A raíz de la tragedia en Japón, triple tragedia: terremoto, sunami y catástrofe nuclear, he oído comentarios de todo tipo. Uno de ellos me ha llamado especialmente la atención:

 

«De todas formas, es lo que hay. Esto es el progreso. No vamos a volver atrás, cuando iluminábamos las casas con velas y nos desplazábamos a pie.»

 

A este comentario repliqué diciendo que volveremos atrás cuando no nos quede otro remedio, cuando hayamos acabado con los recursos que ofrece el planeta y tengamos que luchar por sobrevivir. «¡No! Eso es inconcebible –me responden–. El ser humano siempre encontrará la solución a los desafíos que se presenten; saldrá adelante de una manera o de otra.»

Este discurso refleja una fe ciega en el progreso, un creer absoluto en las capacidades manuales del hombre, que si ha sido capaz de realizar un gran número de proezas a lo largo de la historia también podrá domesticar las fuerzas de la naturaleza algún día.

Y de repente lo he comprendido, he comprendido qué estaba pasando por la cabeza de tantos y tantos ciudadanos del mundo.

Sencillamente, han convertido el «progreso» en un dios y a la «economía» en su profeta.

El progreso nos salvará. La economía está ahí para mostrarnos el camino de la salvación.

Cuando haya un desastre, roguemos al progreso, que él nos protegerá y nos conducirá a la gloria.

Escuchemos a la voz de la economía, ella sabe cómo guiarnos. Nos dirá por dónde tenemos que ir para alcanzar el anhelado progreso.

Arrojemos a la pila de los sacrificios toda suerte de formas de vida: animales, plantas y hombres deberán sufrir y agonizar en nombre del progreso. ¡Es ineluctable! Los sacerdotes de la modernidad ya se encargan de ello. Pueblo devoto: aplaudid con vuestra adhesión infame al sistema político la destrucción de los ecosistemas, el deterioro generalizado del medio ambiente, el exterminio de tantas y tantas especies animales y vegetales que no hace mucho poblaban el planeta.

Es designio divino. Así lo ha querido el dios progreso.

Cada uno de nosotros somos hechos a imagen y semejanza de ese dios. El ser humano no hace sino progresar. El hombre se ha convertido en el dios-progreso que todo lo puede y todo lo domina.

¿Un terremoto se lleva por delante doscientas mil almas? Apliquen el antídoto del progreso y todos los desperfectos tornarán a su sitio.

¿La atmósfera se vuelve irrespirable, los ríos negros de suciedad, los mares inundados de plásticos y vacíos, por el contrario, de peces...? Apliquen a estos males el término progreso y verán cómo también en estos casos no hay mal que cien años dure.

La economía es el profeta de nuestro dios progreso, ella nos dirá cómo seguir adelante con nuestra dinámica aniquiladora.

El capitalismo es en realidad un régimen de fanáticos que ha subido a los altares a ese dios progreso y tiene como único fin la obtención de beneficios. Vivimos, pues, en una sociedad extremadamente religiosa y fanática. Nuestro credo es la destrucción.