En su afán por conquistar mercados, los comerciantes se dieron cuenta del poder que ejerce la voluntad del niño en el seno de las familias. Un niño es el cliente ideal para cualquier vendedor de baratijas:

No se cuestiona la utilidad de lo que compra.

Le encandilan fácilmente los brillos y oropeles que encuentra en los escaparates.

Pronto se aburre con la última adquisición y pide otra que la reemplace.

 

En definitiva, el niño suele ser caprichoso, egoísta y poco reflexivo. Es por consiguiente el cliente modelo, el que se dejaría engañar con el timo de la estampita, el que no haría ningún caso a la razón y permitiría el gobierno de los instintos primitivos.

¡Qué pronto lo averiguaron los parásitos de estos tiempos que corren! Han llenado las pantallas de un mundo de colores: un circo ideado para los niños, o bien para los adultos convertidos en niños.

Han infantilizado a la población entera: «No seas aguafiestas –te dicen–. No te preocupes por lo que pasa a tu alrededor. Piensa solo en tu bienestar. Piensa en lo que a ti te conviene. ¡Date el gustazo de consumir a tontas y a ciegas como hacen los demás!»

La gente que me rodea se ha vuelto tan mimada y caprichosa que necesita a todas horas que le cambien de entretenimiento, que le satisfagan sus antojos más pueriles –o si no se pone a patalear y a berrear como un crío–, y que le traigan cada semana nuevos juguetes para su circo-ocio.

Pocas veces dispone este niño-adulto de su tiempo. Si acaso le conceden media hora la emplea en ver la tele o en pasearse por los pasillos de los grandes centros comerciales, desperdiciando de este modo tardes enteras.

Habituado a tener muletas con que moverse, medios de locomoción que lo lleven a todas partes, máquinas que piensen en su lugar, comederos donde atiborrarse de productos perjudiciales para la salud, y bares donde llenarse la cabeza de humo y ruidos, exige como si fuera un derecho adquirido el poder disponer de su tarjeta de crédito, de su alarma para el coche, de su mando a distancia con que ser el dueño y tirano de su casa.

No comprende que todo ese bienestar físico se apoya en una serie de recursos que son limitados. Y tampoco quiere entender que cuando estos recursos se agoten (¡porque terminarán agotándose!) su mundo de yuppy se deshará como una pompa de jabón.