Esa misma noche se la pasó doña Emilia sin poder pegar ojo. Se revolvía una y otra vez en su camastro. De pronto los muelles le parecían más duros que nunca, las sábanas endiabladamente ásperas, la almohada tan inhóspita como un peñón de roca afilada. Sudaba bajo el camisón y al clavar la mirada en el techo, se encontraba con un inmenso interrogante, que la aplastaba como si ella fuera un mosquito. Los oídos le pitaban. Hacía años que no experimentaba el tormento de una noche de insomnio.
La culpa la tenían las monedas desaparecidas, ese no saber dónde se había metido cada cosa; pues comenzaba a reconocerse a sí misma que no solamente se había extraviado el dinero, sino pequeños objetos: el cepillo del cabello, el espejo de mano, la foto de un antiguo familiar, el florero con la última rosa sacada del jardín más cercano.
El hogar donde vivía, con todos sus adornos y muebles, se había transformado en un terreno inseguro, un terreno de arenas movedizas, que se tragaba lo mismo los recuerdos que las cosas. ¿Y si... y si se había puesto a perder, en realidad, la memoria?
Al llegar a este punto, la anciana sintió escalofríos. ¡Ah, los años! ¡Se estaba haciendo tan vieja que ya no se acordaba de nada! La memoria se le diluía como el azúcar en un vaso. A su edad no había perdido la cabeza, no se había quedado medio sorda, mantenía intactas sus facultades móviles... Pero... en lo que atañe al recordar... ya no recordaba... Lo único que ahora sabía hacer muy bien era olvidar, olvidarlo casi todo, incluso lo que hubiese acabado de ejecutar minutos antes. Pobre Emilia, tan cabal como ella había sido siempre, ¡se había convertido en un manojo de Olvido!
Y lo peor, lo que le impedía conciliar el sueño, era que había llegado la hora de rendir cuentas a la conciencia: se acusaba de haber puesto en entredicho la reputación de dos inocentes. ¿Qué culpa tenía Julia de sus insospechados olvidos? ¿Y qué tenía que ver aquel muchacho, Ricardo, con sus problemas de memoria?
Definitivamente, había llamado a la una «ladrona» y al otro «drogadicto», cuando el mal residía en los escondrijos de su cabeza. Esto fue lo que más desasosiego le produjo mientras duró esa larga noche en que la mala conciencia se le paseó a sus anchas por los muros y el techo de la habitación.


abril-ale
24 sep 2010 | 09:35 PM
Y no es para menos, las acusaciones que lanzó en contra de Julia y Ricardo fueron muy graves. Pero bueno, doña Emilia es una buena mujer y sabrá que hacer.
Algo me decía que Julia era inocente y así fue.
Besitos.
lasrecetasdeteresa
30 sep 2010 | 03:45 PM
Este capitulo me ha recordado ami, cuando me marche hace casi 15 días, guarde algo y quieres creerte que cuando he vuelto no me acordaba donde lo había puesto, he pasado un rato muy malo, estoy un poco preocupada con mi cabeza. Besitos