Os voy a contar una anécdota que alguien me refirió hace algunos años. Eran los tiempos de la posguerra y el hambre apretaba las clavijas a buena parte de la población. En aquella familia había seis bocas que alimentar: tres niños, dos adultos y un bebé. Alguien, no diré quién, notando en demasía los retortijones en el estómago pensó que si robaba un poco de leche del biberón para la niña y disimulaba lo robado con agua, nadie se daría cuenta del hurto. Lo malo fue que a todo el mundo se le ocurrió la misma estratagema. La pobrecita lloraba desconsolada y los biberones que le administraba su madre no bastaban a apaciguar su hambre. Alertados con los signos de debilidad creciente, la llevaron al consultorio, donde el médico diagnosticó enseguida una anemia por falta de nutrientes.

Esta historia es un reflejo de lo que sucede en la actualidad a una escala verdaderamente alarmante para la población. Supongamos que los productos que nos venden en el mercado han pasado por diferentes manos antes de llegar a nosotros. Supongamos también que estos intermediarios actúan como los miembros de aquella familia: por aumentar sus beneficios, suprimen algún nutriente al alimento que luego nos venden en las tiendas. ¿Qué valores nutritivos le quedan al final de este proceso al consumidor? Ninguno que le sirva de provecho. Como pasaba con el biberón de nuestra historia de posguerra: la leche la transforman en agua coloreada o, lo que en este caso sería lo mismo, pura apariencia de un alimento que en realidad no alimenta nada.