Hagamos un breve balance del progreso, tal y como se entiende en nuestros días.

El progreso no parece que haya inventado nada: lo único que nos ha aportado es una más amplia gama de ruidos.

Antes la gente se quejaba de los gritos del vecindario, de ese perro que ladraba en horas nocturnas, del viento que soplaba aterrador por los ángulos de la casa... Ahora estos ruidos no se oyen apenas: dominan el del tráfico voraz y el de las alarmas.

Eso es todo: este progreso no ha traído otro resultado que aumentar el número de decibelios que hemos de soportar cada día.

El progreso se basa en la comparación entre los países desarrollados y los que se consideran atrasados. Se trata, pues, de una diferencia puramente subjetiva. En efecto, los países llamados «ricos» lo son porque:

1. Han desplegado una red de carreteras y multiplicado hasta el colapso el número de vehículos que circulan por ella.

Progreso = + coches, + carreteras, + semáforos, + pasos de cebra,  + accidentes de tráfico, + ingresos para el Estado en concepto de multas y tasas ligadas al consumo del petróleo.

2. Cada hogar dispone de un aparato, una caja cuadrada, a través de la cual es posible oír voces de personas ausentes, además de ver lo que hacen. Si un país no cuenta con al menos una televisión en cada hogar, se dice que este país está «atrasado», como si esto importara mucho para la felicidad de las personas.

Progreso = + televisores que aumentan las dosis de publicidad y esa falsa urgencia de consumir a todas horas.

3. Por último, lo que también caracteriza a las naciones desarrolladas es el hecho de que cuentan en las zonas urbanas con una gran superficie comercial, tipo Carrefour, la cual ha conseguido eliminar los pequeños comercios con el beneplácito –claro está– de las autoridades municipales, que son cómplices de esta supresión de empleos y la concentración de riquezas en unas pocas manos.

Progreso = concentración de riquezas; instauración de monopolios en todos los sectores de la economía.

 

Por consiguiente, un país subdesarrollado es aquel que no dispone de un número elevado de vehículos, que no tiene una televisión en cada casa y que aún conserva los pequeños comercios, puesto que todavía no han aterrizado allí Carrefour y compañía, con sus ansias voraces de aniquilar toda competencia.

Yo me pregunto: ¿somos más felices por llenar nuestras vidas de ruidos, coches y alarmas? ¿Mejora nuestra calidad de vida el hecho de que a la vuelta de la esquina haya un supermercado y no una tienda como las de antaño? ¿Vivimos mejor porque hemos comprado una tele, un MP3, un ordenador y un teléfono móvil? ¿Qué tiene que ver este tipo de progreso, que no se lo deseo ni a mi peor enemigo, con la felicidad, el bienestar o la dignidad de las personas?

Nada.

Progreso, pues = engaño de las autoridades públicas para propiciar la concentración de las riquezas en unas pocas manos. Exactamente lo mismo que ha venido sucediendo desde los tiempos remotos.