«El tiempo da y quita razones», la verdad de este refrán la pude comprobar yo mismo al cabo de algunos meses.

Estimado lector, si habiendo llegado hasta aquí aún no has adivinado el papel que yo interpretaba en este enredo insular, te diré que mi nombre es don Segundo Sombra, mal conocido con el apodo de Avanti. Sí, yo fui el jefe de la frutería del supermercado sito en la calle Pérez Galdós.

Hace algún tiempo abandoné ese oficio sedentario, más propio de burgueses ociosos que de un marinero valiente como yo lo había sido en mis años mozos.

Cierta dolencia en la espalda me ha dejado una paga mensual, y, aunque sea escasa la cantidad que recibo, me las apaño bastante bien porque mis necesidades no son tantas ni mis gustos tampoco me piden a cada rato que me costee viajes a la luna.

Soy dueño de mi tiempo. Este mar tranquilo es depositario de mi corazón. A él dirijo mis plegarias.

Sentado en los bancos del muelle de la flota pesquera mallorquina, con las redes azules extendidas a mi lado para que un marino las vaya zurciendo, acude casi a diario mi buen amigo el ex podólogo don Simón. Desde que se casó con cierta dama de alta cuna no para de quejarse.

¡Ah, las mujeres!... –sonrío yo para mis adentros.

Y con la verbosidad que le otorga el poder disponer de todo el santo día me va refiriendo su vida de casado, su vida de «cordero», su vida de respetable señor que cuida la salud de una mujer aquejada de Alzheimer. Él no se atreve a protestar abiertamente. Comenta de pasada, entre suspiro y suspiro: «hay maridos que lo pasan todavía peor...»

Y en cuanto a Julia... Julia dejó de ser un buen día nuestra cajera de Palma. Ahora trabaja en un almacén de paños de la calle Olmos. Al parecer, su futuro suegro, el señor Eusebio Morales Blanco, persona respetable e influyente en estos mundos de Mallorca, ha conseguido colocarla allí, sitio más ventajoso que el ruin supermercado donde ella tanto se desesperaba y se mordía las uñas.

He oído anunciar que la boda está prevista para...

Bueno, este dato de la fecha todavía se me escapa, que yo no estoy al corriente de todo cuanto sucede fuera de mi maravillosa bahía, chispeante como las botellas de champán.

De tarde en tarde viene a verme a mi casa la de Costa de Marfil, la negra Verónica. De todas las personas con quienes trabajé en el súper es la única con la que mantengo algún contacto esporádico.

Cierto que me gustaría mucho casarme con ella porque, digo yo, «en este palmo de tierra o nos casamos todos, o no se casa ninguno.»

Y puestos a jugar con la aguja de marear... ¡Ah!, casi olvido contaros que los rumores de última ola sostienen que a Moreno lo acaban de despedir del almacén donde había estado desempañando labores de reponedor.

Me dicen también que ahora se dedica a recorrer las calles de la ciudad sin rumbo fijo, pues por el momento no encuentra dónde colocarse.