Dice el diccionario de la RAE:
ruido.
(Del lat. rugĭtus).
1. m. Sonido inarticulado, por lo general desagradable.
2. m. Litigio, pendencia, pleito, alboroto o discordia.
3. m. Apariencia grande en las cosas que no tienen gran importancia.
4. m. Repercusión pública de algún hecho. Sus declaraciones han producido mucho ruido.
5. m. Ling. En semiología, interferencia que afecta a un proceso de comunicación.
6. m. germ. Hombre que hace tráfico de mujeres públicas.
Por consiguiente, ruido sería un derivado de «rugido» y no de «roído», como yo había dicho en una ocasión anterior. Pero esto importa poco; lo que me interesa ahora es llamar la atención sobre la acepción quinta de la palabra: el ruido como sinónimo de «interferencia» que pone un obstáculo a la comunicación.
Desde este punto de vista, advertimos que lo que llamamos ruido puede ser tanto acústico como visual. Es posible perturbar una conversación ya sea por medio de los gritos o porque visualmente hay algo que entorpece el diálogo. Un ejemplo es la señal defectuosa que recibimos en nuestras pantallas: a veces existen interferencias que impiden una imagen correcta. Estas interferencias son en realidad una forma visual de «ruido».
Que vivimos en una sociedad ruidosa a más no poder, es algo evidente: basta con salir a la calle para comprobarlo. En las personas de hoy se dan tres constantes en continua progresión:
–Cada vez estamos más sordos.
–Cada vez hablamos más rápido.
–Cada vez estamos más gordos, lo cual no significa (bien al contrario) más sanos.
Sucede un poco como con el tema del azúcar: a fuerza de ingerir dulces y coca-colas nos estamos quedando ciegos. ¿Sabe la población que hay una modalidad de diabetes que afecta exclusivamente a los ojos, y que esta diabetes se multiplica por dos o por tres cada año que pasa?
De aquí a un par de décadas, si la vida en la tierra no se ha extinguido todavía, las futuras generaciones estarán todas sordas, con problemas de peso, de circulación sanguínea, hígado y riñones, aparte de ciegos, pues la ingesta incontrolada de sal y azúcar no parece que se vaya a parar.
El habla refleja la sociedad en que vivimos; si hablamos cada vez más rápido es básicamente por dos razones: primera, no escuchamos lo que dicen los otros; segunda, estamos estresados porque no tenemos ni siquiera tiempo para vivir y respirar a gusto.
En medio de este caos de atropellos y equilibrios de salud seriamente amenazados, se instala como Pedro por su casa el ruido visual, que es un vivo reflejo del ruido acústico de las calles.
Es muy fácil comprobarlo: al encender las pantallas de los ordenadores descubrimos que la publicidad intempestiva y mareante invade los rincones, no deja un espacio libre. Se trata de ese ruido visual que obstaculiza la comunicación entre los internautas. Conforme avanzamos hacia la nada nos llenamos de ruido, lo mismo que un pez que en el espasmo de su agonía da coletazos de desesperación y lanza burbujas en las aguas turbias de su muerte.


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