El gobierno de un país como Francia sigue un razonamiento coherente con su propósito inicial: «debemos aumentar los ingresos y disminuir los gastos; todo ello, sin enfadar a nuestros amigos los empresarios, a la vez que damos a entender al pueblo que las medidas son necesarias.»

La idea consiste en llenar las arcas del Estado al mismo tiempo que se reducen los gastos públicos; pero siempre a expensas del pueblo, que es quien termina pagando y manteniendo la desmesurada codicia de unos pocos.

Lo de la huelga es hoy un mecanismo que sirve a los intereses de los patrones y del Estado, entendido éste como un feroz monstruo recaudador de impuestos.

Si hacemos las cuentas, pronto averiguamos quién sale ganando (y los beneficios ascienden a miles de millones) cada vez que el pueblo se moviliza:

El Estado penaliza a sus funcionarios cuando estos no acuden al trabajo. Un día de protesta social supone para el Tesoro Público un ahorro inconmensurable.

Este mismo Estado convierte los medios de locomoción por carretera en su principal fuente de ingresos. Periódicamente, se desanima a la gente a que tome los transportes públicos: estos se ven demasiado a menudo perturbados por las huelgas, cuya frecuencia ha sido establecida de antemano a través de un calendario oficial. De este modo, quien más y quien menos necesita el coche, no puede prescindir de él, y el Estado, contento, hace lo posible y lo imposible por que el servicio de trenes funcione a medias.

Los patrones también se frotan las manos cuando la huelga sólo dura un par de jornadas, ya que una interrupción de la producción permite colocar en el mercado los excesos de la misma. Es como si vaciaran el almacén para que éste no desborde. Además, también aplican la correspondiente penalización en las nóminas, con lo cual el beneficio es para ellos doble: regulan la producción a la vez que los obreros cobran menos ese mes.

La gente sale ruidosa a la calle, vocifera, arma un atasco fenomenal... Y, mientras tanto, los que mandan se felicitan¹ al pensar en las ganancias que de dichas manifestaciones se procuran.

Si la muchedumbre saliera a protestar por motivos realmente serios: la destrucción de los ecosistemas, la contaminación de los ríos y mares, el saqueo del planeta por parte de unos criminales que cuentan con el apoyo de las instituciones, entonces los políticos de turno impedirían por todos los medios este tipo de manifestaciones.

Mientras la gente solo se ocupe de su bolsillo, todo irá bien para los ricos que nos engañan un día sí y el otro, también.

 

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¹Supongamos que el gobierno tenía prevista la anulación de la reforma como consecuencia de las protestas sociales. Entonces, la movilización sería una pantomima cuyo desenlace se sabía de antemano; solo que mientras tanto el Estado ha obtenido cuantiosos beneficios. La huelga sería desde esta perspectiva un negocio más orquestado por el poder público.