Puso, como le había recomendado su amigo, el billete de color azul junto a la lámpara de la sala, la que estaba más cerca de la puerta de cristales del balcón. Allí había una mesita estilo oriental con revistas pasadas de moda y un cuaderno para anotar números de teléfonos o direcciones. El trozo de papel, que poseía un valor pecuniario en virtud del sello que le otorgaba la Casa de la Moneda y Timbre, permaneció inamovible una semana entera.
Cada tarde-noche, cuando Julia estaba a punto de regresar del súper, comprobaba la señora que no le habían crecido alas al billete azul, no había desaparecido como por arte de magia.
Al fin no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia: la joven tenía las manos limpias, era muy probable que en su vida hubiera tomado prestado algo que no le perteneciera, si acaso el corazón del muchacho... ¿Cómo se llamaba? Estaba segura de que su nombre empezaba por R. Tal vez fuera Roberto... O Ramón. No, este último le sonaba a falso. No podía ser que aquel jovenzuelo se llamara Ramón, igual que uno de esos camioneros que recorren los cuatro puntos cardinales del continente.
Agobiada por los mil temores y sospechas que en su cerebro se formaban, decidió acudir una mañana a la consulta de su médico de cabecera. El doctor tenía su gabinete en las Ramblas, casi enfrente de la biblioteca municipal. Allá que fue. Como el buen tiempo se había instalado en toda la isla, se puso un vestido de flores azules y una fina chaqueta de lana color violeta. Era preciso atraer la juventud a su cuerpo, aunque fuese a base de trapos, en vista de que los años mozos se le habían ido como por ensalmo. Tocó el timbre; una amable dependienta la instaló en el cuarto de espera, donde había un ventanal con persianas metálicas bajadas y sillas de respaldo negro haciendo corro a una mesita de cristal colmada de folletos. En las paredes colgaban dibujos de las diferentes partes del cuerpo, así como recomendaciones de tipo higiénico: «Para mayor seguridad, lávese las manos con abundante espuma antes y después de utilizar el baño.»
Había un señor que también aguardaba con aparente sosiego. Se saludaron y, poniéndose a pensar cada uno en lo suyo, dejaron correr los minutos. El ruido del tráfico llegaba amortiguado: eterna cantinela que tomaba cada rincón de la ciudad.
Al cabo de diez minutos, la enfermera la invitó a pasar a la habitación situada al final del pasillo. Se cerró la puerta tras ella. Esta misma puerta volvió a abrirse una vez concluida la consulta. Entre tanto, doña Emilia había metido en el bolso el volante que le permitiera realizar las pruebas: el doctor quería descartar (antes que establecer su propio diagnóstico) alguna que otra posibilidad no declarada a la paciente.


abril-ale
25 sep 2010 | 06:46 PM
Veremos a que conclusión llega el médico despues q haga las pruebas a doña Emilia.
Besos.
Joaquín Martínez
26 sep 2010 | 07:57 AM
Besos mil, y feliz domingo.