Le daba, pensativo, vueltas a la cuchara en la taza del café. Era uno de esos días grises, opacos, que se te suben a las costillas y comienzan a jadearte lo mal que va todo, lo mal que se presenta el panorama, lo mal que cocina tu mujer. Don Simón llevaba una racha de seis derrotas consecutivas. Cuando había entrado en el bar Costa de Marfil sabía de antemano que aquel no iba a ser su día; pero de ahí a perder cada una de las apuestas, de ahí a dejarse las ilusiones en la primera escaramuza, al quedar sus piezas desperdigadas por el tablero como si anhelaran salirse de él y saltar al vacío... La amplitud de la catástrofe superaba los peores pronósticos.

Se dijo que en ocasiones lo que conviene hacer es soltar amarras, dedicarse a otra cosa, mirar si es preciso un buen rato por la ventana, esperando que el buen orden y la armonía interior vuelvan a restablecerse, aunque solo sea por aquello de que «no hay mal que cien años dure».

Y mientras seguía dando vueltas a la cucharilla de la taza, con un codo apoyado en la barra y la mirada puesta en el tramo de la acera, meditaba sobre la mala suerte de su esposa, que había perdido definitivamente la cabeza.

En su calidad de médico jubilado, cosa más extraña, se había negado hasta el último momento a facilitar el recurso a las pastillas. Sostenía que la Naturaleza es sabia y que usar de los remedios que patentan los laboratorios es un recurso falaz, cuando no dañino: por una dolencia que curan originan cuatro en los órganos sanos, los cuales no logran neutralizar la invasión de los agentes químicos.

Había dicho a su mujer: «Emilia, si quieres mantenerte sana como una manzana, no acudas al consultorio. El doctor de cabecera que te atiende no piensa en tu salud, piensa en el dinero que le van a reportar las pastillas que te va a recetar, se adecúen o no a la enfermedad. Los de la industria farmacéutica le amoquinan tanto en concepto de comisión. Esto te lo dice uno que ha sido médico y sabe bien de lo que habla.»

Como era de esperar, doña Emilia no le hizo caso: continuó sus consultas, atiborró los cajones de medicamentos, jarabes y píldoras de diversos colores. Era el precio de su Alzheimer. De sobra sabía ella que esta dolencia exigía un desembolso considerable en remedios y medicinas. Y también era cierto lo que dicen de que se lleva por delante la memoria: ya no se acordaba de la cantidad que había invertido en sus visitas a la farmacia. Lo suyo se había convertido en una fiebre compulsiva por medicarse. Parecía que la hubieran drogado con tantas pastillas. Ya no era dueña de sus actos. Su marido se volvía loco de desesperación.

Dio otro sorbo a la taza. ¿Qué podía hacer él?... Casi nada, desesperarse solamente. Ahora la amaba de veras. Con sus setenta y pico, con sus achaques, con su Alzheimer y todo, no la cambiaría por una de esas damas emperifolladas que se pasean, coquetas y alegres, a lo largo del paseo del Borne hasta los molinos de la bahía.