En los últimos tiempos, el Palacio Abandonado había conocido sucesivas reformas. El antiguo caserón en ruinas, del que no quedaban más que un par de paredes tambaleantes, un simulacro de tejado y un suelo de baldosas rotas y agujereadas por todas partes, se había convertido –merced a la labor un tanto chapucera del albañil que por los alrededores merodeaba– en una confortable guarida de ladrones.
Ya no corría el viento, silbando y resoplando, de una esquina a otra de la casa; ya no se colaba la lluvia como invitada especial en los días nublados (que no eran los menos últimamente); ya no podía uno ensimismarse con las estrellas desde cualquier ángulo de la casa, porque uno a uno habían ido tapando los agujeros, restaurando los cimientos, las puertas, las ventanas, en fin todo aquello que sirve para dar nombre de casa a una casa.
El albañil que había capitaneado esta serie de reformas se llamaba Leopoldo; trabajaba como peón en la empresa de su padre; tenía algunas nociones del cemento y cómo colocar los ladrillos; pero lo que más le gustaba era acometer imposibles, saltarse las reglas, ponerse delante del toro por más que los otros le aconsejaran que se mantuviera detrás de la barrera. Leopoldo era un osado y cuando aterrizó en el clan de los grafiteros no solo empezó a restaurar el Palacio Abandonado sino que se puso a soltar críticas más o menos veladas.
Se quejaba de cierto amodorramiento, de una inactividad que iba invadiendo como la mala hierba los espíritus, de manera que faltaba a su juicio poco para que los grafiteros acordasen la jubilación y dejaran de pintarrajear la ciudad como era menester.
En definitiva, este peón de albañil abogaba por una acción contante y sonante que diera materia de qué hablar a los vecinos de Palma durante por lo menos una semana.
¿Y en qué había de consistir esa acción que causaría tanto revuelo?
«Pues... –el auditorio agudizó el oído. Leopoldo anhelaba ganarse el apoyo de su público, así que endulzó al máximo las palabras– la cosa es bien simple: ¡Unas pintadas en los muros del Palacio Episcopal y los palmesanos se van a acordar de nosotros una larga, larguísima temporada! ¡Ja, ja, ja!... ¿Quién quiere hoy a los curas? ¡Nadie! Pues que reciban de nuestra parte ese regalo que no les puede faltar: una buena pintada en las paredes del edificio eclesiástico por excelencia.»
El grupo se le quedó mirando, extrañado: este Leopoldo estaba, qué duda cabía, loco. Pero su locura era divertida y no molestaba a los intereses de los grafiteros. Así que, para pasmo de quien escribe estas líneas, recibió el apoyo de la mayoría. Algunos se ofrecieron incluso a colaborar «de inmediato».
Moreno y Ricardo habían formado parte de los que escuchaban la arenga del peón de albañil metido a revolucionario. El primero apoyó con vivo entusiasmo la propuesta; el segundo emitió sus reservas, pero al final la mayoría le forzó a capitular: también él debía estar dispuesto a «arriesgar el pellejo», con tal de poner en evidencia a esos curatos que durante siglos han dirigido a su antojo la conciencia colectiva.
Pensó entonces en su tío don Eusebio. ¿Qué hubiera opinado sobre esta disparatada iniciativa? Este buen señor había hablado muchas veces mal de la Iglesia... Lo más probable fuera que no hiciera ascos a un proyecto que consistía en hacer rabiar un poco al elemento clerical.


abril-ale
28 sep 2010 | 08:11 PM
Es verdad, en los tiempos que corren nadie quiere a los curas, mas, cuando cada día queda al descubierto lo q' hace la iglesia. Ufff, en estos días he estado viendo videos de sacerdotes que han cometido las peores atrocidades y de verdad espanta. Y espanta muchísimo más la complicidad de la alta jerarquía de la iglesia.
Creo que antes, don Eusebio sostendría una pequeña charla con Ricardo, daría su opinión y dejaría q él decida.
Abrazoooooooooooooos. =)
Joaquín Martínez
29 sep 2010 | 10:32 AM
No sé yo si don Eusebio hubiera estado de acuerdo; creo que no.
Feliz miércoles,
Jo