Una tarde de abril estaba de paseo doña Matilde con su hija de tres años por el dique del puerto; era un sitio donde solía soplar con fuerza el viento. En aquella ocasión tampoco faltó a la cita. La niña, que llevaba trenzas, un vestido azul coqueto y un carrito donde viajaba muy bien puesta la muñeca, iba cogida de la mano de su mamá. Pero a la muñeca no la sujetaba nadie. Así que, a causa de una de las acometidas del viento, acertósele a desprender la bota izquierda del pie correspondiente. Era una prenda fabricada con caucho verde. Y antes de que la chiquilla tuviera tiempo de agacharse para recogerla, y antes de que su madre se apercibiera del drama, aquella bota, como impulsada por un mecanismo diabólico, recorrió veloz la baldosa y, arrojándose por la barandilla, fue a parar al fondo del precipicio, que no era muy hondo, pero sí que estaba lleno de rocas que allí servían de rompeolas. ¡Menudo drama! La niña se puso a llorar amargamente; pero era lo cierto que doña Matilde no podía hacer nada por consolarla porque descender hasta allí suponía asumir demasiados riesgos.
Así pues, con lágrimas y suspiros dejaron la bota donde había caído, la muñeca descalza, y a la rubita sin consuelo alguno. Y aunque todavía no estábamos en agosto, aquel incidente supuso «el agosto» de uno que yo conozco: cierto cangrejo no más grande que mi pulgar. Precisamente, acababa de quedarse sin casa, pues la caracola donde antes vivía había sufrido un percance: se le había formado un agujero en el corazón de la espiral, y por eso el cangrejo se había visto obligado a renunciar a ella, puesto que cada dos por tres se llenaba de agua y no podía ni respirar allí dentro.
Y justo cuando vagabundeaba por las rendijas de las rocas en busca de otra casa que echarse a los hombros, digo, al caparazón, hete aquí que la buena fortuna le arroja desde el cielo una casita como nunca antes había visto, con su habitáculo, su entradita, su decoración ejemplar y color llamativo: un verde turquesa que no dejaría de llamar la atención a las señoras cangrejas. Porque el mundo ha de saber que los señores cangrejos compiten entre sí para ganarse el favor de las damas. Quien más y quien menos anda buscando la concha más original, o la caracola más sonora, a fin de conquistar a la dueña de sus desvelos. Y eliminar, de paso, a los rivales, que por aquella parte de la costa no faltaban.
El cangrejo protagonista de esta historia debió de pensar sin duda que había encontrado el arma fatal, el artilugio con el que conquistaría a la cangreja más exigente. Y, ni corto ni perezoso, se introdujo en el agujero que ofrecía el caucho; comprobó que no estaba ocupado; se dio la vuelta; sacó por la apertura nada más que las antenas, los ojos, las dos pinzas y la mitad de sus patas, con las que empezó a correr en dirección de la próxima ola moribunda que quisiera enterrarlo en la arena, donde ya se las ingeniaría para localizar a sus congéneres y mostrarles el hallazgo.
Estaba seguro, segurísimo, de que iba a causar sensación. Y en eso no se equivocó, pues en cuanto lo vieron llegar tan estrafalariamente adornado, con ese aparato bélico propio de hombres (que ya algunos barruntaron la procedencia de tan singular objeto), salieron en estampida. En realidad, habían sospechado que tras la primera bota aparecería la segunda y que cada una por su lado, o las dos juntas, se liarían a pisotones y no dejarían bicho viviente que pudiera contar luego luego la tragedia.
Resulta extraño que ninguno advirtiera que aquella bota no era como las demás, porque en lugar de desplazarse con la suela pegada al suelo, lo hacía al revés, con la suela a modo de chimenea, cosa que en verdad es extraordinaria. Pero ya sabemos que los cangrejos tienen la vista orientada hacia atrás; a lo sumo son capaces de mirar a ambos lados, nunca de frente. Y esto explica por qué nadie cayó en la cuenta. O por lo menos explica por qué tardaron más de lo debido.
–¡Compañeros! ¡Compañeras! –gritaba eufórico el susodicho.
Al cabo de algunos minutos, hubo de reconocer que se había quedado solo en el mundo. ¡¡La envidia!! ¿Conque era eso...? Ya se figuraba él que si por alguna razón lograba sobresalir, los de su especie se lo harían pagar bien caro: con la moneda de la indiferencia y el menoscabo y la insolencia y, y... en fin, ¡la envidia! ¿Solo, pues, en el mundo?... Le daba igual; no iba a desechar por eso una casita que, la verdad sea dicha, se acomodaba muy bien a sus gustos y necesidades.
Y asomando la chimenea de caucho verde por encima de la superficie, se encaramó a una piedra plana, donde se puso a tomar el sol, a la vez que rastreaba entre el liquen adherido a la roca partículas que le sirvieran de nutrientes, para lo cual se servía de las pinzas que era un primor. En torno a la boca brotaban burbujas; era porque tenía que digerir la sal contenida en el agua, y eso le costaba siempre algún esfuerzo. En cambio, ignoraba lo que era padecer mal aliento.
Notó a sus espaldas cierto ruido sospechoso. Se volvió, iracundo, presto a entablar combate con quienquiera que fuese el intruso, esgrimiendo ambas tenazas, que hacían plis plas plis plas, y hubieran podido asustar a todo un ejército de hormigas, cuando descubrió para su sorpresa que una cangreja, la más valiente quizás, había huido de la vigilancia paterna y se había acercado sigilosa hasta él, intrigada sin duda por la naturaleza de aquella casa nunca vista hasta entonces por aquellos lugares.
–¿Me dejas tocar...?
–Toca, toca... Esta concha es la más auténtica que el mar nunca nos haya proporcionado. ¿A que es original?...
Y la cangrejita aplicaba curiosa y temerosa las pinzas a la goma, que era blanda y permeable y lisa como la cara de una luna pintada de verde. ¡Qué prodigio! Hubo de reconocer al cabo. Iba a rendirse y ofrecer su amor al osado cangrejo, dueño de tan insólita morada, cuando asomó por el borde de la plataforma el insufrible rival.
–¡Tú! ¡Truhán! ¡Ven aquí, si te atreves, y mide tus fuerzas con las mías! ¡Y prueba la dureza de tus pinzas con la dureza de mis pinzas! ¡Y acométeme y embísteme como un toro, que yo te acometeré y embestiré como un león! ¡Ajá...!
Y desplazándose ambos de lado, principiaron cruel combate. Si el uno luchaba con la casa-bota-de-caucho-verde encima, el otro lo hacía medio camuflado en una conchita blanca que exhibía en el centro una hoja de mandrágora, la planta más exótica que por aquella zona había podido localizar.
La pelea fue bastante reñida. El rival había cogido un trozo de caucho con una de las pinzas y levantado en el aire casa y habitante al mismo tiempo, dejando a éste con las ocho patas hacia arriba, lo cual le supuso una gran vergüenza, pues adivinaba que los demás le estaban observando, sobre todo la damisela que le había dirigido la palabra.
Por suerte, se repuso enseguida y bramando como un búfalo agarró con su pinza la pinza del enemigo y empezó a forcejear con ella, como si quisiera arrancarla de cuajo, aunque más bien faltó poco para que fuera el otro quien arrancara la suya. Pero logró amarrarse bien al liquen de la piedra y darse la vuelta, de manera que apareció por el otro lado, dejando a su enemigo con dos palmos de narices, tan desconcertado que no vio venir el par de tenazas que se le clavó en la testa.
Y nuestro amigo siguió apretando, apretando, hasta que el contrario se vio precisado a pedir auxilio y, tan magullado como herido en su amor propio, se alejó de la arena pública caminando de espaldas.
Algo abollada quedó la pobre bota de caucho. ¿Qué importaba? Vino corriendo la señora cangreja. Ansiaba unirse al vencedor en un soberbio abrazo. Y se abrazaron. Y juntaron sus rojos caparazones. Y entrelazaron sus cuatro pares de patas. Y se hicieron cosquillas con las puntas de las pinzas. Llegó una ola y los envolvió en una espuma nupcial. Fue cuando nuestro héroe descubrió que a su nueva casa le había salido un agujero por donde penetraba incansable el agua. No era aquel el momento de decírselo a la dama. Calló, pues, y se entregó con estrépito de océanos y espanto de sirenas a las delicias del amor.


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