El hombre «fantasma».

Vivir de cara al futuro implica una proyección hacia el porvenir, un tratar de anticiparse a los hechos, un querer adelantarse a lo que va a pasar, orientándolo hacia un objetivo preciso. Este modo de vida genera a la vez que cierto desengaño, pues los hechos nunca terminan de confirmar lo esperado, una dosis de estrés: al estar esperando siempre el mañana se genera ansiedad, incertidumbre, desasosiego, temor a no cumplir las expectativas... Sucede como con el mito de Sísifo: este personaje debía subir una piedra hasta la cima de la montaña; cuando casi lo consigue, la pesada carga comienza a rodar ladera abajo, obligándole a repetir la actividad, y así hasta el fin de los tiempos. El hombre que vive pendiente del futuro revive esta misma fábula una y mil veces. Sus ansias de lo por venir le impiden aferrarse al presente, vivir cada minuto de su «ahora» como si fuera el último.

La mayoría de los seres vivos anticipa o se prefigura un futuro más o menos inmediato: la ardilla colecta frutos secos para el invierno; la abeja recoge el néctar para fabricar la miel y alimentar a las larvas; el oso busca una guarida donde pasar los meses de invierno... Pero no por ello dejan de vivir el presente, no por ello dejan de saber por dónde andan, hacia dónde se dirigen, qué hacen en cada momento de la jornada. En su concepción espacio / temporal el presente es lo que cuenta; se anticipa el futuro porque se intenta «salvaguardar» ese presente; se vuelve a veces la vista atrás para no repetir los errores del pasado; pero es obvio que ningún animal, salvo el ser humano, convierte el futuro en la razón de su vivir. Esto sería para ellos un absurdo, un sinsentido, y para nosotros (que escribimos estas páginas) también lo es.

 

Más arriba hemos explicado cómo el futuro en realidad no existía ni podía existir nunca, porque llegado el momento ese futuro será siempre un presente. Entonces, ¿con qué motivo, con qué fundamento válido, se puede consagrar toda una vida a la espera de lo porvenir, como si de ella dependiera la existencia misma? Esperar en todo momento y en toda ocasión es un ejercicio vano, baldío, es una fuente de constante frustración, es la manera más fácil de negarse a sí mismo la felicidad, entendida ésta como un estado de sosiego y quietud.

Precisamente, la esperanza nos mueve a, pero se trata de un movimiento sin atisbo de final, sin meta precisa, puesto que el mañana se renueva cada día: mientras salga el sol, habrá un mañana.

 

El hombre «momia».

 

Vivir de cara al pasado no nos parece tampoco la mejor de las alternativas. El hombre nostálgico, más pendiente de lo que fue un día que de lo que es hoy, desaprovecha su tiempo, lo deja pasar sin advertir lo que vale, lo que supone el «aquí y ahora» que otorga a cada instante un valor único, inconfundible.

Rememorar de vez en cuando, volver la vista atrás es un ejercicio saludable, que no hace sino fortalecer el presente, porque nos permite dar a nuestra trayectoria vital un sentido, una dirección concreta.

Pero hacer de las vivencias pasadas y de los paisajes de antaño el soporte de la existencia acarrea un sinsentido que transforma el azaroso vivir en un absurdo, puesto que no es posible re-vivir lo pasado, no es posible siquiera resucitar las sensaciones experimentadas en aquel ayer. Y este no poder «traer de nuevo» engendra un estado de tristeza permanente, una zozobra que amenaza con hundir el barco donde navegamos con rumbo al porvenir.

Es como si llenáramos el alma de telarañas, es como si acumuláramos en la cabeza un tropel de «ayeres» que no saben dar cabida a un hoy bien real, no obstante. En estos casos se dice que el espíritu languidece y que tal enfermedad conlleva el deterioro del cuerpo, que por cualquier nimiedad (un simple resfriado) podría sucumbir, víctima de la desidia.

De hecho, se está produciendo una «fuga» de la realidad, sea porque nos refugiamos en el pasado, que a los ojos del nostálgico fue más glorioso que el ahora, sea porque galopamos con la intrépida imaginación hacia un futuro que todavía no existe y que quizás no llegue a realizarse nunca. En ambos casos tenemos una negación del presente, así como una situación o estado de anhelo continuo.

El hombre «momia» es aquel que sacrifica la importancia del ser en aras del fui, del he sido en aquel sitio, con aquellas personas que nunca más (¡oh, desdicha!) volverán a nuestro lado. Si fuera capaz de pasar página, de mirar de frente, es muy posible que lograra ahorrarse un sufrimiento tan inútil como insoportable.

 

El hombre «real».

 

Es el que vive acorde con su tiempo: no se deja apabullar por el temor de un después ni somete su existencia al arbitrio de un ayer interminable; más bien, concede a cada día su justo valor, su justa medida.

Esta forma «actualizada» de circular por el mundo posibilita la integración de la especie humana en el entorno, ya que sólo viviendo plenamente el presente podemos apreciar los detalles que conforman el día a día, ese entresijo de avatares y circunstancias.

Semejante afirmación necesita sin duda varios ejemplos que la sostengan. Primer ejemplo, me fijo en los mensajes publicitarios localizados en Internet:

 

«Consigue cada domingo con El País la colección de minerales de National Geographic.»

 

«Juega siete días al mes y participa en el sorteo para ganar ¡1500 euros! Cantabingo. Juega ahora.»

 

«¿Qué haces si te falla tu SIM? Te la cambiamos en el acto en más de 1500 puntos de venta en España. Habla siempre desde cuatro céntimos por minuto. Pepephone.com.»

 

«¿Acertarías 25 preguntas? ¿Contra 30 participantes? Nuevo concurso de TV. Juega gratis. + 16 juegos multijugador. + 4000 rivales a la vez. 20Minutos.es mini-juegos.»

 

Todos estos anuncios tienen en común: 1) el uso de un imperativo que proyecta al participante hacia un futuro próximo: consigue – juega ahora – habla siempre; 2) el uso de un lenguaje donde las cifras adquieren todo el protagonismo: gana ¡1500 euros! – más de 1500 puntos de venta – 25 preguntas – 30 participantes – + de 4000 rivales. Este lenguaje queda codificado con los números, se reduce a su mínima expresión por falta de espacio (y para mejor acaparar la atención del internauta), se reduce a lo esencial, aunque para los anunciantes lo esencial sea sinónimo de cantidad: gana más, juega más, participa más... 3) Los adverbios indican cierta noción de inmediatez, de urgencia... El cliente no dispone de tiempo para pensar; es preciso que actúe lo antes posible: Juega ahora – Te la cambiamos en el acto – Habla siempre – Juega gratis – 4000 rivales a la vez.

El resultado de esta amalgama de adverbios temporales, cifras redondas, imperativos urgentes, es la sensación de agobio: se crea la falsa necesidad de... ¿Acaso se le ha dado tiempo al potencial consumidor para pensar si realmente le importa participar en, jugar gratis a, ganar tanto por, conseguir esto o aquello con solo...? ¿Es tan urgente acelerar el ritmo de vida a fin de satisfacer las ansias voraces de obtener más, jugar más, ganar más y más para vivir en resumidas cuentas peor?

En cambio, el hombre que está con los pies en el suelo, sin ansias ni prisas de ningún tipo, consigue liberarse de la hipoteca que supone vivir de cara al futuro, de cara al siempre más, siempre más, ese más insaciable, acaparador.

 

El segundo ejemplo nos lo proporciona el análisis de un fragmento de artículo tomado al azar:

 

«Los sindicatos convocan una huelga general en la minería del carbón

 

Los representantes del sector anuncian el paro para los días 22, 23, 29 y 30 de septiembre tras reunirse con el ministro de Industria. El Gobierno abrirá expediente a las dos empresas que han dejado de abonar las nóminas a los trabajadores.

Habrá huelga en el sector del carbón. La reunión celebrada esta noche entre el ministro de Industria, Miguel Sebastián, y los sindicatos para abordar el futuro del carbón nacional se saldó con una convocatoria de cuatro días de huelga. Al filo de las once de la noche, el ministro compareció para hablar de un "entendimiento" con los mineros que condujo a pensar que el encuentro había culminado en acuerdo. Inmediatamente los sindicatos (UGT, CCOO y organizaciones mineras) respondieron con la convocatoria de paros para los días 22, 23, 29 y 30 de septiembre. También decidieron encerrarse en el ministerio en señal de protesta.

 

Pablo García, 15-09-2010, El País.»

 

En este artículo el periodista ofrece de forma velada dos versiones contradictorias: por un lado, la parte oficial, la del ministro, quien sostiene que tras la reunión hubo 'entendimiento'; por otro, los sindicatos replican alegando que no solo no hubo entendimiento sino que además se convocaba una huelga para finales de septiembre. ¿Hubo intento de manipulación por parte del ministro? ¿Hubo incomprensión entre las partes, de modo que cada una ofreció a la prensa una versión distinta del resultado de la entrevista?

Seguramente, así sea; pero, pasando por alto estos pormenores, advertimos que el artículo tiene cierto parecido con los anuncios anteriores: 1) En ambos casos, las cifras, las fechas, los números toman una importancia primordial: Los días de... – al filo de las once de la noche – Han dejado de abonar las nóminas... 2) Hallamos otro lenguaje dentro del lenguaje: un código dentro del código común; es el lenguaje de las siglas, los cargos y los títulos más o menos honoríficos: CCOO, UGT, el ministro de tal ramo... 3) En los dos documentos se da una proyección hacia el futuro, porque el presente resulta insatisfactorio: juega y gana por el lado de la publicidad; hay reunión sin acuerdo, se convoca, pues, una huelga por el lado del artículo.

 

En la mayoría de los documentos que he podido leer descubro que el presente no satisface a casi nadie; se tiende a pensar que «mañana» comenzaremos a vivir de verdad, una vez que hayamos logrado deshacernos de un «hoy» a menudo engorroso.

Pero resulta que mañana es hoy y esta historia, la del desengaño, se repite hasta que llegamos a viejos sin conocer apenas variaciones...

 

La abolición del mito de la caverna.

 

En su libro La Fe, don Armando Palacio Valdés nos explica en qué consiste esta teoría formulada por primera vez por Platón:

 

«Las cosas de este mundo, tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna. Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepción sensible somos como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Sólo perciben en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrás, las sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra ciencia, pues, se reduce y se reducirá siempre a predecir, según la experiencia, el orden en que se suceden las sombras.»

 

Esta teoría ha sido retomada por el pensamiento cristiano, que otorga nuestra razón de vivir a un imaginado, cuando no anhelado, después: «Este mundo es un valle de lágrimas; aquí estamos para padecer; la recompensa, si somos buenos, llegará una vez que todo haya acabado.»

Este planteamiento equivale a negar el presente para vivir con la vista puesta en un futuro que se sitúa más allá, ni siquiera pertenece a este reino; justo lo que, en mi opinión, no se debe hacer, so pena de tirar por la borda la actualidad y vigencia del presente.

Si postergamos la felicidad a un «después», se cumpliría cuanto ha predicho Platón: el mundo sería nada más que el reino de las sombras; sólo veríamos desfilar un penoso cortejo de sombras; nosotros mismos nos volveríamos sombras, y, lo que sería todavía peor, perderíamos la libertad¹ de movimientos al quedar encadenados a una ilusión que no ha de cumplirse jamás.

¿Por qué? Antes hemos explicado que el tiempo va ligado al espacio: si no hubiera espacio no habría tiempo. Por consiguiente, no se debe hacer del tiempo una idea, un ente abstracto; antes bien, se trata de una realidad tan tangible como el propio espacio: allí donde suceda algo existirá también el tiempo; el mismo movimiento de las partículas es lo que genera la noción de tiempo: si las partículas careciesen de espacio por donde moverse tampoco podríamos hacernos una idea de lo que es el tiempo.

Nuestra civilización entera se funda, pues, en un disparate: la artificiosa separación de las nociones espacio / tiempo.

El hombre actual se ha puesto a contar ambos y a ambos les ha fijado un precio: para ir a tal sitio es necesario pagar tal cantidad; para obtener una cantidad de tiempo libre es necesario ganárselo a pulso, es decir, hay que esperar las vacaciones.

 

De este modo, vivimos de lleno en la cueva de Platón:

«Encadenados», porque el tiempo ya no nos pertenece, no somos dueños de nuestros actos. La libertad de maniobrar nos la han robado a fin de cuentas con premeditación y alevosía.

«Sin ver nada», porque la información de todo lo que acontece en el mundo depende de unos medios que no cuentan jamás la verdad, mienten y tergiversan lo mismo que respiran.

Y tampoco «nos vemos a nosotros mismos» porque, obsesionados con nuestra imagen, nos limitamos a copiar las modas que otros dictan, dentro de un juego bastante pueril que consiste en seguir la corriente, sin cuestionarse nunca «si lo que estoy haciendo me gusta a mí o, más bien, obedece al gusto ajeno.»

De esta manera, la personalidad de cada quien queda diluida en una serie de modas que desfilan como sombras ante nuestros ojos: esa serie de gustos y preferencias que nada tienen que ver, en el fondo, con nuestros deseos y aficiones.

Todo esto sucede en el momento en que alguien dispone de nuestro tiempo y, lo que conlleva aún peores consecuencias, ese mismo alguien decide que la mayoría de la gente ha de vivir pendiente del futuro², es decir, sin apreciar el presente en su justa medida.

Las personas, por lo general, representamos al pie de la letra el mito de la caverna: vivimos de cara al futuro y vemos desfilar la realidad como si fuera un cortejo de sombras por la simple razón de que no apreciamos esa realidad, no apreciamos el hoy, sino que tendemos a suponer que el mañana será siempre mejor.

Sólo hay una manera de romper estas cadenas: recuperar el presente, suprimir la esperanza como valor absoluto que da sentido a nuestros días. Para vivir al fin libres de ataduras hay que cesar de esperar, hay que vivir nuestro hoy como mejor podamos, tomando el máximo de contacto con la realidad.

 

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¹La libertad de acción desaparece básicamente gracias a tres mecanismos: 1) cualquier ciudadano corriente solicita un crédito (si no son varios) para pagar la hipoteca del piso, el vehículo con que se desplaza o el lugar de las próximas vacaciones. De este modo si un día alguien decidiera abandonarlo todo encontraría grandes dificultades, pues los créditos lo tienen atado de pies y manos. 2) De acuerdo con la necesidad de formar parte de un grupo, el individuo ha de comulgar con actividades que quizá no le entusiasman tanto como se esfuerza, sin embargo, en aparentar: sostener al equipo de fútbol de su localidad; acudir a las celebraciones de Semana Santa; tirar petardos la noche vieja; gritar su entusiasmo cuando el equipo nacional gana un partido trascendente; todo ello representan manifestaciones de alegrías prestadas, ajenas al propio individuo. 3) Para poseer esto o lo otro se necesita pagar un precio. No hay límites si tienes dinero para gastar; hay límites, y aún fronteras, candados, puertas y rejas vigiladas por la policía si en tu bolsillo no alojas dinero, sólo las ganas de conseguirlo al precio que sea. Incluso la libertad aparente tiene precio, y ese precio cuesta tu tiempo (que vendes a cualquier empresa) y tu espacio vital, puesto que no puedes desplazarte según tu designio: tus pasos están medidos y valen tanto. O los pagas o te echan a patadas del mundo «civilizado».

 

²¿Para qué sirve la escuela? Esta pregunta se ha repetido de generación en generación y nunca se ha dado con la respuesta acertada. La escuela ha cumplido en general dos objetivos: 1) Educar-enseñar; 2) Guardar a los hijos de los obreros en tanto que estos están en la fábrica. Poco a poco el sistema ha ido concediendo más importancia a la segunda función que a la primera, como lo demuestra el hecho de comparar los manuales de los años sesenta con los de esta última década: vemos que en aquel entonces se aprendía mucho más, el programa era más completo. En realidad, la escuela cumple una función básica: inculca a los niños el hábito de la espera. Dentro de las aulas el presente se vuelve para ellos fastidioso y cargante, pues tienen que permanecer quietos, sentados, escuchando contra su voluntad las largas enseñanzas de la maestra. Los niños aprenden sobre todo a esperar. Esperan la hora del recreo, esperan a que suene el timbre, esperan el fin de semana, esperan las vacaciones. Desde una edad temprana, nos pasamos la vida esperando, no hacemos otra cosa que esperar porque nos han educado para vivir con la mirada puesta en el futuro, sin aprovechar nunca el momento presente. Por ello, opino que la Escuela debe ser suprimida; es necesario encontrar otra manera de aprender sin poner en entredicho la libertad de las personas.

Y cuando nuestra vida se convierte toda ella en una «esperanza», pasa de largo, se diluye en la quimera. Podemos pensar que entonces no la vivimos sino que la desperdiciamos, y eso es precisamente lo que está haciendo la mayor parte de la humanidad.