Los colegas les esperaban en un local de la calle 31 de diciembre. Era un garito como hay muchos, donde se podía escuchar música de tipo folk, beber largos tragos, fumar pitillos y golpear con los tacos las bolas del billar. Antes de pasar adentro, dijo Carlos a su amigo:

¿Qué les contamos a estos?

Que la zona estaba infectada de policías y que va a ser difícil que podamos trazar siquiera una raya en las paredes de la Sede Episcopal –contestó Ricardo.

Podíamos haber esperado un poco más. En media hora que hemos estado allí, sólo hemos visto pasar un coche.

¿Te parece poco?... Multiplica media hora por cuarenta y ocho, que son las que componen un día entero, y verás cuántos coches te salen. Con tanto movimiento, imposible que podamos hacer algo sin arriesgar tontamente el pellejo.

Bueno, esa es tu opinión. Veremos qué dicen los otros.

Empujaron la puerta y se metieron en el interior de un pub sumido en la penumbra. Sonaba cierta música de fondo que irritaba los oídos poco habituados a las melodías más bien estridentes. Las mesas eran pringosas; las columnas repletas de fotos de chicas «bien»; al fondo unos pocos se jugaban la paga de la semana haciendo chocar las bolas del billar unas con otras.

La pareja fue a reunirse con un grupito de ocho personas sentadas en torno a una mesa cuadrada próxima a la barra de acero inoxidable.

¿Qué hay? –preguntó uno que tenía un brazo sobre la tabla y la jarra de cerveza al lado.

Carlos y Ricardo tomaron asiento.

Malas noticias –anunció el primero bajando la voz–. Los gendarmes merodean la zona. Como ha sido declarada de interés turístico, me temo que la vigilan día y noche. Nosotros hemos estado allí un buen rato y hemos vista circular... Dejadme que haga la cuenta... Lo menos tres vehículos.

Carlos dijo esto y buscó con la mirada el apoyo tácito de su compañero de expedición. Ambos sabían que era mentira lo dicho; pero una mentira a tiempo es capaz de evitar muchos, muchos problemas posteriores.

Te equivocas –replicó Ricardo–; no eran tres sino cuatro los coches que hemos visto rondar por allí.

Pues serían cuatro –dijo Carlos–; sin duda tú estabas más atento que yo e hiciste bien las cuentas. ¡Cuatro coches en tan solo media hora de vigilancia! ¡No sé cómo nos las arreglaremos para dibujar grafitis en el Palacio de los curas!

Los chicos se miraron:

Una de dos: o renunciamos al proyecto o nos acercamos por el palacio a las cinco de la madrugada para comprobar si la circulación de patrulleros se mantiene igual de firme en esas horas tardías –propuso Moreno, quien también formaba parte del grupúsculo de conspiradores.

Que levante el brazo el que...

Se realizó el voto a mano alzada, al final del cual resultó que Moreno y Ricardo acudirían a eso de las tres de la madrugada del día siguiente. La sesión quedó al punto cerrada; quiero decir, que se pusieron a beber como cosacos, dejando de lado el asunto que tanto les preocupaba.