Dijo Ricardo: «Y luego, ¿qué pasó?»

Julia miraba hacia la ventana. Estaba pensando que en la pared habría espacio suficiente para colgar la jaula de un canario que llenase con alegría y notas de buen humor aquella pieza un poco triste. No obstante, había hecho desaparecer los vacíos de la salita poniendo un tresillo de flores estampadas aquí, una mesita barnizada allá, un paragüero de cobre en ese rincón, un perchero de latón en ese otro, y un mueble no muy alto, con dos cajones, donde reposaba la tele, en aquel ángulo junto a la puerta de cristales dorados que comunicaba con el resto del piso. Hacía una semana exacta que dormía en su nuevo domicilio.

En este tiempo le había ocurrido un montón de cosas: Ricardo había sudado tinta para hacer subir por el tramo de las escaleras la cocina de cuatro fuegos y horno, el frigorífico, los muebles, las tablas de la cama, el colchón de muelles y un armario bastante anticuado que le habían regalado los vecinos de la primera planta. Como muestra de su buen talante y generosidad, el tío Eusebio había obsequiado a la novia del sobrino pagando la factura de los electrodomésticos, así como la del tresillo rojo burdeos con flores estampadas de un azul claro.

Faltaban las cortinas (en la tienda de Casimiro Cuesta había echado el ojo a unas que estaban muy bien, de un verde cristalino). Faltaba alguna que otra imagen colgada en la pared (por cierto, pintarla de arriba abajo les había llevado toda la tarde del domingo). Faltaba la gracia de los adornos y demás objetos insignificantes, que transmiten el carácter, por no decir el alma, del hogar.

Dijo Julia:

Luego pasó que Milagros se ocupó de la clienta como si tal cosa. Don Jaime se puso a doblar telas para disimular su enojo; y yo me quedé pasmada, sin saber qué hacer. Te juro que en mi vida me había sentido tan fuera de lugar como en ese momento. Se me ocurrió de pronto echar una ojeada al jefe, siempre metido en su tribuna de madera, y descubrí que me estaba llamando con el dedo: «ven aquí, jovencita», parecía decirme. Me acerqué hasta la columna pensando que esos serían los últimos pasos que diera en la tienda. Pero no sentía por eso ninguna pena. Estaba claro que yo no servía para el oficio, rodeada de gente tan extraña, que consiste en vender telas y paños. Así que, en el fondo de mi ser respiraba con cierto alivio. ¡Basta de hacer el ridículo!, me decía sin apartar la vista del ogro. Este sacó como si fuera el ujier del Palacio de Justicia un dosier oculto en algún cajón. Lo empezó a leer murmurando, sin importarle que yo no captara el mensaje. Y eso que se trataba de mi despido o rescisión del contrato porque todavía estaba en el periodo de pruebas. Ni me molesté en leerlo por mi parte. En cuanto oí las palabras «anulación», «suspensión de la actividad», «compensación económica en función de las horas, que no días, laboradas...» ya me figuraba de qué iba el asunto. ¡Ufff!, pensaba mientras firmaba el dichoso papelito, otra vez en la calle, ¡de buena me he librado!

Mi tío Eusebio Morales te buscará otro empleo –informó Ricardo–. Conoce a tanta gente que no me preocuparía demasiado por ti. Él había sido quien me había colocado en la empresa de aguas minerales Font-Deiá. Más tarde propuso que me apuntara en el primer año de carrera universitaria, como bien sabes.

Solo espero y deseo que la próxima vez tenga mejor gusto, porque el trabajito que me había proporcionado se las traía: ¡tú no te imaginas lo que era soportar a un tipo tan estirado como el señor Casimiro Cuesta! Y no te hablo de la tal Milagros, o del enano Jaime Montealto.

Lo pasado, pasado. Le diré a mi tío que te busque otro empleo.

Julia miró hacia aquel punto de la pared que antes le había llamado la atención.

¿Y si pusiera allí una jaula de canario, qué te parece? ¡Infundiría tanta alegría a esta casa que creo que vale la pena! A mí los pajaritos me encantan...

Su novio la miró bonachón y, por toda respuesta, se encogió de hombros. A él, la verdad sea dicha, ni fu ni fa en lo que concierne al jolgorio de canarios.