Algunos vaticinábamos que el clima mundial alcanzaría un desajuste cuyas consecuencias serían impredecibles. A este momento clave de la historia lo hemos llamado «punto de ruptura». No era la primera vez que esto sucedía en el planeta; pero sí durante la era del hombre moderno. También es la primera vez que un ser vivo se convierte en la causa de semejante desaguisado, que actúa a fin de cuentas contra sus propios intereses.

La película «Home» nos daba diez años de plazo para cambiar nuestro comportamiento, nuestras costumbres depredadoras, basadas en el consumo a manos llenas. El «todo vale» nos conduce derechos a la ruina (es sólo cuestión de tiempo).

En 2010 el número de catástrofes roza el millar, lo que supone una progresión del 30% con respecto al 2009, que ya fue un año récord.

En mi novela «Tribulaciones de un español en París», escrita en 2009, pronosticaba un punto de ruptura climático y sus posibles consecuencias. Muchos me tildaron entonces de «alarmista».

Es cierto, me considero alarmista porque la situación en el mundo es hoy alarmante. El que no lo quiera ver, o bien sigue estando ciego o bien antepone sus intereses económicos al bienestar común y a la salud del planeta.

¿Y si de pronto hubiéramos llegado a ese famoso punto de ruptura?

Catástrofes naturales siempre las ha habido. Lo que ya no es tan normal es su frecuencia y su amplitud. En lo que va de año he contabilizado:

Una inundación diluviana en el continente australiano.

Graves inundaciones en Malasia.

Inundaciones en Canarias.

Inundaciones en el norte de Francia, región de Lille.

Inundaciones en la isla de la Reunión.

Huracán Yasi amenaza estos días las costas de Australia. Posee fuerza cinco y sus vientos alcanzarán los 280 kilómetros por hora. Es comparable al huracán Catherine.

 

Esto nos da un promedio de un desastre cada semana en lo que va de año. ¿Es normal? ¿Es lógico? Mucho me temo que asistimos a ese «punto de ruptura» al que vengo aludiendo. Que la Humanidad se prepare, porque de esta no nos va a librar nadie.