De Inca al pueblo de Julia había un trecho agradable, rodeado de verdura. El terreno subía y bajaba blandamente, como el respirar de un jubilado. Un muro bajo de piedra seguía paralelo a la linde. En este muro se acumulaba una cantidad de caracoles de concha blanca, caracoles de huerta, según se les denomina comúnmente. Ricardo pensó que los más grandes habían ido a parar a la cazuela de algún vecino. No los dejaban crecer más allá del tamaño de un dedal: el pueblo mallorquín es desde antiguo gran degustador de caracoles bañados en salsa de tomate y pimientos de Padrón, de esos que pican.
Como el sol no cesaba de brillar en lo alto y las sombras de los almendros, higueras y albaricoqueros más bien escaseaban, la joven había previsto con razón una gorra que se puso de inmediato en la cabeza. Su compañero la imitó al instante. De esta guisa, y con las mochilas alborotando a sus espaldas, iniciaron una plática al modo de las novelas pastoriles del siglo XVI.
–Y en la facultad, ¿cómo te va? –preguntó Julia.
–Yo diría que me va bien. Las clases no han hecho sino empezar. Aún es pronto para que me vayan mal los estudios.
–Lo decía porque...
–Julia, ¿y si en vez de trabajar retomas tus estudios, que dejaste, creo recordar, en el segundo año de bachillerato?
–¿Y de qué viviría, majo, del aire...? Tú tienes un tío ricachón que te sostiene; pero yo no tengo a nadie, solo cuento con mi ingenio y mis fuerzas, que no llegan a tanto como para resolverme el sustento sin trabajar.
–Yo acabo de trabajar una temporadita en una empresa que exigía más que nada esfuerzo físico, porque en eso consiste cargar todo el santo día con garrafas de cinco y ocho litros. Tu caso es distinto; has pasado una buena temporada en un supermercado como cajera; acabas de probar en una tienda de paños; la experiencia te ha salido mal... ¡A otra cosa, mariposa! ¿Y si convences a tus padres para que te ayuden en la financiación de los estudios?
–Querrán que regrese al pueblo con ellos; yo no estoy por la labor. Mejor si sigo como estoy. A mí me gusta la independencia; no te figures ni en pintura que me voy a casar contigo. Soy una mujer de armas tomar.
–¡Guau! –exclamó divertido Ricardo, que conocía muy bien a su novia y sabía que solía mezclar lo serio con lo cómico, haciendo de su discurso una curiosa mezcolanza que hubiera sorprendido a más de uno.
Y mientras así hablaban, el paisaje desfilaba ante ellos. Los pájaros se hacían notar en las ramas. Algún que otro saltamontes atravesaba dando brincos el camino de tierra, que aún conservaba charcos formados con las últimas lluvias.
–Por lo tanto –aseveró Julia–, es necesario que me toque la lotería para que una servidora vuelva a coger los libros y retomar el hilo roto de las clases.
–Chiquilla, tu manera de pensar es algo fatalista. Escúchame bien. Justamente, hoy te presentas en casa de tus padres. Esta ocasión surge que ni pintada. Porque, hazme caso, cuando llegues allí activa al máximo los oídos, presta atención a las palabras de tus padres, y en cuanto te den ocasión, ¡zas!, deja caer la piedra de que vuelves al instituto para concluir los estudios. Sólo que... Y aquí es cuando aclaras que ellos te tienen que apoyar económicamente. El plan consiste, fíjate bien, en que sean ellos mismos los que te den pie para llevar el agua a tu molino.
–Ya... Pero no estoy segura de que estudiar sea lo que más me apetece hacer en la vida. Yo, como estudiante, siempre he sido una calamidad; si al final renuncié a las clases fue por algo; demasiado pronto vi que estaba perdiendo el tiempo.
–¿O sea, que no quieres volver al redil de los institutos?
–Hummm... Esto merece un fin de semana largo de reflexión. Mientras paso estos días en mi pueblo con mis padres y hermano, lo iré analizando: algún indicio o señal me dirá lo que tengo que hacer.
–Hagas lo que hagas, siempre tendrás mi apoyo –dijo Ricardo.
–Vale –replicó Julia–; pero no pienses que me voy a casar contigo. Eso, ni en broma, que yo soy muy liberal y algo loca, según manifiestan mis amigos.
Ambos rieron entonces. A unos quinientos metros delante de ellos vieron surgir las primeras casas de la aldea.


nofler
24 feb 2011 | 12:54 PM
me está gustando esta Julia...no si se el paisaje tendra algo que ver en que me enganche...
Jo
24 feb 2011 | 01:01 PM
Julia es muy suya, un carácter fuerte, como el buen vino español.
Marcial Luis Herrero de Zabaleta
24 feb 2011 | 06:53 PM
Interesante, con buen poso !
Saludos
abril-ale
24 feb 2011 | 08:46 PM
Me parece excelente que Ricardo le proponga a Julia retomar los estudios. El que ama quiere lo mejor para su pareja y creo que Ricardo hace bien en impulsar a que Julia continúe sus estudios.
Me gustó mucho el sentido de humor de Julia en este capítulo.
Ojalá Julia reflexione y retome los estudios. Veremos que pasa...
Besos. :)
gabriela
27 feb 2011 | 07:07 AM
¿De veras Julia tendrá gusto por el estudio? Hay personas que realmente no disfrutan estudiando; más bien lo sufren !! ¡Lo padecen! y se arrancan...