Cuando hablo con las personas, la mayoría coincidimos en dar un diagnóstico: «Esto no tiene arreglo; estamos en un callejón sin salida; la debacle no hay quien la pare.»

¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Por qué los problemas de la humanidad, lejos de resolverse, se agravan cada vez más? Y hablo de problemas mayores: sequías, hambrunas, pandemias reales (no las inventadas por los medios y la industria farmacéutica), accidentes de todo tipo, crisis en el empleo y en la inmobiliaria... Lo único constante dentro del caos es que los ricos acaparan mayores riquezas. Las diferencias entre rico empresario y asalariado pobre son hoy, digo bien, «abisales».

Y si hemos llegado a esta situación, ¿por qué nada puede hacerse para remediarla?

La respuesta salta a la vista: los gobernantes son cómplices de los magnates sin escrúpulos; los primeros ponen al servicio de los segundos tanto el cuerpo de policía como los medios de información y opinión pública. Al que se desmadra lo encierran entre barrotes, o lo expulsan del país, o lo dejan sin voz y sin prestigio tras una campaña de difamación.

La sensación que nos queda ante el absurdo espectáculo que ofrece el mundo se resume en una sola palabra: impunidad. Los grandes criminales de los cinco continentes actúan de modo tan impune que a mí me da vergüenza pertenecer a la especie humana. Destruyen regiones e islas enteras; exterminan especies que nunca más volverán a existir sobre la faz de la tierra; vacían los mares y océanos de peces; cambian el curso de la humanidad al modificar el clima; contaminan ríos y cielos; asolan países enteros; esclavizan a poblaciones milenarias; expanden enfermedades como si de panes se tratara; inventan guerras; arruinan continentes; destruyen las cosechas de los campesinos; convierten el comercio entre los hombres en una guerra cruel donde el pez grande siempre se come al pez chico; acaparan títulos y dineros; sobornan jueces; se ríen de la gente; se construyen palacios con el dinero sacado de la extorsión y del contrabando; y viven mejor que reyes, mejor que el príncipe más dichoso de cualquier época pasada.

Todas estas tropelías y más se cometen a diario y estos villanos quedan del todo impunes. Nadie les va a parar los pies; nadie les va a impedir que sigan destrozando el futuro de la humanidad. Mientras la tierra aguante, mientras queden recursos, mientras el petróleo perdure continuarán, enfermos de egoísmo, dueños del mundo, con una única idea en la mente: «yo y mi riqueza. Que el mundo se vaya al carajo, no me importa.»

Y de este modo se explica por qué nos hallamos en esta especie de callejón sin salida: los peores criminales son los mismos que nos gobiernan; y no solo eso, sino que actúan de forma impune. Cuando el ser humano se pone a destruir, hasta que no cae la última piedra no para. En esas estamos, hasta que no hayan agotado el último recurso no van a parar, aun a expensas del porvenir.