Cuando Colón desembarcó por primera vez en una isla que bautizó con el nombre de La Española, advirtió muy pronto que esa no era la tierra que esperaba encontrar, la que se ubicaba al otro lado del mundo dando la vuelta por Occidente, es decir, Asia Meridional. Casi inmediatamente le vino al espíritu una obsesión que se repite en muchas páginas de su Diario de Abordo: el hallazgo de oro. Anhelaba descubrir una mina de este metal.

En su primer tropiezo con los indígenas nos narra cómo los halló desnudos y le parecieron feos, salvo una muchacha que le había llamado la atención. Pasa luego a contarnos cómo les preguntaba por el oro, si conocían algún paraje que albergara gran cantidad de ese metal semejante al que portaban sus marineros a guisa de adorno: baratijas varias, collares de mucho brillo pero de escaso valor, oropeles de poca monta...

En realidad, Colón no sólo depositaba en aquellas tierras recién descubiertas la terrible plaga de las enfermedades que acabaron con más de ocho millones de indígenas (un simple resfriado diezmaba poblaciones enteras), el catolicismo y formas varias de explotación al hombre, sino también la idea obsesiva del oro como objeto supremo de codicia.

Hoy, desde Alaska hasta la Patagonia, la obsesión se repite en todos los individuos de la sociedad: «Queremos oro; cuanto más oro reunamos, mejor; sólo nos interesa la acumulación del oro.»

En tiempos de Benito Pérez Galdós, capitalista era aquél que realizaba un notable acopio de capital. En la actualidad, el término ha evolucionado hasta convertirse en un sistema; quiere decirse que la sociedad al completo se ha vuelto capitalista, ha retomado la obsesión de Cristóbal Colón por el oro, hasta el punto de que no piensa en otra cosa.

Y cuando el dinero se convierte en lo prioritario, sucede que:

1.- Prevalecen los beneficios económicos sobre la propia vida: se talan bosques con tal de que la compañía explotadora continúe al alza en la Bolsa; se polucionan los ríos y los mares solo porque para la fábrica contaminante le resulta más barato ensuciar que reciclar; se masacran especies animales y vegetales mientras haya demanda de ellos en los mercados y esta demanda siga reportando cuantiosos beneficios.

2.- Lo que prima es el beneficio inmediato, sin pensar nunca en las consecuencias. Para ello, se ignora la dignidad misma de las víctimas: los animales no tienen alma, han nacido para sufrir; las plantas sirven de adorno o para procurarnos calor y madera, nada más.

Y de este modo, cuanto existe gira en torno a las necesidades humanas. Somos el centro de la Creación: ese ombligo que ya va oliendo mal, dicho sea de paso.

3.- Es fácil prever el resultado: a todo se le ha puesto un precio. Nadie ha de salir a la calle sin guardar algún billete en la cartera. Nos prohíben que podamos prescindir de él. Nos obligan a no pensar sino en lo que significa el dinero dentro del sistema, lo mal que lo llegaríamos a pasar si por un acaso careciésemos de él.

Dentro de poco la enfermedad será el negocio del siglo: todo el mundo perderá la salud a causa del régimen de estrés que nos imponen y los alimentos pobres en nutrientes que nos venden. La industria farmacéutica ya se frota las manos, al anteponer sus gigantescas ganancias al equilibrio mismo de la humanidad.

4.- Al individuo no se le considera como tal: sólo cuenta lo que gasta, lo que gana, lo que deja de ganar... No son los méritos humanos los que prevalecen, sino las cifras y las apariencias. Es cierto que a la Naturaleza la hemos privado de su dignidad; pero a los hombres, igualmente. Nosotros somos las primeras víctimas de este sistema tan depravado como injusto.