la orden de alejamiento; los servicios sociales se hicieron cargo del asunto y tomaron medidas preventivas a favor de la integridad física de la mujer, a quien se consideraba expuesta a un serio peligro.

Fue un caso, uno de tantos, de maltrato físico, que acabó resolviéndose con la mediación del juez y la intervención, en ocasiones severa, de la policía.

El padre de Ricardo demostró muy malas pulgas hasta el final del proceso: con el propósito de chinchar, que no era sino éste el afán que lo guiaba, reclamó la custodia del niño; alegó luego imposibilidad para subvenir a la pensión; y desapareció, por último, del mapa cuando la sentencia firme otorgaba la custodia a la madre y fijaba una pensión que debería pagar con motivo de la educación del hijo.

Todo esto duró bastante tiempo, más de un año de trajines de papeles y visitas al juzgado. Pero por fin los dos hermanos, que habían sido cómplices en esta ardua lucha, pudieron festejar el triunfo. Don Eusebio ofreció a madre e hijo una cena copiosa en el restaurante Ca'n Pedro, uno de los más famosos y celebrados de la comarca.

 

Cumplió quince años Ricardo. Su tío, que se había mordido la lengua hasta entonces, consideró llegado el momento de entablar con él ásperas disputas dialécticas. Esta tendencia suya a marear la perdiz, como suele decirse vulgarmente, se le había ido acentuando con los años.

Pensó que el muchacho estaba preparado para tratar de temas filosóficos, morales, religiosos o de cualquier otra índole...

Bien, ahora que tienes quince años –dijo aquella tarde–, vas a escuchar por primera vez a tu tío hablando con seriedad y rigor. Menciona cualquiera de esas verdades «incontestables», que yo te la desmontaré en un abrir y cerrar de ojos.

En las clases de Historia del instituto habían profundizado sobre el tema siguiente:

Hoy, la esclavitud está abolida en los países modernos –comentó.

Don Eusebio soltó la carcajada:

¡Qué fácil me lo pones si sacas el tema de la esclavitud! ¿El hombre civilizado es ahora libre?... ¿Es más libre que antes?... ¿Ha roto por fin las cadenas que lo aprisionaban?... Ja, ja, ja... ¡Yo es que me mondo al oír estas cosas! A ver, a ver, ni siquiera yo, que dispongo de una fortuna en el banco, ni siquiera yo, que no tengo ni amo, ni patrón, ni jefe a quien rendir las cuentas de mis actos, soy libre; antes bien me considero tan esclavo como aquél, y aquél otro, y aquél de más allá, que no pueden acudir al baño sin haber solicitado permiso. Ja, ja, ja... ¿El hombre, libre hoy en día?... ¡Amos, anda...!

Y continuó retorciéndose de risa en su butaca. Ricardo, preso de la ira, salió de la sala no sin haber dado un portazo. En no pocas ocasiones, su tío le sacaba de quicio. Pero la conversación no acabaría ahí; al cabo de media hora volvió a la carga: esta vez estaba dispuesto a entablar con él una batalla dialéctica.