Era una roca situada a pocos metros de la costa. Tan poca cosa era que ni siquiera las gaviotas se dignaban tomar el sol en ella acicalando sus alas. Sobresalía poco más de dos metros de la superficie y vista desde lejos adquiría una silueta graciosa, un perfil casi femenino, con formas redondeadas y amables sugerencias. Pero en cuanto el observador se aproximaba a la orilla descubría el engaño y cesaba de conmoverle la dichosa piedra, que tan burdamente imitaba la figura humana.

Cierto día de los calurosos de agosto, a horas tempranas, llegó junto a la sirena de piedra un joven que, a fuerza de bracear y pugnar con las olas, se había alejado de la orilla para encallar en ese lugar apartado, como si fuera una barca maltratada por el vaivén de las aguas. Era un bravo y apuesto muchacho, campeón en lo de gastar bromas, alegre como nunca se ha visto, dicharachero, muy amigo, en fin, de sus amigos. Comenzó a nadar a la vera de la enhiesta roca, que le inspiraba sentimientos de calma y misterio a la vez, cuando sintió una especie de chapoteo, no, mejor fuera decir de ron-ron opaco, similar al de un guijarro chocando con las aguas de un río. Afinó el oído, agudizó la vista, pero no fue capaz de esclarecer la procedencia de tan singular sonido. El caso era que a los pocos segundos volvía a oírse. Finalmente, tras descartar un buen número de posibilidades, se dijo que aquello era como... ¡el sordo latido de un corazón!

El aire transparente de la mañana jugaba a rizar la superficie algo vaporosa de un mar tranquilo, un mar mediterráneo y espléndido. Las gaviotas pasaban sobre su cabeza chillando, persiguiéndose, buscando un asidero donde interrumpir el apacible vuelo. Era uno de esos momentos tranquilos en que la brisa te susurra canciones dulces de amor indolente si te aproximas a la costa, y en que las huellas se hunden en la arena de las playas solitarias, como si estuvieras caminando sobre un mundo nuevo, recién descubierto: solo la nieve virgen procura una sensación igual.

Pero aquel tamborileo febril no parecía provenir de ninguna parte. Miraba cada uno de los entrantes y salientes de la roca; miraba los contornos de un perfil severo, inmóvil, poblado de maleza, y no hallaba indicios de algo extraordinario que estuviera ocurriendo a su alrededor.

Observó la costa: las olas continuaban arrojándose dóciles sobre la arena de la playa desierta. Ningún turista había asomado aún para abrir la sombrilla o extender la toalla donde acabaría depositando lo mismo las horas de aquella jornada que el peso de su persona.

Le hizo sonreír esta ocurrencia, cuando volvió a sentir el misterioso latido. De pronto tuvo la certidumbre de que procedía del otro lado de la superficie, de las profundidades del mar. Decidió meter entonces la cabeza bajo el agua, manteniendo los ojos bien abiertos.

 

Lo menos había siete metros antes de tocar el fondo arenoso, un fondo lleno de algas que entregaban sus múltiples brazos al capricho de las corrientes submarinas. No tardó en averiguar que bajo la superficie la estatua prolongaba su perfil, un perfil que había sido colonizado por la vegetación, de forma que la roca caliza apenas se hacía visible. Cuando se acercaba a ella sonaba con mayor violencia el extraño ruido; dentro de su propia cabeza le parecía ahora que sonaba: era como si le fuera a hablar al oído.

Contuvo la respiración, y, ya cerca del fondo, empezó a palpar las asperezas de la esfinge hasta descubrir un bulto camuflado entre dos piedras. Metió la mano. No podía ser una langosta; aquello proyectaba un reflejo negro como el ópalo, negro como el carbón.

Olvidó subir a la superficie para respirar. Aquella bola de negra sombra le hablaba, le susurraba una triste canción:

 

«Soy el espíritu cristalizado de esta sirena convertida en piedra. Si ahora me ves inmóvil, en otro tiempo nadé bajo las aguas, junto a las quillas de los barcos. Confundí marineros. Muchos dieron sus vidas por mí. Se arrojaron impetuosos al agua y no tuvieron fuerzas para regresar. Sus compañeros de tripulación no se quedaban nunca a esperarlos. Tú también serás..., serás un ahogado como los otros.

Escucha este lamento que entonaban mis hermanas las sílfides, hace de esto muchos, muchos centenares de décadas...

 

Dios creó el mundo a la perfección. Ni un átomo se salía de su esfera. Ni un mísero grano de polvo dejaba de encontrar una playa esplendorosa donde ubicarse. Dios, cuando creó el orbe, no contaba con el caos. El caos fue en realidad el resultado de un accidente...

Recién acababa su faraónica obra, cuando no pudo reprimir un estornudo, y de este estornudo nació el caos que duraría mil años, puesto que las moléculas que forman todo lo creado se salieron de sus órbitas, se chocaron unas contra otras, provocando el gran cataclismo.

Y cuando las cosas volvieron a su cauce, a Dios le había salido –fruto de este tropiezo– una criatura hecha a su imagen y semejanza. Era el hombre. Era el hijo del caos original. Y esta criatura, tan idéntica al Todopoderoso, había aterrizado en este planeta azul por pura casualidad, porque del caos siempre se derivan consecuencias nunca previstas.

Siendo, pues, igual la copia a su original, al ser humano le esperaba un fatal destino, marcado por el engorro de los estornudos. Sí, en los momentos claves de la historia siempre ha entrado en juego este famoso estornudo, que ha sido el factor decisivo de la buena o mala suerte del común de los mortales.

El fuego se comenzó a controlar gracias al azar de un estornudo: Los hombres primitivos se asustaban de las sombras; sus propias sombras les infundían un pánico incontrolado. En las noches de invierno, buscando abrigo en las cuevas, topaban con las sombras de las paredes y salían despavoridos afuera. Pero afuera les esperaba el frío y la inmensa soledad de un mundo no domesticado. Por las mañanas se colaban los tibios rayos del sol y se reflejaba como una caldera hirviendo en las paredes del fondo. Hasta que alguien estornudó y las llamas reflejadas en la roca temblaron un instante. Ese alguien descubrió entonces que el sol no era todopoderoso: se ponía a temblar como cualquier otro bicho viviente. El sol sabía lo que era experimentar miedo. Y fue por eso por lo que el hombre se sintió capaz de domesticar las llamas.

La agricultura también fue fruto del azar de un estornudo: alguien colectaba manzanas y otros frutos silvestres; mordía aquí y allá; pero siempre descubría el gusano que salía del corazón del fruto; asqueado, lo arrojaba lejos para coger otro de la rama más próxima. En una de estas colectas, le dio por estornudar justo después de hincarle el diente a la pulpa de la fruta. Y la manzana salió despedida de su brazo liberando en su corto viaje el increíble tesoro que dentro de sí almacenaba: las pepitas. No eran pepitas de oro; pero al primer agricultor de la Humanidad sí que se lo parecieron. Las recogió del suelo, contó las que había reunido en la palma de la mano. Eran cinco. Las cinco maravillas de la creación. Ahora ya sabía lo que tenía que hacer acto seguido. Las enterró; regó el suelo; y esperó, esperó el tiempo que hiciera falta. Aquella intuición primera, que fue fruto de un estornudo, no le había traicionado. Las minúsculas pepitas de la manzana salvaron del hambre al resto de la humanidad.

Finalmente, te contaré cómo un simple e inoportuno estornudo decidió la suerte en la batalla de Waterloo. Napoleón había sido hasta entonces un estratega ejemplar, un sagaz anticipador de las maniobras enemigas comparable a Carlo Magno. Pues bien, era la hora del mediodía cuando reunió a sus generales para dar las últimas instrucciones y analizar de forma conjunta lo que a continuación debía hacerse en el campo de batalla. Habían puesto una mesa en pleno aire libre, junto a la tienda de campaña. Un olmo viejo los abrigaba de los rayos estivales; se levantó la brisa y esta leve corriente fue la causa de la perdición de todo un imperio. Napoleón decía en ese momento: «Nous devons partir à droite», y, merced a ese estornudo, los altos militares que le rodeaban entendieron: «Nous devons partir tout droit».

En cualquier campo de batalla que se precie no es lo mismo «torcer a la derecha» que seguir con los cañones «todo recto». Esto fue, no me cabe duda, lo que motivó la derrota del gran Napoleón Bonaparte. Fue por culpa de un estornudo. ¿Quién lo diría?

Y ahora voy a contarte por qué estoy aquí, transformada en piedra, mecida para siempre por las aguas de este mar dulce y agradable. Yo soy una de aquellas que cantó a Ulises, mientras éste se tapaba los oídos con cera, se hacía atar a la base del palo mayor, y sus marineros se arrojaban uno tras otro por la borda, en pos de la muerte, que era atraída por nuestro canto infernal. Pero él no. Él no se dejó impresionar por la inefable delicia de nuestra voz. ¿Cómo podía ser esto? Nuestro enfado iba en aumento, cuando Neptuno, el dios de los océanos, se apercibió de lo que pasaba y quiso salvar al intrépido marinero de nuestro malévolo influjo.

El canto de las sirenas enmudecería para siempre bajo la engañosa calma de las aguas saladas, cuando, ¡oh, travesuras del destino!, un estornudo de mi padre, el del tridente, nos hizo rodar al fondo como si fuéramos peñas que arrastran consigo otras peñas, toda una pared que se desploma de golpe. Yo y mis hermanas nos convertimos en las rocas salientes que adornan esta costa. Algunas personas, en la distancia, me confunden con un ser real, de carne y hueso. ¿No es eso fantástico?...»

 

En aquellos instantes, el muchacho se dio cuenta de que faltaba aire en sus pulmones. Soltó el corazón de piedra y trató de ascender a la superficie. Pero, ¡ay!, el mar estornudó una vez, quiero decir que tembló y catapultó al joven visitante en los pies de aquella sirena misteriosa, en realidad, contadora de sueños.