Estoy leyendo y revisando mi novela Tribulaciones de un español en París, donde cuento cómo la humanidad camina lenta pero inexorablemente hacia su propio exterminio. Me parece que esta novela es de una vigencia cada vez más palpable. Os dejo aquí el capítulo que se refiere a los 7 pecados capitales. Me temo que hoy no habrá capítulo dedicado a Julia (¡qué le vamos a hacer, yo mismo caí en el pecado de la pereza!).
64. LA CONFERENCIA DEL SEÑOR PIERRE SAPIN
El anfiteatro era tan amplio como un pabellón de deportes, el suelo tenía una inclinación que se acentuaba en las gradas próximas a las dos puertas de doble hoja. Como fuimos de los primeros en llegar y a Louis y a su amigo les interesaba dar buena impresión a la profesora que estaría vigilando el movimiento de sus alumnos durante el coloquio, nos instalamos en las primeras filas, enfrente de la mesa rectangular con los micrófonos, los vasos y los botellines de agua para los conferenciantes. Pierre Sapin era un señor con lentes invisibles, calva brillante, chaqueta negra de pana con coderas y camisa blanca. No tendría más de 45 años. A su lado, el rector de la facultad y la profesora promotora del evento, quien se había encargado de contactar con el erudito para negociar un precio, una cita con los estudiantes y un tema que fuera digno de interés. El tema elegido había sido: Un estudio de la crisis actual y sus posibles remedios. Al principio me limité a escuchar las palabras del sabio, tal y como hacía Fadila, que se había sentado junto a mí y no tardó en mostrar el mismo interés que el resto de los asistentes, la mayoría estudiantes del establecimiento, si bien no faltaron periodistas acreditados, ni curiosos ajenos a la institución escolar o profesores procedentes de los edificios colindantes. Pero muy pronto le pedí a mi amigo un bolígrafo y un papel, y me puse a tomar apuntes, pues el discurso del señor Pierre Sapin me seducía sobremanera y quise dejar constancia de lo allí dicho…
Cuando, en el siglo VI después de Cristo, el papa San Gregorio I Magno dio a conocer los siete pecados capitales, que lo son porque de ellos se derivan otros muchos pecados, no porque supongan la condena en los infiernos, en realidad estaba enumerando los rasgos esenciales que definen la conducta humana, estaba adelantándose al futuro, a la vez que describía cómo han sido los hombres en el pasado. Aquella lista de los siete pecados no serviría para advertirnos sobre lo que no debíamos hacer, sino que pondría de relieve una manera de ser propia de la especie humana, un modo de actuar que caracterizaba a las sociedades de entonces y que sigue caracterizando ―más aún si cabe― al hombre moderno. Es decir, el papa Gregorio I realizó una profecía, anticipó con esos siete pecados que la humanidad iba a caer en la lujuria, en la gula, en la avaricia, en la pereza, en la ira, en la envidia y, por último, en la soberbia. Todo esto, ya sea junto o separado, terminaría siendo la causa de nuestra ruina, de nuestra perdición definitiva. No me refiero a una ruina y perdición alegóricas, ubicadas solo en la vida de ultratumba, sino a un suceso real, vigente, tangible. Veamos un poco más en detalle qué significan estos pecados capitales, que no lo son, sino rasgos que caracterizan a las diferentes sociedades esparcidas por el planeta…
Para Dante Alighieri, la lujuria implica un amor excesivo para con los otros, da lugar a una serie de pensamientos posesivos, que no se traducen necesariamente en la sed de amor carnal, sino que pretenden la anulación del otro, de quien se quiere obtener el sometimiento a la propia voluntad, henchida de un egoísmo sin límites.
La gula implica cualquier forma de exceso, no solo el deseo incontrolado de ingerir alimentos. Así, pensamos que la fiebre del consumo, que tanto caracteriza a la sociedad del siglo XXI, ese afán desmedido por consumir y acaparar todo tipo de productos no representa más que una forma avanzada de la gula.
La avaricia, como la lujuria, supone un cúmulo de pensamientos posesivos, pero aplicados esta vez al propósito de adquisición o amontonamiento de riquezas. Por la avaricia, se cometen faltas tan graves como la traición, la falsedad y la codicia. El avaro sabe utilizar para su propio interés el arte de contar grandes mentiras ocultas en pequeñas verdades. Un ejemplo lo encontramos en el modo de operar de la Banca: Es cierto que las entidades bancarias ofrecen ayudas; es cierto que prestan una cantidad de dinero y que el tipo de interés es éste y luego será aquél; todo lo cual redunda a favor de la verdad última: con el sueldo y con el trabajo y sudor de millones de incautos los banqueros se enriquecen y se seguirán enriqueciendo mientras se sientan respaldados por un Estado que concede a los poderosos su beneplácito, su complicidad, y pone a su servicio los mecanismos del poder, creados únicamente con el objetivo de garantizar y perpetuar la sumisión del pueblo.
La pereza alude ―según los teóricos de la Iglesia― a la incapacidad de aceptar y de hacerse cargo de la existencia en cuanto tal. La pereza es el miedo a los abismos, al cambio, a la novedad. La pereza es la que convierte a un grupo de entusiasmados emprendedores en unos vulgares y mediocres corderos, atentos solo a no separarse del rebaño, a seguir siempre los dictámenes ajenos. La pereza anula la originalidad de cada cual, impide que la creatividad que todos llevamos dentro salga a la luz, nos condena al borreguismo, a la simpleza de la mente, que se muestra incapaz de superar los límites que el miedo o la cobardía han fijado. La pereza es, por desgracia en el ser humano, una tendencia natural, contra la que ha de combatir a lo largo de toda su existencia; solo una serie de factores externos nos ayudan a reducirla al máximo, como son la obligación de trabajar en alguna parte o la educación recibida durante nuestra infancia, que nos aconseja no perder el tiempo. Pero ―y aquí es donde encontramos uno de los mayores problemas vigentes― nuestra sociedad de consumo fomenta, promueve, favorece la pereza bajo todas sus formas. Y esto es así porque como su nombre indica una sociedad basada en el consumo necesita antes que nada consumir, y para que haya consumo es preciso crear cuantos más productos mejor, aunque en el fondo estos productos sean inútiles, caros y perjudiciales para el planeta. En realidad, no son sino un mero reflejo de la pereza y de la cobardía que cada vez más atesoramos dentro de nosotros.
La ira ha sido definida como “un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enojo”. Según sostienen los Padres de la Iglesia, es el único pecado que no necesariamente se relaciona con el egoísmo y el interés personal. De la ira se derivan acciones tan horrendas como el asesinato, la discriminación, el racismo y ―en casos extremos― el genocidio. ¿Cuántas veces los hombres se han dejado llevar por este sentimiento, que causaría vergüenza a una tortuga? El ejemplo más reciente lo encontramos con el pueblo de Israel, por cuyo odio profundo, convertido en ira, hacia el pueblo palestino, ha levantado un muro fronterizo, peor aún, ha bombardeado a las poblaciones civiles, sin reparar en el daño que con ello causaba.
Afirma Dante Alighieri en su Divina Comedia que la envidia es el amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos. Consiste, pues, en la constatación de un bien ajeno, ya sea moral o físico, del cual deseamos apoderarnos a toda costa, a la vez que intentamos despojar al otro de ese mismo bien. Desde un nuevo punto de vista, la envidia es el mecanismo que se ha inventado la sociedad para fortalecer los lazos de unidad. Me refiero a que el común de los mortales suele ver con malos ojos a quienes por una razón u otra sobresalen por encima de la media. Los ingenios notables solo son bien acogidos en tierra forastera porque los conciudadanos no ven en ellos sino rivales, alumnos aventajados, súper-hombres que actúan contra la medianía del grupo.
La soberbia, el último de los 7 pecados capitales, ha sido considerado como el más importante, ya que de él derivan los seis restantes. Se la define como “un deseo por ser más importante que los demás, fallando en halagar a los otros.” Implica una sobre valoración del YO respecto al resto de la sociedad, como consecuencia de haber superado un obstáculo, o alcanzado un objetivo o una situación o estatus elevado, del que carece el resto del mundo. En definitiva, los soberbios se creen superiores a todos en todo cuanto hagan o digan. Consideran que no tienen rival alguno, que son únicos, que ningún otro como ellos volverá a dejar una huella tan imborrable como la suya sobre la faz de la tierra.
Y aquí me detengo ―añadió el conferenciante, al tiempo que bebía un trago de agua― para hacer hincapié en nuestra sociedad francesa, que es la que mejor conozco y de la que mejor puedo hablar, qué duda cabe. Opino que en todas las sociedades y en todas las épocas y lugares del mundo se dan estos siete pecados capitales con menor o con mayor intensidad. Y si me preguntaran qué defecto caracteriza a la sociedad francesa de nuestro siglo, diría sin asomo de duda que la soberbia. Los poderes públicos adolecen de una crecida soberbia. Los medios de comunicación no transpiran más que soberbia por todos y cada uno de sus poros. El ciudadano medio francés se cree con derecho a juzgar, a menospreciar, a vituperar al resto de la humanidad, empezando por el vecino de al lado, a quien ya no soporta. La soberbia concede un valor especial a nuestros problemillas, hasta que estos adquieren la dimensión de tragedia nacional, y oculta o enmascara los auténticos problemas, los que conciernen al mundo entero y no solo al ciudadano medio francés. Esta soberbia es herencia directa del hombre europeo del siglo XIX, que sin ningún respeto ni consideración para con otras civilizaciones, zarpó hacia otras orillas para apoderarse de los tesoros escondidos en África, en Asia, en América, en Oceanía... Y ahora que el hielo se derrite en el polo norte querrán hacer exactamente lo mismo: expoliar, explotar, avasallar los recursos naturales como si estos se hallaran en la trastienda de su botica.
En aquel momento de la para mí interesantísima conferencia se levantó un energúmeno de su asiento, dando voces y gritando que se callara el señor Pierre Sapin, que no sabía sino insultar y mostrarse tan en contra de los intereses de la nación. El resto nos pusimos a abuchear al espontáneo; pero, por habernos dado la vuelta, caímos en la cuenta de que media docena de gendarmes equipados con cascos azules, porras y escudos transparentes había tomado posiciones en la última fila de butacas, muy cerca de la entrada. «¿Qué hacían esos ahí?», nos preguntamos todos de repente.


Jo
25 feb 2011 | 11:52 AM
Os dejo el enlace para los que quieran echarle una ojeada (o dos ojeadas, ya puestos):
http://www.bubok.com/libros/17543/Tribulaciones-de-un-espanol-en-...
nofler
25 feb 2011 | 01:10 PM
muy sabias tus palabras, muy bueno si señor, estamos actualmente metidos hasta el cuello en pecados capitales, pero como Dios no está de moda, no pasa nada, nos deshacemos de la idea de que un ser superior no nos vigilan y no tendremos que dar cuentas en el juicio final y así , una vez muerta la conciencia....¡viva los pecados capitales" ojo!!! esto no es lo que piensa nofler, es lo que piensa una gran mayoría de la población actual y moderna.
Eres un excelente escritor Jo.
Utrella!!!
abril-ale
25 feb 2011 | 08:27 PM
De acuerdo en cuanto a que de la soberbia derivan los demás. Pero la gula, en la actualidad, es la que nos tiene entre sus garras, nos devora lentamente y nosotros devoramos el planeta.
Iré al enlace. Gracias por compartirlo con todos nosotros.
Besos.