De un tiempo a esta parte se han puesto de moda los microrrelatos, minicuentos o maxifrases, como queráis llamarlos. Se trata de comprimir una historia en pocos renglones. Me he estrenado en este género con regular acierto. Ya me irán saliendo mejores (un poco de paciencia, por favor). Os dejo los dos primeros:

 

Un asesinato como otro cualquiera.

 

¿Quién quiere deshacerse de un cadáver? Yo no, desde luego. Para una vez que cometo un asesinato, van a privarme del resultado de mi obra. ¿Despojan al pintor de su cuadro cuando lo termina? ¿Impiden al poeta que lea su poema una vez le ha puesto punto y final?... ¡Y luego sostienen que hay justicia en el mundo! Cometo un crimen con todas las de la ley, con eso que denominan los abogados premeditación y alevosía, y cuando trato de meter el muerto en mi casa, vienen y me lo roban. ¡Perra vida! –y diciendo esto, el detenido dio la espalda a su carcelero.

 

La mirada.

 

Cuando miré, ella me sonreía. Había algo de noble en ese mirar y sonreír cándidos. En lo más alto el sol brillaba solitario. Arrinconaba las sombras de la explanada, donde apenas vi árboles, algún que otro matorral, una valla perdiéndose a lo lejos. Agobiado por las temperaturas, sequé mi frente con el pañuelo. Me giré acto seguido en redondo y descubrí que aún permanecía entre la hierba con la cabeza bien alta. Entonces la amé. Fue un amor tan intenso como efímero... Luego seguí mi camino por el sendero pedregoso. Adivinaba que a mis espaldas la vaca no cesaba de mirarme.