La primera semana de septiembre recibí una carta un tanto extraña:

 

«Señor Joaquín Martínez,

 

es para mí un placer darle cita en una oficina de Madrid, situada en el número... de la calle...

Le espero el día... a las trece en punto.

Sabedor de que reside en el extranjero, añado a esta carta un cheque de mil euros, con los que podrá usted cubrir los gastos del viaje.

Reciba un cordial saludo de:

 

Y.

 

P.D: Puede venir acompañado de su esposa, si así lo desea.»

 

Algo aturdido me dejaron estas líneas; no sabía qué pensar... ¿Una broma de alguna empresa publicitaria? ¿El reencuentro con viejas amistades de la infancia, que por fin han dado conmigo a través de internet y desean verme después de tantos años? ¿Una oferta especial de empleo?

Ninguna de estas tres posibilidades me parecía mínimamente convincente. Sin embargo, el cheque era válido: cuando salí de la oficina bancaria, el cobro lo había realizado sin hallar problemas.

Quienquiera que me hubiese escrito algo así –ni por asomo conocía el nombre del remitente– contaba con mi fidelidad a los compromisos: no le iba a fallar, más todavía si la invitación iba acompañada de un cheque de mil euros.

Aprovechando un jueves de asueto en el instituto donde impartía clases y que el fin de semana se presentaba medianamente largo, preparamos mi mujer y yo las maletas y tomamos el tren nocturno que sale de la gare de Austerlitz, en París.

A la mañana siguiente, a eso de las ocho, estábamos en la capital de España. Con los mil euros disponibles bien que podíamos coger un taxi. Mi mujer me lo agradeció de veras. Haciendo gala de alegría y un estado de ánimo estupendo, la invité a desayunar churros con chocolate en un garito próximo a la Plaza Mayor.

Y fue cuando me empezó a entrar la duda... ¿Se presentaba conmigo a la cita de la una de la tarde en aquel ignorado despacho? Al final pensé que lo mejor sería que ella pasara la tarde visitando el casco antiguo: los monumentos de la villa, jardines y museos.

Y llegó la hora. Había dado casi la totalidad del dinero que me quedaba de los mil euros a mi esposa. El edificio adonde me condujo la dirección escrita en el papel era de nueva planta: fachada de cristales opacos; reflejos metálicos en las puertas y letreros; algunas banderas flotando al viento (entre las que no faltaban la de la UE y la de la Comunidad Autónoma).

Un conserje con pelo blanco, bigote, galones en las hombreras y gorra de marinero me acogió en la entrada con amable sonrisa. El ascensor era una caja de aluminio empotrada en la pared. Pulsé el botón dorado... Número dos... Sonó la campanilla y me encontré nada más salir en un pasillo con moqueta azul y grana. Aquella puerta parecía la de un camerino: yo me había metido –ignorándolo– en un transatlántico de lujo.

Adelante...

Y pasé adentro. Los muebles serían de ébano. Las imágenes no eran fotos, sino cuadros donde predominaban turbios paisajes urbanos, así como algún que otro abstracto lleno de colorido. La mesa era propia del cargo: descomunal. Un sillón negro de terciopelo completaba el mobiliario. Detrás de él se veía la ventana con las persianas a medio bajar.

Buenos días –saludé.

Me fijé en el atuendo del hombre. Sería un traje de Armani. No entiendo de trajes caros, pero aquél lo era sin duda; de un color azul oscuro, camisa fina de almidón y corbata a rayas grises y azules. El tipo tenía la sonrisa fácil; me ofreció la mano con vivas muestras de entusiasmo.

Se preguntará por qué le he hecho venir hasta aquí.

En efecto...

Más de mil kilómetros de distancia nos separaban. Usted no me conoce. Yo a usted tampoco le conozco. Voy a contarle, pues, cómo han llegado hasta mí noticias de su existencia. Por el letrero que hay colgado en la fachada habrá supuesto que nosotros nos dedicamos al negocio del petróleo. La industria del oro negro es nuestra razón de ser, nuestra principal fuente de ingresos. Yo ejerzo altas funciones en el seno de este despacho, que es una sucursal de cierta entidad mayor, cuyo nombre habrá oído usted mencionar en los informativos de todo el mundo. Pues bien, una de mis distracciones preferidas es rastrear por internet las opiniones acerca del panorama actual. Localicé no hace mucho su página de autor y entonces fue cuando leí ese libro titulado: «La nueva conciencia ecológica». Una vez concluida su lectura, me quedé con las ganas de mantener cierta charla con el autor. De ahí que le enviara la carta con el correspondiente cheque de mil euros. Sí, está usted pensando bien: acaba de satisfacer con este viaje desde el norte de Francia el capricho de uno de esos ricachones que tanto parece detestar en las páginas de su libro; está usted delante de uno de aquellos a quienes califica de «enemigos de la humanidad». Je, je, je... No se imagina hasta qué punto me han hecho reír sus artículos, mitad impresiones de un tremendista, mitad ejercicios literarios, a medio camino entre el buen hacer de un Larra y la petulancia del padre Isla, el autor de Fray Gerundio de Campazas.

Tardé varios segundos en reaccionar. Una entrevista de esta suerte era lo último que podía haber sospechado: vérmelas frente a frente con uno de los principales responsables del deterioro de las condiciones de la vida en el planeta.

En ese caso –alegué al tiempo que tomaba asiento– estaré encantado de oír su versión de los hechos. Si usted me da argumentos, razones de mucha enjundia, le garantizo a usted que haré desaparecer de mi página de autor ese libro y cesaré con ello de incordiar al mundo de las finanzas, al mundo de los grandes intereses de orden financiero.

Ja, ja, ja... Me da igual que su libro circule o no por internet; eso no representa más que una gota en un océano de información. Usted, que parece comprometido con el futuro del planeta, dispone de, siendo generosos... ¿quinientos lectores? Nosotros, en cambio, ¿de cuántos auditores, de cuántos lectores, de cuántos televidentes disponemos en cada país? Si el jefe de... no diré el nombre de la empresa... realiza una llamada a la dirección de los informativos de TVE y deja dicho que «hablen de lo que quieran, pero que no arremetan contra la industria del petróleo», el periodista de turno hablará de lo que se le antoje, salvo de los perjuicios que el consumo de gasolina reporta a la sociedad. ¿Lo entiende?... La información que el mundo recibe está en nuestras manos: nosotros somos quienes decidimos según nos convenga si habrá guerra o no en Libia, pandemia en Asia o en América, crisis bursátil en Londres o en Buenos Aires, alza de los precios del arroz, o bien disminución del número de alijos de cocaína. ¿Qué nos importa lo que usted, y personas como usted, implicados con la suerte del otro, publiquen en un espacio que a fin de cuentas nadie lee? Yo quiero que usted hable de mí, quiero que publique en su triste blog el resultado de esta entrevista. ¿Y por qué quiero que hable de mí? Porque tengo algo interesante que decirle: ¿se ha preguntado alguna vez cómo suena el dinero? Yo se lo diré... Cada vez que salgo a la calle y descubro un atasco fenomenal, pienso: ese es el sonido del dinero. Mis oídos se deleitan con el ruido de la polución y el ruido de los coches y el ruido de los silbatos de la policía: todo eso no es más que el sonido del dinero. Cada segundo que pasa, la gente va arrojando por los tubos de escape sus ahorros de un mes. ¿Y adónde va a parar todo ese capital? ¿A las alcantarillas...? No; nosotros, los de la industria del petróleo, recogemos lo que la gente tira tan alegremente por la borda; les vaciamos los bolsillos y aún encima nos lo agradecen. Ja, ja, ja... ¡Cómo me gustará leer esto mismo en las páginas de algún libro suyo!

¿Y qué pasará luego, cuando todo se acabe? ¿Qué mundo podrido legarán a las futuras generaciones? –repliqué al punto.

Señor mío, hace unos setenta años llegaron los alemanes y dejaron Europa para el arrastre. Mis padres tuvieron que resolver el desafío de la supervivencia. ¡Y qué bien supieron resolverlo! Si de aquí a... ¿cincuenta años?... nuestros hijos no tienen con qué vestirse, de qué comer ni dónde localizar agua potable, ¡que se las apañen ellos de la misma manera que nosotros supimos reconstruir el continente tras una guerra atroz! A cada quien, sus preocupaciones del momento. Las nuestras, hoy por hoy, consisten en aumentar las ganancias, proseguir la hegemonía del petróleo en el mundo y mantener un mínimo nivel de estabilidad que sirva a nuestros intereses. Si mañana el panorama cambia, no importa en absoluto. También es posible que pasado mañana caiga un meteorito sobre la tierra y nos libre, entonces, de dudas y preocupaciones.

Señor, yo le prometo a usted que muy pronto aparecerá en mi blog un artículo que hable de este encuentro, tal y como me acaba de solicitar.

Muy bien. Celebro su decisión. Pero no dé nombres, señor Martínez, ni revele la identidad para la que trabajo. Figúrese que mi abogado, preocupado de hacer las cosas como a mí me gustan, podría hacerle a usted la vida muy... muy... difícil.

La amenaza quedaba implícita, pero yo la capté perfectamente. A los pocos minutos nos despedíamos estrechándonos las manos. Fui al encuentro de mi mujer, con quien pasé un fin de semana estupendo en la capital de España. Y nos volvimos al cabo a nuestra pequeña ciudad, en el norte de Francia, donde me esperaba un montón de trabajo acumulado, dentro del cual no podía faltar, apreciado lector, este artículo que ahora terminas de leer.