Al ex doctor le hubiera gustado, la verdad sea dicha, que Ricardo se remangara la camisa para poder observarle los brazos. En la zona del ante codo era posible columbrar si se pinchaba o no; unos puntos de herida se hacían visibles en las venas como secuela de la acción de las agujas. Pero, bien a su pesar, el chico no tenía previsto un gesto así, que hubiera caído mal a los ojos de la dueña.
Don Simón se limitó, pues, a lanzar miradas de soslayo a quien era tal vez culpable de los desastres que en esa casa ocurrían últimamente. El joven no prestó por su lado mayor atención a esta actitud hostil. Se preguntaba quién sería tan hosco y arrogante señor. Julia no le había hablado nunca de él.
Muy pronto se dirigió Emilia a la cocina; de donde vino con los brazos cargados de bandejas con bollos y pasteles. La joven se aprestó al instante a colocar ella el juego de tazas y la tetera, todavía humeante. Había que ver lo apañada que había sido la señora: en media jornada había tenido tiempo de cambiar los manteles, las colchas y las cortinas, sin descuidar por ello la merienda que ahora ponía, para asombro y alegría de los comensales, sobre la mesa.
¿Qué efecto narcótico-tranquilizante ejerce en los espíritus la visión de un plato rebosante de comida? Es éste un misterio aún no resuelto por los pensadores. No se sabe cómo, lo cierto es que cuando el saloncito se llena de los olores de algún comestible, las sonrisas se dilatan, los ojos se achinan, las preocupaciones se evaporan por un rato, en tanto que dura el dulce degustar de los alimentos. No es que desaparezcan del todo, sino que se aplazan o quedan relegadas a un segundo plano.
–Por lo que parece –continuó la mujer, a quien le temblaba el pulso mientras distribuía los dulces–, ustedes dos forman pareja y de aquí a que vayan al altar sólo es cuestión de tiempo. ¿Me equivoco?
–No se equivoca, señora –repuso el joven–; pero eso de acudir al altar puede ser cosa de mucho, mucho tiempo.
–¡Ni que lo digas! –exclamó Julia–. Yo no me caso ni aunque me lo pida mi señor padre.
–¿Por qué...? ¿Tan mal partido soy...? –replicó su novio.
–Por ahora no eres ni buen ni mal partido; digamos que nuestro encuentro acaba de empezar. Los jugadores apenas si han tenido tiempo de instalarse en el campo.
–Con tal de que no nos casemos de penalti...
Decir esto y ponerse rojo fue todo uno. Ricardo se había ido de la lengua; pero es que su novia le había picado con la metáfora del fútbol.
–¡Ja, ja, ja! Pero si tú en tu vida has tocado un balón de los de verdad. Como no sea de plástico; porque de los reglamentarios, de esos ni los has visto siquiera.
El caballero y la señora volvieron a echarse una rápida ojeada: ¿cómo iban a deducir de una conversación tan pueril como aquélla que el joven se metía droga en el cuerpo? ¡Imposible! O doña Emilia sospechaba erróneamente que le sustraían el dinero o ese chico representaba muy bien el papel de cándido.


luism
23 sep 2010 | 07:47 PM
Ella tiene razón con lo de la boda. Sedante, pensé en la eutanasia ¿por qué será?
lasrecetasdeteresa
30 sep 2010 | 03:37 PM
Pero mira que son pensar que se pinchaba.