Las relaciones entre el hombre moderno y el tiempo no son muy buenas, que digamos. A cada paso que doy voy oyendo expresiones del tipo:

«Necesito tiempo.»

«Me voy a cargar el tiempo.»

«No tengo tiempo.»

«¿A quién le sobra el tiempo?»

«Dame algo de tiempo.»

Tengo la impresión de que andamos todo el santo día mendigando un poco de tiempo, como si careciésemos de él y fuera, no obstante, vital para nosotros.

Sin embargo, que yo sepa, el día sigue durando veinticuatro horas, ni un minuto menos. El sol sale por un lado, se pone por el otro; a media jornada se encarama en lo más alto y luego comienza un lento declinar, hallando en las lejanas montañas del horizonte un refugio donde pasar la noche.

Y cuando la oscuridad reaparece, enigmática, llena de ruidos misteriosos, la luna campa a sus anchas, capitaneando un tropel de nubes viajeras. ¿Cómo podemos suponer, entonces, que nos hemos quedado sin tiempo, que el tiempo se ha fugado, abandonándonos a nuestra suerte? ¿Dónde se habrá metido este díscolo mensajero de los dioses? ¿Por qué puerta o ventana ha desaparecido para siempre?

A estas preguntas les concedo un principio de respuesta, que el saberlo todo me es imposible:

«Hoy no tenemos tiempo porque nos lo han robado. ¿De cuántas horas libres disponemos al día? De unas pocas nada más. Al tiempo los mercaderes le han fijado un precio bien caro; le han puesto una tasa, lo mismo que si fuera mercancía. ¡Andamos corriendo detrás de él y no lo alcanzamos nunca!»

«Cuando por fin disponemos de media hora, los poderosos nos dictan lo que tenemos que hacer: mirar la tele, ir de vacaciones a Cancún, desperdiciar nuestro tiempo y la salud hablando, fumando y bebiendo a la vez, en tanto que miramos un partido de fútbol en el bar con los amigos.»

Eso es lo que pretenden los explotadores de ayer y de hoy: que no hagamos nada cuando acaso podemos hacer algo; y que casi nunca podamos hacer nada, sino solamente lo que el jefe ordene.