Pues sí que vives tú en alto –iba diciendo Verónica mientras ascendía por las escaleras angostas y sinuosas.

Ten cuidado, no vayas a tropezar y caerte, que los escalones son un poco traicioneros. Para la próxima vez que venga, tengo que comprar una linterna de bolsillo. A ver si no se me olvida, que con la mudanza no me aclaro. Son tantas las cosas que tengo en la cabeza que ya voy para el arrastre, de seguir así.

En realidad, subir hasta el último piso era una proeza: en cuanto se cerraba la puerta de la calle, se extinguía la luz, los ruidos de fuera se mitigaban, y la escalada se las prometía muy a oscuras, como si hubieran retrocedido del siglo XXI a aquellos remotos de las cavernas y la caza del mamut.

Haberlo dicho antes. Si llego a saber que vives en una especie de cueva, me traigo una caja de cerillas con que ir alumbrando la ascensión, que yo no soy fumadora y los mecheros no los han inventado para mí.

Es la quinta vez que subo por estas escaleras. Me tengo que acostumbrar, porque como no hay hueco para instalar un ascensor los vecinos se han hecho a la idea de que siempre va a ser así y no puede ser de otra manera. Eso sí, una luz eléctrica sí que podían poner, que por algo hubo revolución industrial en el siglo XIX, y ya vamos por el XXI si las cuentas no me fallan...

Julia, al hablar, jadeaba un poco por el esfuerzo de la subida. Tenía que contar cinco rellanos y la pared se torcía diez veces antes de alcanzar la penúltima puerta del inmueble, la de su casa. La última servía de entrada a la azotea, donde estaban los alambres de la colada y un par de casetas sin ventanas y con agujeros allí donde antes hubo puertas. En estos cuartos vacíos anidaban las palomas del barrio.

Llegaron al descansillo y Julia metió la llave en la cerradura. Lo primero que aparecía era el salón, con amplio ventanal de guillotina y la fachada plana y gris del hospital al otro lado de los cristales. A mano izquierda se abría un pasillo que comunicaba con una habitación amplia y un espacio hueco, donde estaba la nevera. Más allá de ese hueco se situaba la cocina, con su ventana abierta al patio de luces y su rincón para meter ahí la ducha, el lavabo liliputiense y el inodoro. Al fondo a la izquierda había una habitación también liliputiense, con ventanuco que daba a uno de los tejados del patio de luces. Y eso era todo: la alegría del hogar se concentraba en el saloncito, más ancho que largo, que era por donde se colaba la luz a raudales. Era probable que con un poco de ruido, con algo de movimiento y con una jaula habitada por el canario cantarín el piso recuperase las alegrías de antaño. Pero Julia no las tenía todas consigo; tal vez aquella vivienda padeciera el mal de la tristeza crónica y, entonces, por mucho que la llenara de humo y de risas, acabaría tan desconsolada como el suelo de baldosa gris que estaba pisando o esas paredes de cal, necesitadas de un par de brochazos con que disimular la humedad galopante.