Escuché una vez en la radio a un filósofo que decía que hay diferentes tipos de «fealdad»: una cosa puede ser fea por naturaleza; porque así lo establecen los cánones sociales; o porque posee un añadido, un plus que lo hace feo. Y puso el ejemplo de la guapa moza que en una parada de autobuses, esperando, se dedica a masticar chicle. La chica es guapa –según los parámetros sociales– pero el plus del chicle la afea, deforma momentáneamente su pretendida belleza hasta que deja de ser tal.

Este tercer tipo de fealdad –proseguía nuestro filósofo– está expandido en nuestros días por todas partes: la hermosa fachada de un edificio que acaba de ser pintarrajeado; el robusto árbol al que mutilan sus ramas; la playa contaminada por las bolsas de plástico y otros desperdicios de la humanidad; la bella estampa de un grupo de manifestantes que se acompañan de todo tipo de cacofonías: silbatos, caceroladas, insultos a la autoridad...

Partimos de que algo es hermoso en sí y, en virtud de algún añadido, se transforma en feo... La música que suena a deshoras (son las tres de la madrugada) sería un acto incluso sublime, noble, si no perturbáramos con ella el sueño de los vecinos.

Un ejemplo más: voy a la tienda y descubro en la estantería una radio de última generación, con botones, luces y asombrosos altavoces. Pero, ¿para qué me sirve un aparato tan sofisticado si las emisoras locales y nacionales son insoportables, no ofrecen interés alguno?

Es como si lo feo hubiera contaminado hasta el último objeto que hubiésemos podido calificar de hermoso.

Dentro de esta progresión de la fealdad, la costumbre de masticar chicle avanza imparable: se ha transformado en su símbolo universal.

¡Viva, pues, lo feo; sigamos masticando chicle, que es gerundio!